1996

Siempre que pienso en 1996, y no es que lo haga muy a menudo, me siento un poco desconcertada evaluando las razones por las que me fui de casa. Cierto es que los problemas entre mamá y yo no eran nuevos, y que yo ya estaba en edad de hacer mi vida sola por otra parte, pero aún pude haber aguantado más. Como decía Julie, la australiana, I could have endured. La casa de Hatillo no era tan grande como para mantenerme en los rincones, cercana a las paredes, procurando no hacer ruido para no molestar a mamá o al ya para entonces desorientado papá; tampoco era tan pequeña, sin embargo, como para provocarme sensaciones de mareo ante acosadores monstruosos, como me los imaginaba yo.

Supongo que por aquel entonces ciertas circunstancias me indujeron a componer un retrato de ambos, y de los vecinos, y de todo lo que me rodeaba, que resultó muy desalentador. Demasiado para tolerarlo. Yo tenía, claro está, mi propia habitación, alejada de la sala, de la cocina, de la de mis padres. Tenía un refrigerador pequeño inclusive, heredado de mi abuela, esa mujer que férreamente se asió a su independencia hasta el fin de sus días a pesar de las condescendientes ofertas de mamá para acompañarla. A ella no le afectaban la conmiseración ni la comprensión forzada. Quería agacharse ella misma para alimentar a Bodoque y a Bruno, aunque maltratara su espalda. Quería echarse a morir con el punzante dolor de rodillas, pero sentirse satisfecha con haber hecho el viaje a la feria por su propia cuenta.

Yo veía a mi hermana y me sentía sofocada. Todos los domingos venía con Mario, su esposo, y el bebé en brazos. Me los arrojaba a mí no más entrar, ella creía que yo no me daba cuenta de que todo el viaje en el carro había pensando “Que lo cuide Daniela. Que ella lo calle si llora”, y creía que no notaba el brillo en sus ojos cuando yo fingía alegría al recibir a mi sobrinito y llevármelo lejos, al patio, a la cocina. Mi conmiseración la tranquilizaba, reventaba algunas cuerdas que encerraban su boca a lo largo de la semana, le permitían desahogarse con mamá. Pero me parecía curioso que cuando por fin podía hablar de otros temas, Dieguito era el punto en torno al cual todo giraba. Recuerdo estar sentada una mañana sobre el desayunador, oyéndolas hablar, chineando a Dieguito, y pensar “No quiero ser así. No quiero ser Marcela. No quiero tener que cargar con tres cajas de pañales en la guantera y siete en la cajuela; no quiero tener que dejar de fumar si se me hace vicio; no quiero tener que comer con mamá todos los domingos a las once en punto aunque no tenga hambre”.

Quizás fue entonces cuando empecé a desgastarme, a sentirme abrumada. Quizás ya para esos días la decisión había brotado en mi interior, aunque yo no la aceptara y enfrentara aún. Y mamá la traía a la cocina, a Marcela, para enseñarle el microondas y calentaba el pan dulce, y se felicitaban una a la otra por la eficiencia del aparato; me levantaba y me escondía en mi cuarto, y solo entonces Dieguito empezaba a estorbarme. Quería irme, llamar a Karla, irme a su casa, hablar de Santiago, de Michael, de las cartas mal escritas en papeles arrugados que me enviaba con Raquel, que se reía y salía corriendo.

Pero mamá se acercaba de nuevo, y yo podía escucharla: “Tu hermana me preocupa. Sale mucho. Va a quedar embarazada. No tiene temor de Dios, te digo. No va al culto. Se va a jalar una torta. Anda demasiado con Karla. Karla se maquilla como una putilla. Doña Gladys me contó que vio a tu hermana de la mano con un carajillo de allá arriba, por el polideportivo. Solo las putillas andan de la mano de los hombres en la calle cuando no son nada. Y anda con playos, un muchachillo que está en el colegio, seguro lo conocés de vista, no me gusta que ande con playos. Tu hermana se aleja de Dios”.

¿Te parece ahora que lo hice, mamá? En 1996, una noche, no aguanté más y empecé a gritarle. Le di una cachetada que me ha dolido más a mí que a ella durante todos estos años. No me extravié. No me hice una putilla. Ni siquiera me alejé de Dios, simplemente decidimos quedar en términos amistosos, enviarnos tarjetas en Navidad y dejar de hablarnos. No volví a ver a Michael, si eso preocupaba tanto a mamá. Ni a Raquel, que en efecto quedó embarazada en quinto año y tuvo que salirse del cole y luego se casó con un muchacho gordo que no era el padre (ella lo convenció de lo contrario) y que luego le pegaba. Lo último que oí de ella, hace años, fue que vivía en Belén, con un gringo viejo, nada cambió.

Yo, una noche como hoy, hace exactamente catorce años, me fui de la casa. Se murió papá. Me casé. Me divorcié. Me casé de nuevo. Me tiene harta, no quiero hablarle a mi esposo. En cierto modo, le agradezco a mamá haber pronosticado mi ruina a la vez que la culpo de ella. Pero más fuerte que esos dos sentimientos, tengo la sensación, digámoslo de una vez, la satisfacción, de haber echado a perder mi vida totalmente desconectada de ella y de papá y de mi otra abuela, que era igual que mamá.

Se siente bien. Estoy fumando Delta, cigarros de guachimán, sentada en el balcón de lata. San José se ve precioso de noche, digan lo que digan. Veo las luces del centro titilantes, muertas de frío, como si fueran todas fogatas y en torno a ellas, sentadas, sombras de aventureros, exploradores. De gringos que andan buscando mariposas azules. Y sombras de chiquitos, y de señoras gordas que se amarran en el pelo con colas reventadas de tela, azules, con hilillos plateados, compradas en paquetes de tres por mil colones en la Avenida Central o por el Correo. Me ahogo.

Lo peor de todo es que nunca me acostumbré a dormir acompañada, me moría de calor. Por eso me divorcié de mi primer esposo, porque le encantaba dormirse abrazado a mí y yo me ahogaba de calor con su pecho desnudo y febril sobre mis senos oprimidos y mis pulmones agotados. Le dije que no lo amaba más, nunca lo hice, pero pude haber seguido viviendo con él, si no tuviera esa costumbre. Me pregunto si habrá encontrado alguna mujer a la que le encante que un hombre cálido se duerma sobre ella y ronque hasta las dos de la mañana. Él era de Coronado, allá hace frío, de seguro encontró a alguien; espero que sí.

¿Y yo? En 1996 me veía en el futuro casada y cargando con niños y lo odiaba. Tengo treinta y tres años. No sé qué quiero hacer con mi vida, no quiero hacer nada. Quiero fumarme toda la cajetilla y comprar comida en el chino y una botella de Coca-Cola Light, sentarme acá de nuevo, echarme una manta encima y escuchar los sonidos de un sábado por la noche en un barrio poblado de viejitas. Los gatos que corren sobre las latas de zinc y los carros en la autopista. La brisa helando mis huesos. Telenoticias en un televisor un par de pisos abajo. Veo el brillo desde acá, y pienso cuando aún vivía con mamá y ponía canal 7 sin falta, y veíamos las noticias y luego comíamos, y yo me tiraba en el piso de mi cuarto a leer la Perfil y ver tele, hasta el día en que mamá llegó y me quitó todas mis revistas y me dijo que así no se vestían las señoritas y empezó a revisar mi clóset.

Quiero dedicarme a esto toda mi vida. A fumar Delta y comer arroz cantonés. A dormirme en el sillón y despertarme a las seis de la mañana con el cuello torcido. Amanecer envuelta en cobijas de lana pesadas y olorosas al incienso que nunca apagué. Con todo, diría que 1996 fue un buen año. Sobre el 2010 no he logrado decidirme.

Anuncios

Fragmentos de vida recogidos del suelo de la casa de la peluquera

El cabello largo y fino de Elena se desliza entre mis dedos mientras decido cómo proceder; ella quiere una pava, quiere mantenerlo largo, recto, que brille, que salte con ella al moverse. El filo de la tijera recorre el borde de su pelo y los brillos de la casa entera. La telenovela irrumpe con estrépito en el televisor pero no tengo fuerzas para cambiarla; si empiezo a buscar un canal con algo interesante, me distraigo, pierdo cinco minutos, retraso a Elena, me desconcentro y equivoco mis tácticas. Pero una mexicana gritando como loca sobre violaciones y muertes, mal augurio.Y mamá me dice que tiene las manos sucias, que le duelen las rodillas, no entiendo, la reviso, y no entiendo, la veo y no encuentro ni una mancha y ella está sentada pero le duelen de tanto caminar, así dice.

El golpeteo incesante de los pájaros sobre la ventana me espanta, me pone nerviosa. Hoy me siento frágil y dispersa, como disfrazada de cuerpo cuando en realidad soy aire y me escurro entre las estancias de la casa persiguiendo a Mayela, la que sí es yo, la que trabaja cortando pelo en un barrio del sur, la que no sabe qué hacer con montañas de cabello que cubren sus manos porque Elena nunca está contenta con lo que le hacen. Aquí y allá, otros cuerpos en los que reboto, en los que rebotan las voces, devuelven gritos, opiniones, silencios. tengo las manos sucias, me las quiero lavar Eso es lo peor, cuando lo único que se recibe como respuesta es la suave voltereta de un párpado, imperceptible, o la ligereza de las manos en un además de desprecio, o de aprobación, ¿cuándo se supone entonces que sirva el almuerzo? Un hijo corre lleno de barro, el otro de colonia, embarrado de crema para peinar, la usa de todas las formas en que le sugerí que no lo hiciera, se perforó el cuerpo en formas en que le pedí que no lo hiciera, mala madre me dijo Cristina y yo sin saber cómo responderle que no tengo idea de cómo se supone que es una buena, si la única que conozco es la nuestra

y mirala ahí en la esquina, vela. Decí, Cristina, decilo de nuevo. Mayela, me duelen las rodillas. Vela, ¿cómo querés que llegue yo a decirle a Sebastián que corrijo todo lo que dije antes, que se puede tatuar lo que le venga en gana, que se puede acostar con quien le venga en gana -pero que no lo haga en mi casa, cómo lavaría yo luego las sábanas, con qué cara olería yo su ropa antes de arrojarla dentro de la lavadora-. Tengo las manos sucias. ¿Qué decías, mamá? Que tengo las manos sucias. ¿Te las lavo? Tengo las manos sucias.

Y los helechos batiéndose como la cabellera de Elena, que ya empezó a hacer muecas de desaprobación, aunque le corté menos de lo que me pidió, hice menos y aún así me reclama por hacer demasiado, no puedo así, no puedo con todo esto y esta mujer, Bracamontes, contra la pared y William Levy que no sé cómo lo creen guapo y yo me sacudo los cabellos que caen sobre mis manos porque ya me pesan, me pesa todo esto, oigo el timbre, quisiera correr a abrir pero ya fue Miguel y ya salió Miguel corriendo y ya veo la alfombra arrugada detrás de la puerta y el gato va a llegar y se va a esconder debajo y lo voy a pisar cuando vaya a cerrar, él me va a morder las piernas, mirá Elena, mirá como tengo las piernas.

Mamá, mamá, tengo las manos sucias, le pido perdón a Elena, me acerco de nuevo, tomo sus manos entre las mías y le repito al oído que ya está, que están limpias, y en cuanto me alejo empieza de nuevo, tengo las manos sucias, me duelen las rodillas, Mayela, tengo las manos sucias, Elena, fijate como me tiene el gato, y todo porque mamá se volvió loca cuando papá se murió, se volvió loca te digo, dejó de comer, se le cayó el pelo, dejó de alimentar a los pájaros, que se desmayaron de hambre un lunes y no volvieron a levantarse, y Miguel llegó llorando a mi cuarto cuando veía Telenoticias, y me gritó que yo era una insensata, insensible, algo más, por dejar que los animales se murieran de hambre, que viera como tenía al gato, pero yo le traje comida, qué se hizo, no sé.

Te lo digo, Cristina, te repito, que necesito que vengás, que me ayudés, yo no puedo con mamá así; Elena, te voy a lavar el pelo; tengo las manos sucias, limpiame las manos, Lucía lavame las manos y no sé quién es Lucía, me pregunto mientras sumerjo mis manos en agua tibia, esparzo las cremas y espumas por la cabeza de Elena, que sonríe, que dormita, que comenta algo a lo que solo asiento. Le seco el pelo, se sienta de nuevo, la peino, caen sus cabellos cortados, los últimos, sobre el piso, me duelen las rodillas, tengo las manos sucias, y no, Cristina, no quiero pasarme la vida recogiendo nostalgias de mi madre enferma, vení, ayudame, que yo no puedo seguir así.

Y basta con que Elena se vaya para que mamá haga silencio, y yo recuerde que la quiero ver todo el tiempo viva, que es lo único que me hace ver por qué estoy acá.

La tierra seca

Sus manos delicadas tiran del cordón y se corren las persianas. El sol se derrama con todo su ardor sobre la habitación. La sábana recupera su brillante color blanco, y los límites entre las cosas se diluyen, cada objeto inundado de luz. Verónica estira los brazos como si quisiera tocar el techo, bosteza y mira hacia afuera. Algunos autos estacionados en la esquina. Dos chicos que vienen de la panadería son perseguidos por un perro callejero, muy sucio y con las patas manchadas de polvo. Una corriente de aire muy ligera se cuela entre las celosías y acaricia la nuca de la señora, que con los ojos cerrados recibe el baño matinal de sol en la cara.

Desde la cama, bajo la almohada que tapa la fuerte luz de las nueve de la mañana, Gustavo escucha golpes apagados que provienen de toda la casa. El breve rugido del coffee-maker. Las pantuflas de su esposa deslizándose sobre los tablones de madera del piso. El chorro de agua que cae sobre el lavatorio que brilla como porcelana. Una silla que Verónica corre para pasar. Platos y cubiertos chocando unos con otros. Y afuera, un perrito que ladra. Dos hombres que charlan. Un periódico arrugándose. Un camión, en la autopista, muy lejos. Con un bostezo largo, se levanta. Se sienta en el borde de la cama primero, ve hacia afuera y suspira. Recoge su cajetilla de cigarros de la mesa de noche, consulta la hora en su reloj de pulsera porque nunca confía en el despertador. Se pone unas zapatillas de cuero my gastadas y se dirige a la cocina.

La espalda cubierta de algodón muy delgado de su esposa. El cuello blanquecino bajo el espeso cabello rubio. Su pulserita de oro tintinea al chocar con la taza de café que lava. Aún en su edad madura, conserva una belleza particular. Una elegante y arrogante belleza. Una forma única de pararse firme y verse frágil. Gustavo enciende un cigarrillo y aunque desea café, no puede permitir que su voz rompa el perfecto silencio. Cuando Verónica se aleja de la pila, y toma el periódico de la mesa, él se levanta. Cada uno roza el brazo del otro al pasar junto a la mesa en direcciones contrarias. Ella siente que él se aleja un poco. Él conserva todo su porte serio e imponente, pero nada de la calidez que ella presumía que se encerraba allí. Se sienta en una silla de mimbre frente a la puerta de vidrio del jardín. Tras el cristal, las florecillas rosadas parecen brillar con más fuerza. Están muriendo bajo el sol de un verano urbano, inclemente. Sus tallos se manchan de tierra hasta el medio. Pequeñas partículas de polvo flotan sobre sus hojas.

Gustavo fuma apoyado sobre la mesa de la cocina. Deja caer las cenizas sobre una servilleta que extendió frente a él con este propósito, por pereza de buscar el cenicero. De pronto siente una sed terrible, que estira sus músculos al máximo, que desgasta su garganta. Empieza a toser. Veronica se vuelve como para ver qué le sucede, pero siente algo curioso: se ha vuelto porque un sonido extraño ha interrumpido la suave melodía de la mañana de sábado, no porque escucha a su esposo tosiendo. Algo se quiebra adentro.

Algún rato más tarde, Gustavo oye la voz de su esposa charlando con uno de los vecinos. Un hombre muy joven, guapo y a todas luces exitoso en lo que sea que hace. Vive con otro hombre. Los han invitado a cenar unas dos o tres veces, y Gustavo se sorprendió entonces de que el muchacho cocine tan bien, mejor que Verónica. Hablan de plantas. Hablan del clima. Pero ella ríe. Ella ya no ríe con él.

Esa mañana, Verónica sale un momento al jardín a regar sus plantas. La nostalgia se asienta y fluye por su cuerpo. Extraña algo. Esa mañana, ella decide irse de la casa, pero no se lo comunicará a su marido hasta muchos días después. Esa mañana, Gustavo siente que el pasto está muriendo, lo siente como si fuera la cobertura de sus órganos, su propia piel, la que se carboniza bajo el sol. No quiere estar más en esa casa, pero no se lo dirá a su mujer hasta varios días más tarde.

El día en que finalmente hablan, es de noche, hay dos copas de vino sobre la mesa, hay jazz de fondo. Se ven todas las estrellas en el cielo, hermosas, sobrecargan la noche de luz. Por un instante él se siente de pronto cómodo, contento: en casa. Y ella sabe, solo lo sabe, que podría pasar el resto de su vida junto a él. Esa será la última noche que cenarán juntos, porque Gustavo sale de la casa al día siguiente. Es un divorcio sencillo y sin problemas. Nunca más vuelven a hablar tras el fin de los trámites.

Un lunes cualquiera, en la noche, Gustavo sale de su nuevo apartamento para comprar unas cervezas en el supermercado cercano. Escucha una voz familiar. Verónica con las manos llenas de quesos, de refrescos, de pastas. Verónica en un hermoso y sencillo vestido verde olivo. Verónica con la que pudo haber vivido una vida completa.

Aire de diciembre

Cada noche, él sube al techo de la casa, con cuidado de no hacer mucho ruido, de no pisar la lata equivocada para no despertar a mamá ni a las vecinas. A veces se encuentra con uno o dos gatos; éstos se pelean, se aman, corretean, duermen acurrucados en una esquina seca cerca de las canoas. El aire nocturno, poblado solo de pitos de taxis en la otra calle, de la luz enceguecedora del rótulo gigante del Hiper Más y del olor de la humedad en las azoteas. Las manos heladas abrazan su propio diminuto cuerpo.La brisa mueve el cabello oscuro en todas direcciones.

Los labios tiemblan para pronunciar palabras sueltas, o para combatir el frío. El chico se sienta en el borde del techo, con cuidado de no patear la escalera (o no tendría cómo bajarse), y toma un profundo respiro. No huele a candelas de vainilla, ni a madera vieja, ni a café, como dentro de la casa. Tampoco es que el aire de la ciudad sea puro, ni mucho menos, pero los aromas no se impregnan en la ropa inmediatamente como dentro de la casa minúscula. Aunque haga frío, él sube para respirar, y para pensar un rato.

Las ideas van y vienen como las bolitas en las máquinas tragamonedas de la pulpería. Chocan aquí y allá, iluminan tal o cual banderita, aumenta el puntaje del jackpot. No tiene otra forma de organizar sus pensamientos que no sea esa, es lo único que se le ocurre. Líneas formadas por colores disímiles y banderas de países que nunca visitará, que no sabría ubicar en el mapa. Pero le fascinan terriblemente. Todo Brasil se contiene en ese rectángulo verde, en el rombito amarillo, en el globo azul en el que no lee bien qué dice. Todo está allí adentro.

Tampoco sabe los nombres de las constelaciones, si acaso recuerda algunos, pero jamás podría asociarlos con las estrellas correspondientes. En todo caso, ve muy pocas. Lucecitas que parpadean detrás de algunos jirones de nube, de vez en cuando. La luna llena, lechosa e imponente. Los camiones estacionados en el lote de enfrente. Voces de gatos errantes a las dos de la mañana. La sensación de estarse perdiendo algo importante que sucede en ese momento.

En cierta ocasión oyó a su mamá pronunciar el nombre del padre hace mucho perdido, cuando le contaba algo a una vecina. Pero no lo recuerda bien. Pensar en su papá, cuya cara se borra como las letras pintadas en la pared de la pulpería y los afiches de Coca-Cola ya amarillos, lo hace pensar en árboles. En árboles cualquiera. No sabe por qué. Mangos. Eucalipto, en La Sabana. Pero la última vez que fue a La Sabana fue cuando tenía diez años y no recuerda bien. Los koalas se alimentan de eucalipto. Pero no recuerda tampoco cómo luce un koala.

Hace más frío del normal esta noche. Aire de diciembre. Las luces navideñas que cuelgan del borde del techo de la casa al otro lado de la calle. Los renos que mueven la cabeza en el jardín de los vecinos.

Todo lo que está al otro lado. Sus manos se sienten ajenas sobre sus hombros. Como si alguien más estuviera allí.

Cipreses verdes,

Un gato gris maúlla;

El poder creer.

Holiday

If we took a holiday, took some time to celebrate, just one day out of life, it would be, it would be so nice.

De pronto, la lluvia. La humedad me sofoca y me trae recuerdos. El portón enorme está oxidado, nunca ha sido arreglado, y me cuesta mucho empujarlo lo suficiente como para poder pasar, gordo como estoy. Han pasado muchos años: yo solía saltarme el alambre de púas, escurrirme por debajo. No me importaba que mamá me regañara por llegar con las rodillas embarrialadas (y una herida en el brazo, causada por el alambre). De pronto, el barro. Se ensucian mis mocasines y los ruedos de mi pantalón. Luego los lavaré, cuando vuelva al hotel. Un sol paliducho me quema la nuca con fuerza, ayudado por dos mosquitos que no soporto más. Si los atrapo, los mato.

La casa sigue igual aunque el camino se siente más corto. No he vuelto en muchos años, pero las paredes siguen del mismo color como si el techo de lata oxidada las hubiera protegido del tiempo y las tormentas tropicales que inundaban este diminuto valle cuando yo era joven. Desde la puerta se ven las montañas que alguna vez escalé en secreto. Recuerdo que cierto día fui con mi papá a pescar cerca de la naciente de un río. O tal vez fue algo que siempre quise hacer y lo imaginé. Pero recuerdo las tenazas de la langosta reventando el hilo de pescar y la desnuda espalda de nuestro guía, un hombre de la localidad. Huelo el sudor y la sangre que se entremezclan a media espalda y que corren lentamente por su cuerpo moreno. Pero bien puede ser que nada de esto pasó y que solo fueron cosas que quise hacer y nunca logré.

En el pasillo de enfrente, como siempre, tres perros hambrientos que no tienen fuerzas ni para ladrarme a mí, un absoluto extraño cuyos pies habían olvidado como se sentía el zacate mojado en este pueblo tan silencioso, cómo olía el río durante la lluvia, cómo caminar cuando la ropa está pegada al cuerpo por el sudor excesivo. En el otro lado, docenas de gallinas dormitan, esperando que cese la lluvia para salir de nuevo a arrancarle gusanos a la tierra. Cuando llueve en esta tierra, no es posible que el mundo siga girando, no es creíble que haya otros países, que haya algo más allá de la calle que da vuelta junto al teléfono público donde mataron a la chiquita y que usaba para llamar a mi amor sin que mamá me oyera, hace muchos años. No hay nada más.

De pronto, la puerta. La casa diminuta que ha esperado en silencio. Me traen muchos recuerdos estas paredes mal pintadas y estas incómodas sillas de plástico. Y la puerta del baño que había que cerrar con un ganchito de metal. Ahora tiene puesto el candado. El olor de los colchones guardados me da asco, pero se siente como casa. “Hay que revisar debajo de las camas por si hay alacranes”, decía mamá siempre, pero nunca vi uno solo. Y si lo hubiera visto, no habría dormido allí porque nada me da más asco que los alacranes. Pero yo dormía hasta mediodía entre las sábanas livianas, revolcándome en el colchón, dándole vuelta a las almohadas a cada rato para sentir el lado frío.

Una vez, acá acostado, conocí la máxima felicidad que puede conocer un hombre, un niño que era entonces. Abrir los ojos en la mañana y que…

You can turn this world around and bring back all of those happy days.

Solo oía el disco de Madonna completo cuando veníamos de vacaciones a esta casa abandonada en las montañas, cerca de Jacó, pero totalmente aparte del mundo.Ahroa cada vez que escucho “Holiday”, me siento joven, me siento nuevo, siento que tal vez pueda extender mi mano y tocar mi infancia como tocaba las gallinas cuando les tiraba arroz sobrante del almuerzo y estaba muy aburrido. Porque, Dios mío, sí me aburría acá. Pero daría todo, todo, todo lo que tengo, por volver a aburrirme de esa forma. Veía las estrellas. Me mecía en la hamaca solo, leyendo.

(Y él. Él, que dividió la historia de esta casa en dos, de modo que yo jamás podría dormir de nuevo en estos colchones sucios y llenos de telarañas y moho. Ya no recuerda.)

Luego sigue Lucky Star y el disco se hace interminable. Entonces es hora de cenar o algo así. Carne asada, afuera. Para ver las estrellas. Para matar mosquitos que se adhieren a las piernas. Para ser sincero como en ninguna otra parte.

De pronto, ¿cuántos años? O tal vez no ha pasado tanto tiempo, pero todo ha cambiado y un abismo se ha abierto (una vez más. Como antes del silencio eterno del padre. Como después del sueño más placentero que haya tenido en mi vida entera y el mejor despertar también) entre la casa de entonces y la de ahora. A esperar a que termine otro ciclo. Quizás con una muerte. Quizás con un sutil abandono. Las gallinas se instalarán definitivamente en el pasillo y los perros hambrientos no serán acariciados nunca más.

Y nunca Holiday va a volver a significar lo mismo.

Una tarde lluviosa en un supermercado

El timbre penetrante de teléfono me despertó de un sueño incómodo. Me duele el cuello y la cabeza; ensordecido y con los ojos entrecerrados, avanzo hacia el escritorio y alzo el auricular. Un silencio profundo me saluda, como si quien hubiera llamado se percatara de mi dolor de cabeza y quisiera evitarme más molestias. Se arrepintió de hablar.

Camino hacia la ventana y corro las cortinas para ver la calle. No ha dejado de llover. Dejé mi paraguas ayer en la universidad, junto a la silla desde la que soporté una tediosa exposición de ideas pasadas de moda. Me di cuenta hasta que iba en camino a mi apartamento y me dio pereza devolverme. Cuando salga, compraré otro. Y hablando de salir, pronto tengo que ir a comprar algunas verduras y bebidas y más cosas. Alcohol, crema humectante para la cara, pastillas contra el resfriado, algún buen queso, y una botella de vino porque creo que me acabé la anterior. Cuando deje de llover.

Salí con los zapatos que usaré en la noche y fue una soberana estupidez. Sabía que me iba a empapar. Ahora un sonidito gracioso me va a acompañar cada vez que camine. Los papás de Laura van a pensar que no me importa conocerlos, después de tanto tiempo que he planeado esta cena, y el estrés y todo eso. En fin… tal vez pueda secar otros pantalones y ponerme otros zapatos. Laura llega a las ocho con ellos: eso me da suficiente tiempo. ¿Les gustará mi apartamento? Tal vez deba barrer de nuevo.

Llego al pequeño supermercado y hay una mujer con un niño en brazos junto a la puerta. Ambos están cubiertos por una manta roja empapada, que gotea en el piso sin cesar. El niño está dormido y tiene los labios sucios con saliva seca. Ambos están mojados. “Señor, una ayudita”, me dice, y le dejo caer unas monedas sobre la palma abierta. Me extraña su mortecina palidez y los callos en los dedos.

El aire acondicionado me hiela los huesos. Debí traer la chaqueta, pero bueno, todo me está saliendo mal -mal no, sino mediocre, eso es. Espero que para la cena mejore un poco todo. Mis vecinas, dos lesbianas metidas en cuanto movimiento político hay, preciosas las dos, me saludan con amabilidad y me empiezan a preguntar por mi cena. Tal parece que el vecindario entero se enteró. Nunca le vuelvo a contar nada al guarda. Sé que él habla con todo el mundo mientras riega las plantas de los jardines, lo cual hace cuando está aburrido y ningún carro está entrando al parqueo. Los chismes… Al menos ellas me entienden, me cuentan de cuando Verónica conoció a la madre de María Elena. Ya me puedo imaginar el nerviosismo y la tensión en el ambiente.

Las manzanas se ven deliciosas. Van a lucir hermosas en el platón de frutas que compré para poner sobre la mesa. Un poco hipócrita comprarlas para no comérmelas sino hasta en una semana, pero qué más da. El pollo, por su parte, se ve bien. No demasiado bien, pero, de nuevo, qué más da. Voy a tener que despertarme de esta somnolencia y esta mediocridad pronto, o tendré problemas en la cena. Laura me va a matar si le falto el respeto al papá bostezando durante su conversación (que según entiendo será larguísima, y como sobre exportaciones piñeras no sé absolutamente nada, bastante plana y repetitiva).

Maldita crema humectante que no aparece. Debería traer esa marca al país. María Elena, a quien me topo otra vez, sabe cuál es, y se lamenta en el mismo sentido. La que tengo, ya escasa, me la trajo mi hermano Pablo de España y no va a volver pronto, así que sufriré sin ella. Es la única que me deja la piel como quiero: suave sin ser grasosa ni aceitosa ni pegajosa, no es brillante, no se siente como una capa sobre mi piel y se seca rápido. Es genial… Nivea bastará, entonces. Verónica se ve bellísima con ese vestido verde. Lástima.

El pasillo con las frituras y bocadillos y snacks y todo eso siempre me hace sentir un poco mal. Mal porque sé que no debo comerlos pero los amo. Siguiendo con mi idea de una futura vida sana, me abstengo. Renuncio a ustedes, Pringles. Y a ustedes, elotitos de maíz tostado con sabor a barbacoa. Esta zanahoria no se ve como una zanahoria feliz. ¿Estás feliz? Te veo un poco apagada.

Vinos españoles, vinos franceses, vinos chilenos, vinos californianos y vinos argentinos. Vinos de mesa, blancos, tintos, rosados, de frutas, baratos y caros. En botella de vidrio, en caja de cartón, en botella de plástico, ¿vino de nance? (eso sólo sirve para fumar marihuana), Çyo tengo sacacorchos? En promoción y de colección especial. Cabernet. Merlot. Vodka Finlandia -un paso para atrás. Entonces… ¿tinto o blanco? Blanco, naturalmente. O tinto, no sé, ¿cuál era el que iba con el pollo ahumado?

No puedo creer que sigan vendiendo discos de Galy Galiano. Agendas de esa maldita muñequita japonesa, la roja esa con colitas extrañas. Hace tanto tiempo no veo televisión que no tengo idea de quién será. Seguro ahorita aparece en una película o algo así. Dos niños rubios corren entre las cajas. Una señora pasa la escoba detrás de ellos. Cierto, la sal, la sal.

En la caja, se me ocurre por un momento comprar cigarros, pero me arrepiento. No quiero oler a tabaco hoy. Que mis suegros descubran un defecto a la vez. ¿O sería mejor todos en una sola conversación? No sé. De todos modos, a Laura no le gusta que fume. Hay una falta de ortografía en esa publicidad. Se estaciona una motocicleta frente a la puerta. El pobre repartidor está mojado de pies a cabeza. La publicidad de Papa John’s siempre me parecerá absurda. Pago más dinero del que tenía planeado, pero es una suerte que traje la tarjeta y no me quedé sin efectivo (hoy le tengo que pagar el agua al dueño del apartamento).

Hasta ahora que me devuelvo a la casa me doy cuenta de lo nervioso que estoy realmente, por lo de mis suegros y todo eso. Y me doy cuenta de que no me despedí de mis vecinas. La mujer con el bebé está ahora en la calle contraria, junto a las hamacas del diminuto parque, pidiéndole dinero a los que pasan enfrente. Pero dos señoras pasan con bolsas del supermercado y no pueden sacar nada de las carteras. Empieza a lloviznar de nuevo. Y por algún motivo, tarareo “Perfidia“, en un arreglo de Xavier Cugat. La música de supermercado no sale fácilmente de la cabeza.

¿Por qué habrán chocado esos carros? No tiene sentido. Un Honda Accord de un tono azul espantoso está con la tapa abierta. Humea el motor. Su dueño se rasca la cabeza mientras moja su camisa Lacoste mal abotonada. Me detengo un momento.

Los charcos bajo las hamacas y bajo los árboles frondosos. Los cables de electricidad limpios de pájaros. Los volantes arrugados, las cajas de cigarros y las latas de Coca-Cola que bloquean las alcantarillas y los caños. Todo está tan tranquilo y tan callado que parecería natural. Como si la lluvia suave hubiera aniquilado todos los demás sonidos, ruidos, gemidos, pedidos, bostezos, estornudos. No hay nada frente a mí. Solo mi apartamento. Las cortinas que dejé abiertas. Cuando entre. Cuando entre habré perdido algo.

Pero todo se ve diferente desde acá arriba. El accidente aún no tiene sentido. María Elena se ve diminuta. Los cactus en la ventana de José Luis se ven de un tono verde brillante en esta luz. Me duele tanto el cuello que me da pena tener la cabeza baja cuando lleguen los padres de Laura y deba saludarlos; mi posición firme no valdrá la pena si no puedo alzar la mirada. Pequeñas islas de reflejos cristalinos se esparcen por la calle y sumerjo mis ojos en esos charcos.

Las ballenas

Nunca he visto una ballena. Es decir, con mis propios ojos. Las he visto en documentales, en anuncios inclusive, pero no una real, una en vivo. Dicen que son monstruosas, gigantescas, más grandes que cualquier animal que jamás haya visto en tierra, mucho más. No lo sé. Con frecuencia me he detenido a pensar en le tamaño que tendrán sus corazones… Dicen que cuando uno cierra la mano en un puño, el tamaño de éste es el del corazón… ¿Y el de una ballena?

Ahora tengo treinta años. La primera vez que vi una ilustración de una ballena debió ser hace unos veinte o veinticinco. Quizás antes, en alguna ilustración de mis libros para colorear; sin embargo, no me causó el dibujo la impresión que sí lo tuvo una fotografía que me encontré tirada en una vieja biblioteca cuando tenía once años. Era la casa de un familiar lejano, cuyos estantes y armarios rebosaban de libros que él ya no recordaba haber leído. Me dejaron andar libre entre las habitaciones polvorientas, manosear cada objeto, y ojear las páginas amarillentas que caían de todas partes como si de trozos de la casa se tratara. Tenía esa sensación, precisamente: la casa se iba a derrumbar ese día, sepultaría todo su contenido, incluido el viejo, y yo sería el último explorador en fascinarme con sus recónditos tesoros. Era mi deber excavar, romper, atravesar, quebrar, y lo hice con placer absoluto. Entre las ruinas, fragmentos de fotografías arrancadas de revistas y libros viejos componían un mosaico que abarcaba todo el mundo, todo el universo: un árbol, un gato, una constelación, un icono ruso, una ilustración medieval, una mujer leyendo, y una ballena. Azul, gigantesca, la mitad de su cuerpo oculto en la penumbra del océano y sus ojos invisibles evitando mi mirada, el ataque frontal de mi curiosidad implacable.

Me quedé sin aliento entonces. Yo recuerdo. Vibra en mí esa imagen. Por muchos años la busqué en millares de libros con la infantil fantasía de que era la primera imagen jamás tomada de una ballena. Esto era imposible, pues era a color, bajo el mar, y muy nítida, pero me hice esa ilusión, y con esas señas, la busqué en todas partes. Sin embargo, desde el principio, tuve una reserva: no podía buscarla en el mar, o en un acuario. Tenía miedo. Me sobrecogería la emoción. Me abrumaría su fuerza y yo me desvanecería, me empequeñecería hasta ser imperceptible.

Mamá una vez me llevó al mar, una sola vez. Ya papá había muerto y los contornos de su cara se empezaban a diluir con los colores del paisaje a ambos lados de la carretera. Nos detuvimos en un pueblito en las montañas a la mitad del camino hacia la playa, y tomamos una taza de café sentados bajo la sombra de un árbol en el parque local. No nos dijimos una sola palabra. Pero, si tuviera que elegir un momento en el que he sido verdadera, sinceramente feliz con mi madre, fue éste, aislado, una imagen suspendida entre dos masas de negro olvido, en las que deposité toda la tristeza y la duda que me llenaban. Porque no había nada más dentro de mí. Solamente una pregunta y una certeza, certeza de estar solo. Y la pregunta de cuándo terminaría todo esto; no mi presente de entonces, mi pasado, sino todo, ayer, hoy y mañana, y pasado mañana también, cuándo acabaría ardiendo como llanos en el horizonte. Sin embargo, en aquel momento no teníamos, ella y yo, más que la certeza del sabor del café, del aroma de las flores desparramadas en el suelo, y de nuestra proximidad. Una luz íntima proyectada sobre el entramado de las ramas de los árboles nos unía como nunca antes ningún abrazo ni caricia. En ese instante, sentí por primera vez que quizás -no, estaba seguro- mi madre me amaba con sinceridad y sin compromiso. Todo duró muy poco, porque me pregunté si ella sentiría lo mismo proviniendo de mí, un amor desinteresado y voluntario. La duda sepultó una isla luminosa.

Recuerdo que ese viaje duró unos cuatro o cinco días. Dormíamos en un camarote en un hotel humilde, cuyas paredes olían a sal marina y a coco (especialmente en la cocina). Hablábamos solo lo necesario, sin aburrirnos. Caminábamos por la playa, por los senderos a través del bosque que adornaba la cima de las colinas circundantes y por el minúsculo poblado cercano. Todas sus casas estaban hechas  de madera. Todos cuantos allí vivían olían a mar. Me deslizaba entre las faldas de ancianas para acercarme lo más posible a los frutos que yo no conocía y que veía en el mercado. Mamá me dejaba andar por donde quisiera, sabía que volvería a ella. De noche, ella fumaba sentada en una mecedora que rechinaba cuando ella se movía hacia atrás. Yo bebía Coca-Cola helada, sentado en las gradas que bajaban a la playa. Sin que mamá me viera descendía un escalón a la vez, hasta llegar a tocar la arena con los dedos de los pies. Luego tomaba un puñado de arena y lo dejaba escurrirse entre mis dedos. Si la miraba, ella sonreía pero volvía la cara de inmediato.

Las estrellas y la luna brillan igual que cuando estuve con mamá en este mismo lugar. El hotel ya no existe, pero debió ser por aquí cerca. Oigo las olas reventarse contra las piedras de la costa, sin verlas claramente, tal es la oscuridad. No hay una sola nube en el horizonte. Podría penetrar en el mar en una lancha y la luna guiaría mi ruta toda la noche. No sabría adónde ir. Ése sería el problema. Estoy tranquilo. La duda y la tristeza se han ido. Se supone que uno retiene un poco de cada una durante toda la vida, pero yo no, las he suprimido definitivamente, y eso me ha hecho una persona (no más un hombre, o un habitante de tal o cual país, o un periodista, o tal categoría, sino solo persona), y una que es cristalina sin reflejar luz, solo la de la luna, sin refractarla tampoco, sin absorber ningún color, ni bloquear ninguno.

Sentado en la arena, regreso a un estado primitivo, mudo, sordo, sin tacto, sin gusto, pero no ciego, nunca ciego. Sigo buscando a una ballena en el mar. Cada vez que oigo una ola formarse, avanzar y reventar, me pregunto si serían las aletas de una ballena las que agitaron la superficie del agua. O si, desde el fondo, se agita y se sacude provocando remolinos que ascienden en forma de espuma, o en forma del oleaje que bate la mansa manta azul y eterna de mar que veo frente a mí, tendida, ofrecida, sin dueño.

Yo era un niño perdido en la playa de noche, había que temer por mí. Mamá corría por la arena apuntando con su linterna en todas direcciones. Gritaba mi nombre pero el estruendo del mar lo ahogaba a los pocos metros. El dueño del hotel venía detrás de ella, con una lámpara de aceite. Ambos se veían tan pequeños desde arriba, desde la colina. Yo veía al mar hincado entre los matorrales. No tenía la fuerza para gritarles y aplacar su desesperación. Durante largo rato, los vi ir y venir con sus luces amarillas.

Hoy, el silencio, las estrellas, el canto de las ballenas, la silueta de las rocas y la aspereza de la arena me devuelven a un estado primigenio, anterior a toda humanidad, a toda artificialidad. Solo en el mar. No hay límite entre la tierra y el agua, todo el espacio único e inacabable de la voluntad humana. Puedo caminar. Puedo nadar.

Bajé corriendo hacia mamá, mi cara bañada en lágrimas, mis sollozos confundidos con sus gritos de alegría. Su largo cabello caía sobre mi espalda desnuda. Mi cara apretada contra su pecho: podía oír el imparable latir de su corazón. Pensé que había oído una ballena, le dije, por eso corrí hasta la cima de la colina, para otear en el horizonte, esperando encontrar al animal mítico que era capaz de emitir un canto de tan sobrecogedora belleza. Y ella me dijo “Eso es imposible”, y con ello borró en un instante todo en lo que mi alma había reposado hasta entonces, la posibilidad de ver y oír y tocar a una ballena, nadar junto a ella y sumergirme en la calidez de lo ignoto.

Dicen que el fondo del mar es tan helado que moriría de inmediato, si la presión no me matara antes. Quisiera saberlo por mi propia cuenta. En este estado anterior al tiempo, que es la más grande herida que el ser humano le ha inflingido al universo (encajonarlo en las paredes de una medida inexistente), en esta abertura, grieta en el tejido de la vida en la cual he concentrado todo lo que soy y todo lo que puedo llegar a ser, yo veo. Yo puedo ver. Y a través de mi mirada creo y destruyo lo que quiera. Todo lo que he imaginado se alza en medio del mar como una columna multiforme en constante movimiento, alrededor de cuya base nadan siete ballenas azules de tamaño incalculable. La visión de lo masivo que es el universo, contenido en esa visión bajo la bóveda de las estrellas, me sofoca, me derrota. La certeza de la infinidad de mi deseo, mi deseo que puedo formarlo todo y cancelarlo todo es lo que me mantiene asido a la materialidad del mundo. La duda me retiene en el límite entre la desintegración y la solidez. Dudo si veré o no a una ballena. La posibilidad de hacerlo es lo que me da fuerza, la posibilidad de ver, con mis propios ojos, la inmensidad de lo que hay y lo que es. En la duda permanezco suspendido frágilmente. Este momento no tiene, no puede tener, un fin.