La tierra seca

Sus manos delicadas tiran del cordón y se corren las persianas. El sol se derrama con todo su ardor sobre la habitación. La sábana recupera su brillante color blanco, y los límites entre las cosas se diluyen, cada objeto inundado de luz. Verónica estira los brazos como si quisiera tocar el techo, bosteza y mira hacia afuera. Algunos autos estacionados en la esquina. Dos chicos que vienen de la panadería son perseguidos por un perro callejero, muy sucio y con las patas manchadas de polvo. Una corriente de aire muy ligera se cuela entre las celosías y acaricia la nuca de la señora, que con los ojos cerrados recibe el baño matinal de sol en la cara.

Desde la cama, bajo la almohada que tapa la fuerte luz de las nueve de la mañana, Gustavo escucha golpes apagados que provienen de toda la casa. El breve rugido del coffee-maker. Las pantuflas de su esposa deslizándose sobre los tablones de madera del piso. El chorro de agua que cae sobre el lavatorio que brilla como porcelana. Una silla que Verónica corre para pasar. Platos y cubiertos chocando unos con otros. Y afuera, un perrito que ladra. Dos hombres que charlan. Un periódico arrugándose. Un camión, en la autopista, muy lejos. Con un bostezo largo, se levanta. Se sienta en el borde de la cama primero, ve hacia afuera y suspira. Recoge su cajetilla de cigarros de la mesa de noche, consulta la hora en su reloj de pulsera porque nunca confía en el despertador. Se pone unas zapatillas de cuero my gastadas y se dirige a la cocina.

La espalda cubierta de algodón muy delgado de su esposa. El cuello blanquecino bajo el espeso cabello rubio. Su pulserita de oro tintinea al chocar con la taza de café que lava. Aún en su edad madura, conserva una belleza particular. Una elegante y arrogante belleza. Una forma única de pararse firme y verse frágil. Gustavo enciende un cigarrillo y aunque desea café, no puede permitir que su voz rompa el perfecto silencio. Cuando Verónica se aleja de la pila, y toma el periódico de la mesa, él se levanta. Cada uno roza el brazo del otro al pasar junto a la mesa en direcciones contrarias. Ella siente que él se aleja un poco. Él conserva todo su porte serio e imponente, pero nada de la calidez que ella presumía que se encerraba allí. Se sienta en una silla de mimbre frente a la puerta de vidrio del jardín. Tras el cristal, las florecillas rosadas parecen brillar con más fuerza. Están muriendo bajo el sol de un verano urbano, inclemente. Sus tallos se manchan de tierra hasta el medio. Pequeñas partículas de polvo flotan sobre sus hojas.

Gustavo fuma apoyado sobre la mesa de la cocina. Deja caer las cenizas sobre una servilleta que extendió frente a él con este propósito, por pereza de buscar el cenicero. De pronto siente una sed terrible, que estira sus músculos al máximo, que desgasta su garganta. Empieza a toser. Veronica se vuelve como para ver qué le sucede, pero siente algo curioso: se ha vuelto porque un sonido extraño ha interrumpido la suave melodía de la mañana de sábado, no porque escucha a su esposo tosiendo. Algo se quiebra adentro.

Algún rato más tarde, Gustavo oye la voz de su esposa charlando con uno de los vecinos. Un hombre muy joven, guapo y a todas luces exitoso en lo que sea que hace. Vive con otro hombre. Los han invitado a cenar unas dos o tres veces, y Gustavo se sorprendió entonces de que el muchacho cocine tan bien, mejor que Verónica. Hablan de plantas. Hablan del clima. Pero ella ríe. Ella ya no ríe con él.

Esa mañana, Verónica sale un momento al jardín a regar sus plantas. La nostalgia se asienta y fluye por su cuerpo. Extraña algo. Esa mañana, ella decide irse de la casa, pero no se lo comunicará a su marido hasta muchos días después. Esa mañana, Gustavo siente que el pasto está muriendo, lo siente como si fuera la cobertura de sus órganos, su propia piel, la que se carboniza bajo el sol. No quiere estar más en esa casa, pero no se lo dirá a su mujer hasta varios días más tarde.

El día en que finalmente hablan, es de noche, hay dos copas de vino sobre la mesa, hay jazz de fondo. Se ven todas las estrellas en el cielo, hermosas, sobrecargan la noche de luz. Por un instante él se siente de pronto cómodo, contento: en casa. Y ella sabe, solo lo sabe, que podría pasar el resto de su vida junto a él. Esa será la última noche que cenarán juntos, porque Gustavo sale de la casa al día siguiente. Es un divorcio sencillo y sin problemas. Nunca más vuelven a hablar tras el fin de los trámites.

Un lunes cualquiera, en la noche, Gustavo sale de su nuevo apartamento para comprar unas cervezas en el supermercado cercano. Escucha una voz familiar. Verónica con las manos llenas de quesos, de refrescos, de pastas. Verónica en un hermoso y sencillo vestido verde olivo. Verónica con la que pudo haber vivido una vida completa.

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Mil mariposas diminutas

Las piernas cruzadas, el pantalón manchado por la hierba húmeda y el barro. Mil mariposas minúsculas formando pequeños remolinos que sacuden las briznas de hierba en la colina. Una mariposa sobre el cuello desnudo. Unos ojos que quieren desnudar el mundo.

La respiración intranquila, las palmas sudorosas. Vacas mugiendo muy lejos, detrás de la niebla. El sol que desgarra poco a poco la piel y revienta el cabello al descubierto.

La imaginación de un río que debe correr allá abajo, entre las montañas conquistadas. El silencio colorido. Perros que le ladran a las mariposas que se posan sobre sus hocicos fríos. La tierra que se renueva en ciclos, poco a poco. La brisa que lava la piel con sus caricias imprevistas, que aplaca el calor de las dos de la tarde en la cima del mundo conocido, lejos de todo, en secreto. Cipreses, lejos, las manos temblorosas; mariposa. Alas se baten sobre el párpado.

Los pies adoloridos tras escalar mil metros. Dos mil metros. Tres mil metros. Lejos, lejos del ruido y del humo. Las palmas sudorosas. La voz quebrada. Sentir frío en todo el cuerpo a pesar del sol incandescente que se desparrama quemante sobre la extensión entera del mundo, que hace estallar las gotitas de agua contenidas en las nubes. Las piernas cruzadas, el pantalón manchado por la hierba húmeda y el barro. Todos los músculos temblorosos. Hay un tiempo para esperar, hay un tiempo para callar, hay un tiempo para saltar.

Mil metros, dos mil metros, tres mil metros. Al vacío. Para sentirse abrigado por heladas nubes. Nubes reales, de las que se ven desde allá abajo. Ser abrigado por ellas. Mil mariposas diminutas que se posan en las rodillas, en las palmas de las manos, en las cejas, en los labios. Y tiemblan con el viento. Y sus alas se quiebran bajo el peso del rocío.

Caballos con las patas cubiertas de barro. Piedras ocultas bajo el espeso manto verde. Los caminos se forman de barro, de piedra, de boñiga, de hierbas que revientan las piedras, de cadáveres de aves, de vacas, de terneros, de mil mariposas grises. El alambre de púas enrollado sobre sí mismo. Las púas herrumbradas clavadas en los maderos podridos por la humedad. Las manos se deslizan sobre la superficie rugosa de la madera, del metal, de las herraduras de caballo abandonadas y convertidas en adornos, de mesas de madera tan pesadas como rocas gigantescas a los lados de las montañas.

Esperar el bus. Tocar el lomo de los caballos. Lejos, lejos del ruido y del humo. Vacas mugiendo muy lejos, detrás de la niebla. Ellas son de niebla. Ellas son nubes. Nosotros somos nubes. El cielo nos pertenece. Armonías distantes. El sol que desgarra poco a poco la piel y revienta el cabello al descubierto. Repetición interminable, la suspensión del tiempo. La falta de barreras. Todas las cercas, todas las rocas, el suelo mismo. Se han ido, licuados, barridos, desperdigados, dispersos en el aire. Llueve. Luego el sol. Luego la lluvia. Luego el sol invisible.

Hay una posibilidad. Color castaño, cada tono del color de la madera contenido en un espacio minúsculo. Parpadeo. La mariposa vuela. La hierba se quiebra. La cercanía.

Hay una posibilidad. Descifrar el lenguaje del viento. Recuperar los cadáveres quemados de mil mariposas diminutas. Y sobre ellas, construir un mundo. Una torre interminable. Y suave como la crin del caballo, la nube envuelve el cuerpo y lo revela a sí mismo. Y se encuentra vacío a sí mismo. La respiración intranquila, las palmas sudorosas. Por primera vez en tanto tiempo.

Esto es tuyo.

Aire de diciembre

Cada noche, él sube al techo de la casa, con cuidado de no hacer mucho ruido, de no pisar la lata equivocada para no despertar a mamá ni a las vecinas. A veces se encuentra con uno o dos gatos; éstos se pelean, se aman, corretean, duermen acurrucados en una esquina seca cerca de las canoas. El aire nocturno, poblado solo de pitos de taxis en la otra calle, de la luz enceguecedora del rótulo gigante del Hiper Más y del olor de la humedad en las azoteas. Las manos heladas abrazan su propio diminuto cuerpo.La brisa mueve el cabello oscuro en todas direcciones.

Los labios tiemblan para pronunciar palabras sueltas, o para combatir el frío. El chico se sienta en el borde del techo, con cuidado de no patear la escalera (o no tendría cómo bajarse), y toma un profundo respiro. No huele a candelas de vainilla, ni a madera vieja, ni a café, como dentro de la casa. Tampoco es que el aire de la ciudad sea puro, ni mucho menos, pero los aromas no se impregnan en la ropa inmediatamente como dentro de la casa minúscula. Aunque haga frío, él sube para respirar, y para pensar un rato.

Las ideas van y vienen como las bolitas en las máquinas tragamonedas de la pulpería. Chocan aquí y allá, iluminan tal o cual banderita, aumenta el puntaje del jackpot. No tiene otra forma de organizar sus pensamientos que no sea esa, es lo único que se le ocurre. Líneas formadas por colores disímiles y banderas de países que nunca visitará, que no sabría ubicar en el mapa. Pero le fascinan terriblemente. Todo Brasil se contiene en ese rectángulo verde, en el rombito amarillo, en el globo azul en el que no lee bien qué dice. Todo está allí adentro.

Tampoco sabe los nombres de las constelaciones, si acaso recuerda algunos, pero jamás podría asociarlos con las estrellas correspondientes. En todo caso, ve muy pocas. Lucecitas que parpadean detrás de algunos jirones de nube, de vez en cuando. La luna llena, lechosa e imponente. Los camiones estacionados en el lote de enfrente. Voces de gatos errantes a las dos de la mañana. La sensación de estarse perdiendo algo importante que sucede en ese momento.

En cierta ocasión oyó a su mamá pronunciar el nombre del padre hace mucho perdido, cuando le contaba algo a una vecina. Pero no lo recuerda bien. Pensar en su papá, cuya cara se borra como las letras pintadas en la pared de la pulpería y los afiches de Coca-Cola ya amarillos, lo hace pensar en árboles. En árboles cualquiera. No sabe por qué. Mangos. Eucalipto, en La Sabana. Pero la última vez que fue a La Sabana fue cuando tenía diez años y no recuerda bien. Los koalas se alimentan de eucalipto. Pero no recuerda tampoco cómo luce un koala.

Hace más frío del normal esta noche. Aire de diciembre. Las luces navideñas que cuelgan del borde del techo de la casa al otro lado de la calle. Los renos que mueven la cabeza en el jardín de los vecinos.

Todo lo que está al otro lado. Sus manos se sienten ajenas sobre sus hombros. Como si alguien más estuviera allí.

Cipreses verdes,

Un gato gris maúlla;

El poder creer.

Luces que no se apagan

Dame la mano debajo del asiento, cuando vayamos a la par en un bus, para que nadie vea.

Llevame a algún lado hoy en noche. Donde haya música y haya gente viva y joven. Cantemos.

Pensar que podría meter todo acá sería absurdo. Y debería abstenerme de intentarlo. Por tu bien y por el mío. Todo lo que pudo haber sido dicho ya fue dicho. Pero perforado por la música y removido desde adentro, escribo por inercia, sin plan ni programa, sin gusto ni tacto, sin idea de por qué alguien querría leer esto. Al rato ni vos.

Viviré ayer, viví hoy, vivo mañana. Así que no, perdón, pero no puedo vivir de ningún recuerdo porque nunca han empezado a serlo, nunca he dejado de vivirlos, nunca he dejado de estar allá, nunca voy a dejar de estarlo.

Porque estuve a la par tuya desde mucho antes de conocerte y lo voy a estar cuando ya no me hablés, me pasés a la par en la calle y no me reconozcás.

Sé que yo no calzo ya. Sé que por mi propia culpa todo cuanto pudo haber sido y todo el arrepentimiento, y toda la duda, y todo el placer, y todo el deseo, todo fue sepultado, todo fue barrido, todo fue anulado. Lo que queda son restos y sobros. Y te merecés más que eso. Siempre te has merecido más que eso. Me gustaría meter palabras pretenciosas acá, para distanciarme un poquito más, para cubrirme en una posición segura. Pero vos sabés que cuando me altero, me da por hablar así, y no ocupo palabras muy elevadas, me bloqueo, te empiezo a explicar cosas que leí y que ninguna relación tienen con lo que estás pensando, ni entendés, ni te importa, pero me sonreís como para aclararme que sí entendiste y que sí estoy siguiendo una línea coherente. No lo estoy haciendo. Nunca lo he hecho.

Llevame adonde sea, no me importa, no me importa.

¿Adónde querés ir? Adonde querás llevarme.

Y si un bus de dos pisos choca contra nosotros, morir a la par tuya sería una manera tan gloriosa de morirse; y si un camión de diez toneladas nos mata a los dos, bueno, el placer y el privilegio son míos.

Siempre me he robado letras de canciones, poemas, te he hablado de películas, te he hablado de libros, te he hablado de ideas, te he hablado de proyectos, ¿te he hablado de mí? ¿Te he contado que por dentro, allá, muy adentro, no tengo nada? Porque nunca he tenido nada, y lo más cerca que estuve de llenarme de algo fue cuando casi estuve lleno de vos.

Dame la mano entre las piernas, cuando vamos a la par en un bus, para que nadie vea. Llevame a mi casa hoy en la noche. Dejame con un beso, uno pequeño cuando no esté pasando ningún carro para que nadie vea. Dame la mano por demasiado tiempo, frente a los demás. Caminemos un poquito atrás del resto para decirnos que nos queremos. Despertame a las siete de la mañana para decirme que estás conmigo. Reíte cuando no sepamos qué decir. Peiname en el baño. Enojate conmigo cuando no puedo comer con vos. Llorá de felicidad cuando te abrace. Extrañame por no verme un fin de semana. Poneme atención aunque no tengás idea de qué estoy diciendo. Mintamos, digamos que tenemos algún deber, algo que hacer, para irnos a sentar a la par, para estar cerca un ratito más. Dame la mano en un taxi y quedate demasiado tiempo viéndome desde la ventana del bus. No comamos por estar abrazados, en silencio.

Dejame dedicarte canciones que no entiendo. Dejame hacerte ver películas aburridas. Dejame hablarte de todo lo que no ha pasado, porque si te hablo de lo que ya pasó, me daría cuenta de que nunca ha amanecido, nunca ha anochecido, y solo he estado ahí, extendido en una tarde interminable, antes de que hiciera demasiado frío, el zacate se viera cómodo, no hubiera nadie alrededor, me dieras la mano, me dejaras poner la cabeza (mi cabezota) en tu pecho y decirte que nunca en toda mi vida he estado más feliz, que nunca voy a estarlo.

Cuando me pasés a la par en la calle y no me reconozcás, es probable que yo lo haga. No te estoy diciendo que me hayás querido menos. Te estoy diciendo que te quiero demasiado.

En todo caso, ya sé cómo te vas a ver cuando seás viejo. Aún no te va a gustar el reggae. Nunca van a haber suficientes limones en el mundo para vos. Y yo nunca voy a dejar de extrañarte.

Tenés una forma particular de decir “Fer”. Decime así. Alguna tarde de éstas.

La carretera abandonada

Cuando acaba el asfalto, el polvo se eleva hasta la altura de la cintura. Agujeros en el suelo, piedras gigantescas, barro en los bordes de la calle y donde se han formado charcos con las últimas lluvias. Él camina bajo la intensa lluvia, con el barro hasta las rodillas. El agua se ha metido dentro de sus botas de hule negras, y se filtra por su capa también, empapando su pecho y su espalda. La sofocante humedad lo derrota.

Se detiene un momento y apoya la mano sobre una estaca de madera, parte de una cerca. Pero ciego por la lluvia, coloca la palma de la mano justo sobre el alambre de púas y se corta. La sangre se lava en cuanto brota de su piel. La mira. No duele ni siquiera.

La montaña aparece tras la niebla, como una mancha azul, una masa indefinida. Dos perros se persiguen allá lejos. Pareciera que la lluvia fuera amarilla, por el color que toman los charcos en el suelo. Siente asco y vomita. No puede seguir andando.

Un barranco. Árboles que se hunden, deslizándose en la tierra lavada por los aguaceros. Troncos caídos en la corriente del río, formando una alta barrera a su izquierda. Cruza un puente de madera podrida. Se detiene de nuevo bajo un árbol medio caído, cuyo frondoso follaje lo cubre, al menos un poco. La mano aparece bañada en sangre.

Un sonido, como un rugido, le llama la atención. Sigue caminando. Debe ser el motor de un auto. Escucha atentamente. Es un camión que se acerca, está seguro.

Las ballenas

Nunca he visto una ballena. Es decir, con mis propios ojos. Las he visto en documentales, en anuncios inclusive, pero no una real, una en vivo. Dicen que son monstruosas, gigantescas, más grandes que cualquier animal que jamás haya visto en tierra, mucho más. No lo sé. Con frecuencia me he detenido a pensar en le tamaño que tendrán sus corazones… Dicen que cuando uno cierra la mano en un puño, el tamaño de éste es el del corazón… ¿Y el de una ballena?

Ahora tengo treinta años. La primera vez que vi una ilustración de una ballena debió ser hace unos veinte o veinticinco. Quizás antes, en alguna ilustración de mis libros para colorear; sin embargo, no me causó el dibujo la impresión que sí lo tuvo una fotografía que me encontré tirada en una vieja biblioteca cuando tenía once años. Era la casa de un familiar lejano, cuyos estantes y armarios rebosaban de libros que él ya no recordaba haber leído. Me dejaron andar libre entre las habitaciones polvorientas, manosear cada objeto, y ojear las páginas amarillentas que caían de todas partes como si de trozos de la casa se tratara. Tenía esa sensación, precisamente: la casa se iba a derrumbar ese día, sepultaría todo su contenido, incluido el viejo, y yo sería el último explorador en fascinarme con sus recónditos tesoros. Era mi deber excavar, romper, atravesar, quebrar, y lo hice con placer absoluto. Entre las ruinas, fragmentos de fotografías arrancadas de revistas y libros viejos componían un mosaico que abarcaba todo el mundo, todo el universo: un árbol, un gato, una constelación, un icono ruso, una ilustración medieval, una mujer leyendo, y una ballena. Azul, gigantesca, la mitad de su cuerpo oculto en la penumbra del océano y sus ojos invisibles evitando mi mirada, el ataque frontal de mi curiosidad implacable.

Me quedé sin aliento entonces. Yo recuerdo. Vibra en mí esa imagen. Por muchos años la busqué en millares de libros con la infantil fantasía de que era la primera imagen jamás tomada de una ballena. Esto era imposible, pues era a color, bajo el mar, y muy nítida, pero me hice esa ilusión, y con esas señas, la busqué en todas partes. Sin embargo, desde el principio, tuve una reserva: no podía buscarla en el mar, o en un acuario. Tenía miedo. Me sobrecogería la emoción. Me abrumaría su fuerza y yo me desvanecería, me empequeñecería hasta ser imperceptible.

Mamá una vez me llevó al mar, una sola vez. Ya papá había muerto y los contornos de su cara se empezaban a diluir con los colores del paisaje a ambos lados de la carretera. Nos detuvimos en un pueblito en las montañas a la mitad del camino hacia la playa, y tomamos una taza de café sentados bajo la sombra de un árbol en el parque local. No nos dijimos una sola palabra. Pero, si tuviera que elegir un momento en el que he sido verdadera, sinceramente feliz con mi madre, fue éste, aislado, una imagen suspendida entre dos masas de negro olvido, en las que deposité toda la tristeza y la duda que me llenaban. Porque no había nada más dentro de mí. Solamente una pregunta y una certeza, certeza de estar solo. Y la pregunta de cuándo terminaría todo esto; no mi presente de entonces, mi pasado, sino todo, ayer, hoy y mañana, y pasado mañana también, cuándo acabaría ardiendo como llanos en el horizonte. Sin embargo, en aquel momento no teníamos, ella y yo, más que la certeza del sabor del café, del aroma de las flores desparramadas en el suelo, y de nuestra proximidad. Una luz íntima proyectada sobre el entramado de las ramas de los árboles nos unía como nunca antes ningún abrazo ni caricia. En ese instante, sentí por primera vez que quizás -no, estaba seguro- mi madre me amaba con sinceridad y sin compromiso. Todo duró muy poco, porque me pregunté si ella sentiría lo mismo proviniendo de mí, un amor desinteresado y voluntario. La duda sepultó una isla luminosa.

Recuerdo que ese viaje duró unos cuatro o cinco días. Dormíamos en un camarote en un hotel humilde, cuyas paredes olían a sal marina y a coco (especialmente en la cocina). Hablábamos solo lo necesario, sin aburrirnos. Caminábamos por la playa, por los senderos a través del bosque que adornaba la cima de las colinas circundantes y por el minúsculo poblado cercano. Todas sus casas estaban hechas  de madera. Todos cuantos allí vivían olían a mar. Me deslizaba entre las faldas de ancianas para acercarme lo más posible a los frutos que yo no conocía y que veía en el mercado. Mamá me dejaba andar por donde quisiera, sabía que volvería a ella. De noche, ella fumaba sentada en una mecedora que rechinaba cuando ella se movía hacia atrás. Yo bebía Coca-Cola helada, sentado en las gradas que bajaban a la playa. Sin que mamá me viera descendía un escalón a la vez, hasta llegar a tocar la arena con los dedos de los pies. Luego tomaba un puñado de arena y lo dejaba escurrirse entre mis dedos. Si la miraba, ella sonreía pero volvía la cara de inmediato.

Las estrellas y la luna brillan igual que cuando estuve con mamá en este mismo lugar. El hotel ya no existe, pero debió ser por aquí cerca. Oigo las olas reventarse contra las piedras de la costa, sin verlas claramente, tal es la oscuridad. No hay una sola nube en el horizonte. Podría penetrar en el mar en una lancha y la luna guiaría mi ruta toda la noche. No sabría adónde ir. Ése sería el problema. Estoy tranquilo. La duda y la tristeza se han ido. Se supone que uno retiene un poco de cada una durante toda la vida, pero yo no, las he suprimido definitivamente, y eso me ha hecho una persona (no más un hombre, o un habitante de tal o cual país, o un periodista, o tal categoría, sino solo persona), y una que es cristalina sin reflejar luz, solo la de la luna, sin refractarla tampoco, sin absorber ningún color, ni bloquear ninguno.

Sentado en la arena, regreso a un estado primitivo, mudo, sordo, sin tacto, sin gusto, pero no ciego, nunca ciego. Sigo buscando a una ballena en el mar. Cada vez que oigo una ola formarse, avanzar y reventar, me pregunto si serían las aletas de una ballena las que agitaron la superficie del agua. O si, desde el fondo, se agita y se sacude provocando remolinos que ascienden en forma de espuma, o en forma del oleaje que bate la mansa manta azul y eterna de mar que veo frente a mí, tendida, ofrecida, sin dueño.

Yo era un niño perdido en la playa de noche, había que temer por mí. Mamá corría por la arena apuntando con su linterna en todas direcciones. Gritaba mi nombre pero el estruendo del mar lo ahogaba a los pocos metros. El dueño del hotel venía detrás de ella, con una lámpara de aceite. Ambos se veían tan pequeños desde arriba, desde la colina. Yo veía al mar hincado entre los matorrales. No tenía la fuerza para gritarles y aplacar su desesperación. Durante largo rato, los vi ir y venir con sus luces amarillas.

Hoy, el silencio, las estrellas, el canto de las ballenas, la silueta de las rocas y la aspereza de la arena me devuelven a un estado primigenio, anterior a toda humanidad, a toda artificialidad. Solo en el mar. No hay límite entre la tierra y el agua, todo el espacio único e inacabable de la voluntad humana. Puedo caminar. Puedo nadar.

Bajé corriendo hacia mamá, mi cara bañada en lágrimas, mis sollozos confundidos con sus gritos de alegría. Su largo cabello caía sobre mi espalda desnuda. Mi cara apretada contra su pecho: podía oír el imparable latir de su corazón. Pensé que había oído una ballena, le dije, por eso corrí hasta la cima de la colina, para otear en el horizonte, esperando encontrar al animal mítico que era capaz de emitir un canto de tan sobrecogedora belleza. Y ella me dijo “Eso es imposible”, y con ello borró en un instante todo en lo que mi alma había reposado hasta entonces, la posibilidad de ver y oír y tocar a una ballena, nadar junto a ella y sumergirme en la calidez de lo ignoto.

Dicen que el fondo del mar es tan helado que moriría de inmediato, si la presión no me matara antes. Quisiera saberlo por mi propia cuenta. En este estado anterior al tiempo, que es la más grande herida que el ser humano le ha inflingido al universo (encajonarlo en las paredes de una medida inexistente), en esta abertura, grieta en el tejido de la vida en la cual he concentrado todo lo que soy y todo lo que puedo llegar a ser, yo veo. Yo puedo ver. Y a través de mi mirada creo y destruyo lo que quiera. Todo lo que he imaginado se alza en medio del mar como una columna multiforme en constante movimiento, alrededor de cuya base nadan siete ballenas azules de tamaño incalculable. La visión de lo masivo que es el universo, contenido en esa visión bajo la bóveda de las estrellas, me sofoca, me derrota. La certeza de la infinidad de mi deseo, mi deseo que puedo formarlo todo y cancelarlo todo es lo que me mantiene asido a la materialidad del mundo. La duda me retiene en el límite entre la desintegración y la solidez. Dudo si veré o no a una ballena. La posibilidad de hacerlo es lo que me da fuerza, la posibilidad de ver, con mis propios ojos, la inmensidad de lo que hay y lo que es. En la duda permanezco suspendido frágilmente. Este momento no tiene, no puede tener, un fin.

Grabación de la mirada

Su cara aparece y desaparece tras las cortinillas rojas de la sección contigua. Lo puedo ver cada vez que se echa para atrás, como tomando aliento en medio de su escandalosa conversación con alguna mujer gritona, un amigo de voz insoportablemente femenina y dos o tres personas más. Cada fracción de segundo que puedo verlo congelo la imagen: la devuelvo, como un video casero, y la adelanto, devuelvo y adelanto, descompongo sus movimientos en otros más sutiles y pequeños aún.

Se echó para atrás, estiró su espalda, sonrió a un chiste dirigido hacia él, miró hacia mí sin verme realmente, y bostezó ligeramente. Retrocedo mi memoria: su cuerpo entero se balanceó hacia atrás, cada músculo en su espalda relajándose de una prolongada expansión, su camisa se contrae en una multitud de arrugas de la tela, su cuello rota hacia la derecha y hacia la izquierda, su mirada choca con la pared roja y al otro lado con mi cara absorta en su contemplación, sus labios se abren con levedad, como por accidente, muestra dientes perfectamente blancos, emite una risa que reverbera en los acabados de lata y de oro en las paredes y muebles del local, la pared que separa los compartimientos del salón bloquea a mí su cuerpo entero cuando está inclinado sobre la mesa, consumido en la conversación, y sólo sus piernas cuando se echa hacia atrás, y de nuevo, su boca se abre porque sí, y bosteza con lentitud, su mano se eleva escasos centímetros desde el respaldar hasta su boca y cubre su bostezo de quienes están en su proximidad, pero yo lo veo. Así descompongo sus acciones.

Así lo veo. Centímetro por centímetro. Su cara se torna borrosa debido al humo de cigarro que flota en el aire del lugar. Es un salón, un bar a medias, un restaurante a medias, donde el licor es caro y la comida es servida en porciones diminutas, y donde las conversaciones más dispares se sostienen en pequeñas salitas separadas por angostas paredes tapizadas de escarlata y oro. Velas aromáticas, incienso y flores quieren fabricar un exotismo que es el kitsch más vacío y opresivo. Solo quiero levantarme e irme. Dejarlos a todos atrás -sus voces construyen la música más banal y repetitiva que he escuchado, sus gestos son los más vulgares y calcados de películas, series de T.V., caricaturas, no sé qué más. Me percato de que no sé qué leen, no sé si leen; no sé qué películas preferirán, o si solo verán objetos y personas en pantallas gigantes. No sé nada sobre ellos.

Lo veo de nuevo. Su cara es muy masculina, sus facciones muy marcadas. Una sombra de barba a la mitad del día hace resaltar más aún sus pómulos y sus labios, que apenas veo definidos desde acá. Parpadea dos veces cada cinco segundos. Tiene una costumbre: rascarse muy suavemente el lado izquierdo de su cuello, el que no puedo ver, con la mano derecha, pronto se convierte en una caricia que parece saborear el contacto de su piel, que debe ser suave. Yo debería ser capaz de tocarla. Y lo soy. Mi mano se desliza sobre la mesa y puedo sentir la frialdad de la madera y su inexorable solidez. Por más pequeñas que sean las partículas en las que disuelva con mi puño los tablones marrones, siempre serán sólidas y no podré desintegrarlas.

La mano acelera unos cuantos metros por segundo y se posa sobra el hombro de la compañera. Lo que podría ser causa de un quiebre, una ruptura en el tejido que se tiende como un puente muy ligero entre su figura y la mía se revela a justo tiempo como una confusión de significado, si bien no una ilusión óptica que lo hubiera echado todo por tierra. Posó su mano sobre ella con cariño pero ellos no son amantes, solo amigos. Porque retira la mano pronto. Eso quiere decir que aún, tal vez, él me podrá ver a mí. A mí. Su cara mira en un ángulo de 45º hacia un interlocutor para mí invisible. Esto quiere decir que es probable que haya notado mi mirada inquisitiva y el nerviosismo con el que tiemblan mis labios húmedos de vodka. Si dobla la cabeza un poco más…

Y por un segundo, me mira fijamente como si se percatara de mi existencia en ese mismo instante y de pronto fuera yo como una justificación, un centro de la imagen plena que tiene él formada en su mente de este lugar, estas múltiples paredes cruzadas, de decoración abrumadora. Se extienden líneas blancas, tan finas que ni sus ojos ni los de nadie más pueden detectar. Los míos tampoco, pero como conozco de su existencia, mi imaginación se las figura como hilos blancos y vibrantes. Y son líneas que atan dos miradas en lados contrarios. Cuando él mira hacia su derecha, yo veo hacia mi izquierda. No veo más que a él.

Retrocedo. Su cuello ha pasado de 45º a unos 15º, en mi favor, en mi dirección y sus músculos se han tensado, retorcido de modo que su suave piel se estira sobre el cuello de la camisa azul. El azul se ve mucho más claro bajo la luz central que cuelga sobre su mesa que en la penumbra de los extremos alrededor de la mesa circular. Congelo este momento y unos minutos después lo resucito para explicarme su aparición.

Adelanto. Su mirada ha regresado a mí. De algún modo he de haber llamado su atención, capturado las líneas del pensamiento conformadas por la percepción y la conciencia del otro, del ambiente, del espacio, que se han configurado como líneas rectas en mi dirección; su punto inicial está en sus ojos y al final, las líneas desembocan en mis facciones regulares y pierden su geometría, se quiebran, estallan y se reparten sobre toda mi cara inmóvil.

En el medio, ha sucedido el silencio. Ha pasado el silencio. No es una pausa en los acontecimientos, es un evento en sí. No se trata de una depresión en la geografía de la conversación, sino de un pico imposiblemente alto y empinado, una barrera antinatural que marca periodos históricos de la erosión de las palabras.

Adelanto de nuevo, más allá de la marca establecida por el retorno de su mirada. Su cuerpo adquiere una nueva postura bajo la media luz de la mesa. No es totalmente encorvada como antes, sino que el peso de su cuerpo de balancea ahora en el borde de la silla, sus piernas tensas como listas para levantarse. Sin embargo, esto no lo veo, sino que me lo figuro. Y como no he visto sus piernas ni sus músculos inferiores, ni veo ni siquiera el borde de la silla, logro componer esta imagen mediante la recombinación de fragmentos específicos de la mirada grabada, complementados con rellenos fabricados por mi imaginación atizada por la atmósfera del lugar y el aburrimiento.

Ha de haberse levantado en un momento en el cual me vi forzado a participar de nuevo en la conversación general. Retrocedo en el tiempo de mirada y ningún mínimo indicio de verlo levantarse. No sé cuándo sucedió, por tanto. Sé que ocurrió porque la sombra que proyectaba sobre el asiento ha desaparecido, y se han fusionado las dos masas de luz que su cuerpo partía en dos, es decir, que la luz de la lámpara central ilumina por completo el espacio que a él le corresponde. Se levantó, por tanto, y sus músculos inferiores sí estaban en el estado de tensión previo al ejercicio.

Vigilo y dirijo la dirección y precisión de mi mirada ahora. La atención es completa. Los espacios sombreados por los cuerpos de las mujeres que lo flanqueaban han desaparecido y la luz se ha apoderado del espacio que en principio le pertenecía. Se han levantado los tres sujetos cuya corporeidad mi vista corroboraba. Las voces que rebotaban en las paredes y llegaban hasta mí con turbios tonos y contenidos se han disminuido. El grupo se ha ido.

Me levanto con discreción. Me excuso. Camino hacia la salida de la sala que ellos ocupaban como si me dirigiera hacia el baño. Él está allí de espaldas. Se vuelve. Se vuelve. Un cuerpo extraño se coloca en la dirección de su mirada. Nos bloquea. Impide el contacto. No me vio. Ella se quita. Él está de espaldas de nuevo. Camina. Se van, sin remedio, no podría detenerlos de ningún modo. Cuando al fin he tenido la oportunidad de completar el cuadro que me había formado de su aspecto ésta se ha escapado por la acción de un segundo, la decisión de dar un paso al frente y romper los hilos de la conciencia de manera irrevocable.

Sin embargo, no me desaliento. En mirada conservo suficientes grabaciones de fracciones de segundo durante las cuales poseí su imagen interrumpida, y con estas partículas de la visión puedo recomponer una imagen entera del aspecto de este hombre. Mañana podré explorar en mi memoria y sacar a flote esa imagen sumergida en la oscuridad y el humo, y contrastarla con las miradas de los que pasen a mi lado. Y la próxima semana, en que es probable que salga de nuevo a algún bar, lo voy a buscar, hasta el día inevitable en el cual al fin la mirada adquiera el poder suficiente para atraerlo hacia el contacto definitivo. Lo que ocurra en adelante, no puedo verlo, porque aún no he visto suficiente.