1996

Siempre que pienso en 1996, y no es que lo haga muy a menudo, me siento un poco desconcertada evaluando las razones por las que me fui de casa. Cierto es que los problemas entre mamá y yo no eran nuevos, y que yo ya estaba en edad de hacer mi vida sola por otra parte, pero aún pude haber aguantado más. Como decía Julie, la australiana, I could have endured. La casa de Hatillo no era tan grande como para mantenerme en los rincones, cercana a las paredes, procurando no hacer ruido para no molestar a mamá o al ya para entonces desorientado papá; tampoco era tan pequeña, sin embargo, como para provocarme sensaciones de mareo ante acosadores monstruosos, como me los imaginaba yo.

Supongo que por aquel entonces ciertas circunstancias me indujeron a componer un retrato de ambos, y de los vecinos, y de todo lo que me rodeaba, que resultó muy desalentador. Demasiado para tolerarlo. Yo tenía, claro está, mi propia habitación, alejada de la sala, de la cocina, de la de mis padres. Tenía un refrigerador pequeño inclusive, heredado de mi abuela, esa mujer que férreamente se asió a su independencia hasta el fin de sus días a pesar de las condescendientes ofertas de mamá para acompañarla. A ella no le afectaban la conmiseración ni la comprensión forzada. Quería agacharse ella misma para alimentar a Bodoque y a Bruno, aunque maltratara su espalda. Quería echarse a morir con el punzante dolor de rodillas, pero sentirse satisfecha con haber hecho el viaje a la feria por su propia cuenta.

Yo veía a mi hermana y me sentía sofocada. Todos los domingos venía con Mario, su esposo, y el bebé en brazos. Me los arrojaba a mí no más entrar, ella creía que yo no me daba cuenta de que todo el viaje en el carro había pensando “Que lo cuide Daniela. Que ella lo calle si llora”, y creía que no notaba el brillo en sus ojos cuando yo fingía alegría al recibir a mi sobrinito y llevármelo lejos, al patio, a la cocina. Mi conmiseración la tranquilizaba, reventaba algunas cuerdas que encerraban su boca a lo largo de la semana, le permitían desahogarse con mamá. Pero me parecía curioso que cuando por fin podía hablar de otros temas, Dieguito era el punto en torno al cual todo giraba. Recuerdo estar sentada una mañana sobre el desayunador, oyéndolas hablar, chineando a Dieguito, y pensar “No quiero ser así. No quiero ser Marcela. No quiero tener que cargar con tres cajas de pañales en la guantera y siete en la cajuela; no quiero tener que dejar de fumar si se me hace vicio; no quiero tener que comer con mamá todos los domingos a las once en punto aunque no tenga hambre”.

Quizás fue entonces cuando empecé a desgastarme, a sentirme abrumada. Quizás ya para esos días la decisión había brotado en mi interior, aunque yo no la aceptara y enfrentara aún. Y mamá la traía a la cocina, a Marcela, para enseñarle el microondas y calentaba el pan dulce, y se felicitaban una a la otra por la eficiencia del aparato; me levantaba y me escondía en mi cuarto, y solo entonces Dieguito empezaba a estorbarme. Quería irme, llamar a Karla, irme a su casa, hablar de Santiago, de Michael, de las cartas mal escritas en papeles arrugados que me enviaba con Raquel, que se reía y salía corriendo.

Pero mamá se acercaba de nuevo, y yo podía escucharla: “Tu hermana me preocupa. Sale mucho. Va a quedar embarazada. No tiene temor de Dios, te digo. No va al culto. Se va a jalar una torta. Anda demasiado con Karla. Karla se maquilla como una putilla. Doña Gladys me contó que vio a tu hermana de la mano con un carajillo de allá arriba, por el polideportivo. Solo las putillas andan de la mano de los hombres en la calle cuando no son nada. Y anda con playos, un muchachillo que está en el colegio, seguro lo conocés de vista, no me gusta que ande con playos. Tu hermana se aleja de Dios”.

¿Te parece ahora que lo hice, mamá? En 1996, una noche, no aguanté más y empecé a gritarle. Le di una cachetada que me ha dolido más a mí que a ella durante todos estos años. No me extravié. No me hice una putilla. Ni siquiera me alejé de Dios, simplemente decidimos quedar en términos amistosos, enviarnos tarjetas en Navidad y dejar de hablarnos. No volví a ver a Michael, si eso preocupaba tanto a mamá. Ni a Raquel, que en efecto quedó embarazada en quinto año y tuvo que salirse del cole y luego se casó con un muchacho gordo que no era el padre (ella lo convenció de lo contrario) y que luego le pegaba. Lo último que oí de ella, hace años, fue que vivía en Belén, con un gringo viejo, nada cambió.

Yo, una noche como hoy, hace exactamente catorce años, me fui de la casa. Se murió papá. Me casé. Me divorcié. Me casé de nuevo. Me tiene harta, no quiero hablarle a mi esposo. En cierto modo, le agradezco a mamá haber pronosticado mi ruina a la vez que la culpo de ella. Pero más fuerte que esos dos sentimientos, tengo la sensación, digámoslo de una vez, la satisfacción, de haber echado a perder mi vida totalmente desconectada de ella y de papá y de mi otra abuela, que era igual que mamá.

Se siente bien. Estoy fumando Delta, cigarros de guachimán, sentada en el balcón de lata. San José se ve precioso de noche, digan lo que digan. Veo las luces del centro titilantes, muertas de frío, como si fueran todas fogatas y en torno a ellas, sentadas, sombras de aventureros, exploradores. De gringos que andan buscando mariposas azules. Y sombras de chiquitos, y de señoras gordas que se amarran en el pelo con colas reventadas de tela, azules, con hilillos plateados, compradas en paquetes de tres por mil colones en la Avenida Central o por el Correo. Me ahogo.

Lo peor de todo es que nunca me acostumbré a dormir acompañada, me moría de calor. Por eso me divorcié de mi primer esposo, porque le encantaba dormirse abrazado a mí y yo me ahogaba de calor con su pecho desnudo y febril sobre mis senos oprimidos y mis pulmones agotados. Le dije que no lo amaba más, nunca lo hice, pero pude haber seguido viviendo con él, si no tuviera esa costumbre. Me pregunto si habrá encontrado alguna mujer a la que le encante que un hombre cálido se duerma sobre ella y ronque hasta las dos de la mañana. Él era de Coronado, allá hace frío, de seguro encontró a alguien; espero que sí.

¿Y yo? En 1996 me veía en el futuro casada y cargando con niños y lo odiaba. Tengo treinta y tres años. No sé qué quiero hacer con mi vida, no quiero hacer nada. Quiero fumarme toda la cajetilla y comprar comida en el chino y una botella de Coca-Cola Light, sentarme acá de nuevo, echarme una manta encima y escuchar los sonidos de un sábado por la noche en un barrio poblado de viejitas. Los gatos que corren sobre las latas de zinc y los carros en la autopista. La brisa helando mis huesos. Telenoticias en un televisor un par de pisos abajo. Veo el brillo desde acá, y pienso cuando aún vivía con mamá y ponía canal 7 sin falta, y veíamos las noticias y luego comíamos, y yo me tiraba en el piso de mi cuarto a leer la Perfil y ver tele, hasta el día en que mamá llegó y me quitó todas mis revistas y me dijo que así no se vestían las señoritas y empezó a revisar mi clóset.

Quiero dedicarme a esto toda mi vida. A fumar Delta y comer arroz cantonés. A dormirme en el sillón y despertarme a las seis de la mañana con el cuello torcido. Amanecer envuelta en cobijas de lana pesadas y olorosas al incienso que nunca apagué. Con todo, diría que 1996 fue un buen año. Sobre el 2010 no he logrado decidirme.

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Los peces de agosto

Estoy convencido de que hay elefantes dormidos entre los cipreses. Ningún otro animal puede respirar así. Escucho sus trompas deslizándose sobre el manto de hojas secas que recubre el suelo del parque. Me siento junto al arroyo, que huele a café tostado, a cereza, y lavo el barro de mis manos.

Las nubes pasan sobre mi cabeza y se depositan sobre las cumbres de las montañas. Hay un nido de nubes pregnantes de rocío allá arriba, en las colinas, junto a las antenas de radio y entre los arcillosos agujeros que se ven en la distancia. Sobre la superficie de estas esponjosas lagunas sobresalen las copas de árboles donde los pájaros eligen tejer sus propios, diminutos hogares.

Junto a los márgenes del río, más arriba, hay paredes anchas recubiertas de agua. El musgo brilla como jade bajo la corriente. Se sienten frescos los pies sumergidos, rozados por las aletas de pececitos plateados.

A la sombra de las columnas grises de los edificios de los alrededores, todo se recubre de una capa de colores oscuros que les da una sensación de aire, de suspensión del tiempo. Más allá de las cercas y el alambrado, se oyen pasos de estudiantes y automóviles pesados cruzando los puentes de lata y madera.

Helados mis brazos y mis piernas, me levanto para caminar de vuelta. El sol tímidamente calienta mi nuca. No reconozco, por un momento, ni las marcas en las cortezas de los árboles ni las flores inclinadas sobre la tierra, ni las rocas que bordean el sendero. Como si la lluvia ligera hubiera borrado mis huellas al tiempo que las marcaba.

Los tomates

– ¿Viste que volvieron a salir tomates, Ana?

– Claro, papá, desde hace rato. Es más, son los que agarro para la cocina. No voy a comprarlos ya.

El anciano, con las manos en la cintura, contemplaba los frutos reventando de un saludable color rojo. El gato sacudía la cola, echado al sol junto al limonero. Los canarios revoloteaban y golpeaban el tarrito lleno de semillas, que eran su comida. De vez en cuando, una que otra caía a la tierra, húmeda por el rocío de la mañana. Una brisa suave soplaba, así que él había tenido que volver a su habitación a buscar su abrigo de lana. A su edad, un catarro se extendía hasta por una semana. Sentía un ligero dolor, como un punzón, que escalaba en sus piernas, como una herida en los pies que se estuviera extendiendo poco a poco hasta las rodillas. Quemaba.

Bocinas de camiones se amontonaban, todas la misma, todas al unísono, detrás de la tapia. Más allá estaba la carretera, la gasolinera, el hotel. Acá, el yigüirro buscando en qué rama estacionarse por un ratito, las hojas acariciando los tomates, las hormigas bordeando las maceteras, toda con la carga de una hojita. Unas de ida y otras de vuelta. Él quiso preguntarle a Ana si ya le había contado a su mamá lo de los tomates, pero lo recordó. “¿Te vas a quedar a almorzar hoy?”, fue lo único que pudo decir. Pero le salió una voz tan débil que su hija ni lo notó. Ella se volvía, se escondía tras la refrigeradora, abría el tubo, picaba la cebolla. La tetera silbaba.

Cuando Ana y Sergio eran pequeños, los había llevado una tarde a una finca en La Garita, cuando todo era charral, monte, maleza. Se bajaron del carro para apear jocotes; Ana corrió para saltar de primera al árbol, y se prendió de inmediato de una rama. Sergio llegó un poco atrás, saltando sobre troncos podridos y rocas. E Isabel, que se sentó en otro tronco, silenciosa, acariciando su cuello, soltando su cabello para que se sacudiera con el viento, le cubriera su cara, se enredara en el encaje de su vestido. Él la miraba absorto.

El gato bostezó y se irguió sobre sus peludas patas. Saltó a una maceta de arcilla vacía, y luego hacia el árbol. Allí bostezó una vez más.

– Ana, ¿cuántos años tiene este bicho?

– ¿Quién, Benjamín? Como diez, mínimo. Imaginate que mamá estaba viva cuando te lo encontraste.

-Ah, ya.

El animal se rascaba la cabeza. Como decía Isabel, tocando guitarra. Como no podía más con el dolor, se sentó en la grada bajo la puerta. Sus cordones estaban desatados, pero por alguna razón, creía que no podría amarrarlos si lo intentaba. Mejor dejarlos así. El gato saltó de vuelta al piso. Los tomates brillaban al sol, y de pronto no le dieron ganas de enseñárselos a Isabel sino de que los probara, de que los comiera, frente a él. De que hiciera una ensalada como las que siempre rechazó porque le daba pereza tener que comer hojas y más hojas, como llamaba a la lechuga, para llegar hasta el queso, las frutas, la zanahoria, el tomate. Y ella se agachaba cuando él se sentaba al borde de la cama, para amarrarle los cordones de los zapatos, mientras él se ajustaba el reloj de pulsera, se abotonaba las mangas de su camisa, se cercioraba de que la corbata estaba recta. Los yigüirros cantaban entonces para pedir agua, eran varios, se amontonaban y picaban la sandía, el mango, el durazno, a cuyo jugo derramado llegaban las hormigas, rodeaban los riachuelos del jugo, lo bordeaban, trazaban nuevos caminos, se perdían detrás de las chinas, las china que Isabel cuidaba como si fueran flores que valían la pena, se burlaba él, y ella les hablaba, le hablaba al limonero, le pedía que nunca se muriera, y miralo

– Miralo, Ana, vení, vení

miralo Antonio, fijate, me hace caso el condenado, no ves que hasta flores echó, y ella se reía, reventaba en risa, porque el limonero le había hecho caso aunque él había pronosticado que deberían cortarlo en un par de meses porque estaba totalmente seco, desde la raíz, lleno de musgo como un tronco podrido en una finca ajena, detrás del alambre de púas doblado de tantas veces que niños y señoras habían llegado con bolsitas tejidas para recoger los jocotes, deliciosos, que de pesados hacían a las ramas doblarse hasta el suelo, sí, eran tantos, o tal vez eran así las manzanas, o los mangos

– Vení, vení

– Ya voy, papá

a la orilla del río que pasaba detrás de la casa, entonces todo esto era un cafetal, Ana estaba muy pequeña cuando eso, y los masajes en los hombros, por qué era tan callada, me debería haber obligado a hablar más, a hablarle más, a contarle mis cosas y a sentarme a escuchar las de ella,

– Mirá al bichillo

– Qué varas

(El gato, el gato jugueteando con los cordones de los zapatos, tirado panza arriba, feliz con los cordones que lanzaba hacia el cielo solo para verlos caer sobre su hocico y mordisquearlos y perderlos de nuevo, darse vuelta sobre su lomo, y luego, irse, echarse a la tierra, rodar sobre ella, cubrir su pelaje de rocío, de hormigas, de telarañas, de barro, de aire)

escucharla todo el tiempo y callarme, y tráermela al patio, sentarme acá mientras Ana hace el almuerzo que sí, sí se va a quedar a comer con él pero se tiene que ir temprano porque tiene mucho que hacer en la oficina, te voy a dejar listo el coffeemaker papá, sólo tenés que encenderlo, e Isabel sentada en el borde de la macetera riéndose porque hasta flores había echado el limonero y porque en una esquina del patio, húmeda y oscura, bajo las latas que nadie reunía fuerzas para botar, escalaba una maraña de hojas altísimas, de tallos altísimos, y entre ellos, ellos rebosantes de vida, tomates perfectamente rojos.

Fragmentos de vida recogidos del suelo de la casa de la peluquera

El cabello largo y fino de Elena se desliza entre mis dedos mientras decido cómo proceder; ella quiere una pava, quiere mantenerlo largo, recto, que brille, que salte con ella al moverse. El filo de la tijera recorre el borde de su pelo y los brillos de la casa entera. La telenovela irrumpe con estrépito en el televisor pero no tengo fuerzas para cambiarla; si empiezo a buscar un canal con algo interesante, me distraigo, pierdo cinco minutos, retraso a Elena, me desconcentro y equivoco mis tácticas. Pero una mexicana gritando como loca sobre violaciones y muertes, mal augurio.Y mamá me dice que tiene las manos sucias, que le duelen las rodillas, no entiendo, la reviso, y no entiendo, la veo y no encuentro ni una mancha y ella está sentada pero le duelen de tanto caminar, así dice.

El golpeteo incesante de los pájaros sobre la ventana me espanta, me pone nerviosa. Hoy me siento frágil y dispersa, como disfrazada de cuerpo cuando en realidad soy aire y me escurro entre las estancias de la casa persiguiendo a Mayela, la que sí es yo, la que trabaja cortando pelo en un barrio del sur, la que no sabe qué hacer con montañas de cabello que cubren sus manos porque Elena nunca está contenta con lo que le hacen. Aquí y allá, otros cuerpos en los que reboto, en los que rebotan las voces, devuelven gritos, opiniones, silencios. tengo las manos sucias, me las quiero lavar Eso es lo peor, cuando lo único que se recibe como respuesta es la suave voltereta de un párpado, imperceptible, o la ligereza de las manos en un además de desprecio, o de aprobación, ¿cuándo se supone entonces que sirva el almuerzo? Un hijo corre lleno de barro, el otro de colonia, embarrado de crema para peinar, la usa de todas las formas en que le sugerí que no lo hiciera, se perforó el cuerpo en formas en que le pedí que no lo hiciera, mala madre me dijo Cristina y yo sin saber cómo responderle que no tengo idea de cómo se supone que es una buena, si la única que conozco es la nuestra

y mirala ahí en la esquina, vela. Decí, Cristina, decilo de nuevo. Mayela, me duelen las rodillas. Vela, ¿cómo querés que llegue yo a decirle a Sebastián que corrijo todo lo que dije antes, que se puede tatuar lo que le venga en gana, que se puede acostar con quien le venga en gana -pero que no lo haga en mi casa, cómo lavaría yo luego las sábanas, con qué cara olería yo su ropa antes de arrojarla dentro de la lavadora-. Tengo las manos sucias. ¿Qué decías, mamá? Que tengo las manos sucias. ¿Te las lavo? Tengo las manos sucias.

Y los helechos batiéndose como la cabellera de Elena, que ya empezó a hacer muecas de desaprobación, aunque le corté menos de lo que me pidió, hice menos y aún así me reclama por hacer demasiado, no puedo así, no puedo con todo esto y esta mujer, Bracamontes, contra la pared y William Levy que no sé cómo lo creen guapo y yo me sacudo los cabellos que caen sobre mis manos porque ya me pesan, me pesa todo esto, oigo el timbre, quisiera correr a abrir pero ya fue Miguel y ya salió Miguel corriendo y ya veo la alfombra arrugada detrás de la puerta y el gato va a llegar y se va a esconder debajo y lo voy a pisar cuando vaya a cerrar, él me va a morder las piernas, mirá Elena, mirá como tengo las piernas.

Mamá, mamá, tengo las manos sucias, le pido perdón a Elena, me acerco de nuevo, tomo sus manos entre las mías y le repito al oído que ya está, que están limpias, y en cuanto me alejo empieza de nuevo, tengo las manos sucias, me duelen las rodillas, Mayela, tengo las manos sucias, Elena, fijate como me tiene el gato, y todo porque mamá se volvió loca cuando papá se murió, se volvió loca te digo, dejó de comer, se le cayó el pelo, dejó de alimentar a los pájaros, que se desmayaron de hambre un lunes y no volvieron a levantarse, y Miguel llegó llorando a mi cuarto cuando veía Telenoticias, y me gritó que yo era una insensata, insensible, algo más, por dejar que los animales se murieran de hambre, que viera como tenía al gato, pero yo le traje comida, qué se hizo, no sé.

Te lo digo, Cristina, te repito, que necesito que vengás, que me ayudés, yo no puedo con mamá así; Elena, te voy a lavar el pelo; tengo las manos sucias, limpiame las manos, Lucía lavame las manos y no sé quién es Lucía, me pregunto mientras sumerjo mis manos en agua tibia, esparzo las cremas y espumas por la cabeza de Elena, que sonríe, que dormita, que comenta algo a lo que solo asiento. Le seco el pelo, se sienta de nuevo, la peino, caen sus cabellos cortados, los últimos, sobre el piso, me duelen las rodillas, tengo las manos sucias, y no, Cristina, no quiero pasarme la vida recogiendo nostalgias de mi madre enferma, vení, ayudame, que yo no puedo seguir así.

Y basta con que Elena se vaya para que mamá haga silencio, y yo recuerde que la quiero ver todo el tiempo viva, que es lo único que me hace ver por qué estoy acá.

Cigarrillos

Aquí estamos, en el borde de una carretera bajo el ardiente sol de marzo. La larga línea de asfalto se pierde en el horizonte, se oculta bajo las largas sombras de los árboles de mango entre las colinas. Frente a nosotros, un extenso cañaveral que pareciera crecer allí desde hace décadas sin nadie que lo cuide. Detrás, una especie de pantano que ahora en verano se ha secado y muestra al cielo las bases y raíces de sus montíuclos, hierbas y minúsculas lagunas donde apenas hace unas semanas pulularon mosquitos y ranas. Puedo ver marcados entre las briznas de hierba seca caminos angostos trazados por el paso obstinado de las oscuras tortugas que hoy yacen al lado del camino desecándose con lentitud.

Más allá de lo que fuera la ciénaga, una línea de árboles exhibe sus hojas verde oscuro y refresca altas ramas que sobrelsan sobre la mayoría de las copas. Algunos troncos se doblan, vencidos por los violentos vendavales de la temporada lluviosa y forman grutas que llevan al corazón de frondosas e ignoradas montañas. Dos docenas de vacas pastan en la distancia, de donde venimos. Sacuden sus colas y golpean las cercas bajas de madera con sus hocicos. Ningún sonido posee la fuerza suficiente como para llegar hasta nosotros.

El motor del auto, descubierto al sol, despide humo y un calor intenso que se propaga por el metal llega hasta mis piernas apoyadas en la puerta trasera. Esperamos, no desde hace mucho, a que algún conductor amable se detenga para ayudarnos. Dos trailers han pasado tan velozmente que juraría que ni siquiera notaron que no nos movíamos. Ella come almendras de una bolsita plateada que traía en la guantera. La tela de su hermoso y simple vestidito rojo envuelve sus muslos con la ternura de la más fina seda. Bajo ella no solo veo su piel y la perfecta definición de sus formas, sino también el conjunto desordenado de manchas y cicatrices que conforma el cuerpo humano. En ese momento lo sé: en ninguna época de su vida volverá a lucir tan hermosa como en este verano fugaz. No es solo que sus senos nunca se verán tan llenos y simétricos, ni sus labios tan rosados y discretos, sino que todo está bañado además por una luz brillante y amable filtrada por nubes de blanco perfecto esparcidas por el vasto cielo.

Acá estamos, perdiendo tiempo mientras se tuestan nuestros brazos desnudos, y fumando cigarrillos que enrollamos nosotros mismos en la mañana. La luz rosada de la aurora bañaba mis manos cuando pesaba el tabaco y ella respiraba tranquila los últimos minutos de su sueño. Ahora exhalamos el humo que a pocos metros perdemos de vista. El papel quemándose en la punta suena como un rugido porque el silencio que nos rodea es total. Uno pensaría que el tiempo está embalsamando este momento en los archivos de una memoria universal a la que todos volveremos ocasionalmente, una vez que todo esto alrededor se haya muerto y renovado. Así debería ser, porque nunca más seremos tan hermosos, nunca tan jóvenes, nunca rebosaremos de vida como hoy. Sobre todo ella, cuyas delgadas piernas blancas fluyen desde el interior del auto como si de un manantial de leche se tratase. Desde ahora mismo, ya mi corazón siente como se forma un agujero, porque ya extraño estas horas vacías.

En el asiento trasero

La primera vez que la vi, estaba en la cabina de la estación dando una entrevista sobre su nuevo sencillo. En realidad yo no podía escuchar nada de lo que decía, ni ella ni Mario, que era quien la había invitado a su programa. Sabía el tema porque había leído en un comunicado a mi jefe que Lucía sería la invitada esa mañana. Había oído hablar de ella, pero jamás había escuchado una canción completa, ni sabía bien lo hermosa que era. Y bien que lo era. Era como si me cantara a través del vidrio y de las puertas con esos labios muy llenos que no dejaban de moverse. Su mano izquierda lanzaba hacia atrás un mechón de pelo que insistía en caer sobre sus ojos a cada momento. Me la imaginé, no sé por qué, así, sentada bajo un árbol frutal muy viejo, rodeada de frutas caídas y florecillas. La quería cerca. Quería, por algún impulso extraño, hablarle al oído. Casi recitarle poesía.

A la hora de almuerzo me la topé en la salida de la estación. Ella revisaba un cuaderno y bebía una Coca-Cola de una lata en la que permanecían algunos pedacitos del hielo en el que había estado sumergida. En la estación mantenemos así, prácticamente congeladas, varias bebidas para nuestros invitados. El congelador está frente a mi oficina, y me extrañó no haberla visto acercarse a sacar una lata. Sus ojos delataban sentimientos muy curiosos. Una especie de angustia muy serena, como absorbida por la piel tras muchos años de intenso sufrimiento evidente a todos los ojos que se posaran sobre ella. Era como si ella se hubiera cansado al fin de abrirse a la recriminación, y también a la compasión, de los otros. No hay nada más agotador que tener que dar las gracias todos los días a alguien. Nada ata tanto como sentirse agradecido. Es peor que el odio.

Impulsado por no sé qué fuerza, de pronto me acerqué a ella, me presenté brevemente y le pregunté sobre su música. “¿Qué sentiste al grabar la canción nueva?”, dije. Y ella se volvió, sorprendida, y me dijo que nunca nadie le preguntaba esas cosas. Que ni siquiera Mario, que había estado con ella poco menos de media hora, se había atrevido a algo así. Solo le preguntaban si esperaba lograr un éxito tan grande como con su anterior canción, si iba a dar más conciertos, qué le quería decir a sus fans. “Pero sobre mí”, respondió a mi mirada dubitativa, “sobre mí nadie nunca me pregunta. Sobre lo que siento cuando escribo”.

Luego estábamos en un taxi yendo hacia no sé qué restaurante argentino del centro, sugerencia mía. Por una parte, tenía control de mí el típico seductor, el hombre de mundo, el joven empresario muy cool. Pero desde adentro sentía reventando una timidez incomparable, un respeto muy grande hacia una mujer que hasta entonces no había determinado como interesante ni relevante para nadie. Abrí la puerta trasera, y aunque yo quería sentarme junto a ella, cerró la puerta antes. Y cosa curiosa, ni me molesté ni me preocupó. Me senté adelante junto a un conductor que de inmediato empezó a hablarme de la Sele y de la ley de tránsito. En el retrovisor aparecían de vez en cuando, como manchas y borrones en un lienzo, los delicados trazos que conformaban la cara hermosa de esta mujer, y su cuello delicado. Y su cabello que caía como una cascada oscura sobre sus hombros diminutos.

Al llegar al restaurante, ella no aceptó que yo corriera su silla. Se sentó frente a mí, sola. Me sonrió. “Me sentí sola”, fue lo primero que dijo. “Es lo primero que escribo desde que me separé de alguien que me cambió la vida. Quería tocarla la primera vez para él, y él ya no estaba”. Llegaron dos copas de vino, cortesía de la casa. La conocían a ella a primera vista. Ella paseaba sus dedos finísimos sobre el mantel de cuadros y bordeaba los contornos de la copa medio llena de vino tinto. Imaginé de pronto que un intenso aroma de uvas invadía mi nariz y se infiltraba en todo mi cuerpo. Y era refrescante. “¿Puedo preguntar por qué se fue?”, me atreví a indagar.

“Yo le pedí que se fuera. Que no me ahogara más. Que se alejara de mí”.

Luego empezamos a hablar de temas más ligeros, del clima como siempre, de la estación, de Mario, de su disco, sí, de su probable éxito, de sus conciertos, de mi carrera, de lo que yo hago y que no me satisface por completo, de adónde vivíamos, de cuántas mascotas teníamos, y poco a poco todo lo que poseía empezó a palidecer ante el ascetismo riguroso al que ella, tan joven y tan frágil, se sometía sin saberlo. Un apartamento casi sin muebles, sin mascotas, sin jardín. Solo ella y lo que necesitaba para hacer música. Ella, la nueva diva del país. Ella, reconocida y obsequiada en la calle.

“Ni él no me hubiera hecho algo, no tendría qué despedazar en mis canciones”. Nunca oí algo tan cierto. Y nunca me sentí más vacío, porque no tenía nada ni a nadie a quien despedazar. “Él era mucho mayor que yo y tenía otras ideas. Él quería morir junto a mí, yo quería vivir junto a él. Le pedí que se fuera la semana pasada, que no me volviera a llamar, que fuéramos completos extraños de nuevo”. Tantos pensamientos e inferencias circulaban por mi mente que tuve que acallarlas y dejar mi atención centrarse solo en lo que ella hablaba. Como gran gracia, a alguien en el restaurante se le ocurrió poner su canción nueva. El amor es un lugar lejano, empezaba. El amor como un lugar, como algo que está allá, y que uno puede o no encontrar. El amor como un lugar que uno puede o no elegir como hogar. Como una posibilidad entre muchas.

En el taxi de vuelta, le cedí el asiento trasera. Ella me pidió que me sentara junto a ella. Esta vez el conductor no pronunció palabra, y tenía la radio con una estación cristiana. Entre bache y bache,  en alguna esquina y sin aviso, ella tomó mi mano. Pero ella no me conocía. Yo era el silencio que tomaba el lugar que podría ocupar un amigo. No nos volvimos a ver después de ese día. Cada vez que escucho esa canción, me imagino un apartamento desnudo, y un árbol creciendo en su ventana. Y una mujer diminuta, consumida poco a poco por ella misma en sereno regocijo. Como si estuviera feliz de estar sola. Acaso para siempre tener a alguien con quien hablar de lo que está más adentro. De nada.

La sed y el hambre

This is our decision, to live fast and die young.

Recuerdo que cuando entré a la habitación de Julián, tras no haberlo visitado en meses, casi un año, lo primero que sentí fue que me ahogaba con el olor a tabaco impregnado en todas las telas y paredes de la casa. Él solía tener un cuerpo hermoso, delicado, etéreo. Se mecía con el viento. Su cabello era igual. Ahora nadie lo ve, es perfecto. Desde que era joven, su deseo era esconderse, se ocultaba detrás del tobogán al que nadie subía, porque era muy bajito, porque estaba malo y oxidado. Allí lo encontré la primera vez que lo vi. La primera vez que le hablé. Sostenía entre sus brazos una ramita de ciprés. Ahora solo me queda en la nariz el olor a tabaco. Y a suero. Digo suero porque no puedo pensar en otro olor parecido. Tal vez me equivoque.

Me senté en el piso junto a él, porque había vendido todos sus muebles. Sus labios resecos me hacían pensar en los días que pasamos juntos en alguna playa de Guanacaste, en la casa del tío de quién sabe qué amistad hace ya mucho tiempo perdida. Tomé su mano con timidez. Entonces él empezó a hablar. Y hablaba con la furia de quien ha permanecido encerrado en su habtiación por años, con los ojos quemados por el primer contacto con el sol desde el inicio de su encierro y la voz ronca por tanto fumar. En ese instante empecé a extrañarlo, como si ya se hubiera ido. Se me escapaba de las manos como el agua en una poza en Puriscal. Él corría medio desnudo por todas partes. Lo teníamos todo. Yo lo amaba, y él me amaba. Y a Laura, y a Juan José, y a Victoria, y a Alicia. Éramos inseparables. La nostalgia empujaba lágrimas hacia mis ojos, pero como no quería que él las confundiera con dedos acusadores, o como pequeñas perlitas de lástima, me contuve, y hablé de tonterías. Ahora me arrepiento de no haberme echado a llorar en su regazo.

Si él hubiera salido a la calle a gritar que lo dejaran en paz, a desprenderse de su ropa, a correr para que cada gota de lluvia, cada piedra desprendida del suelo, cada golpe a hombros ajenos lo desintegraran y lo disolvieran en el aire, yo hubiera ido con él. Yo me veo allí, al lado de él. Con los ojos cerrados y los brazos abiertos, absorbiendo al mundo. Pero él nunca dijo nada. Sólo se quedaba en su cuarto, fumando, inyectándose, esperando, oyendo música rarísima que le hablaba en un lenguaje que él había dilucidado en privado.

Cuando conoció a Marcela, me ilusioné porque me imaginé que ella lograría que se distrajera, que pensara en otras cosas. Luego ella se fue, como todo el resto. Como yo. Una día me la topé en La Cali, me sonrió, nos dimos un beso en la mejilla, y vi que en sus ojos lo que había era miedo. Miedo a volver a enamorarse de mi amigo. Él nunca la volvió a mencionar, como si en ella hubiera proyectado todo lo que quedaba de bueno dentro de él.

Llevaba cinco días sin comer más que galletas María, cuando lo invité a cenar. Rechazó el vino porque sabía que le destrozaría el estómago. Y se contentó con una ensalada. Fue la cena más breve de mi vida, él quería huir de la comida para no recordar su alacena vacía, qué sé yo, uno no es tan inteligente, no sabía qué hacer, no tengo tanta percepción, no podía imaginármelo, respiré, me callé, pagué, nos fuimos. Pude haber hecho más que simplemente pagarle el taxi.

Cuando éramos más jóvenes, a él le gustaba que nadie lo viera. En los recreos de la escuela, solo a mí me decía adónde iba a estar, aunque supiera que yo necesitaba tiempo con otras personas, que no podía estar siempre con él, y en todo caso a él le encantaba dedicarse a su poesía en solitario, yo le daba tiempo. Tal vez al siguiente recreo sí iba, me sentaba junto a él, leíamos sus poemas, los corregíamos, los sentíamos en cada centímetro de piel. Me erizaba los cabellos leerlo. Era tan intenso y tan violento, se sentía como una descarga eléctrica que rompía miles de células en la brevedad de una palabra. Así era él, así era estar cerca de él: uno se desintegraba, se hundía en un pozo oscurísimo y no podía salir por días. Aunque él no era aburrido, ni oscuro, ni nada. Era solo Julián.

Siguió siendo lo que fue desde el principio. Un adolescente enamoradizo. Un adolescente al que le dolía vivir. Un chico al que le molestaba la comida porque le mantenía vivo. Jamás hubiera tenido las fuerzas para quitarse su propia vida, por ello se dejaba ir poco a poco. Cogía con desconocidas. Fumaba lo que tuviera enfrente. Era un puto, un idiota, un insensible. Al menos así lo veía todo el mundo. Hasta yo, cuando él se negaba a compartir la felicidad que a cuentagotas empezó a caer en mi vida. Hasta que un día, ya no pude esperarlo más. La última vez que lo vi, todo olía a tabaco. Su mano se sentía tan delgada y tan fría que yo creo que estaba muerto por varias semanas antes de que lo encontraran. Me habló de tantas cosas tan hermosas esa tarde que puedo estar seguro de que él no se quitó la vida. Él solo se dejó ir.

Se puso su mejor ropa cuando me vio esa tarde. Pero tenía que verse informal, relajado, también: se aflojó la bufanda en cuanto entré. “No hace tanto frío de por sí”, comentó. Cocinamos juntos y me corté un dedo por accidente, mientras picaba la cebolla y hablábamos de Bach. Me limpió, me vendó, me hizo té, terminó de cocinar, puso la mesa lo mejor que pudo (tampoco tenía ya mesa, sino una tabla colocada sobre cajas), él lavó los platos, todo a pesar de mis protestas. Sus manos temblaban. Me cuesta creer aún que él pudiera sentir que no tenía nada que darnos más que su muerte.