Diente de león

Siento que todos los días me despierto en un continente distinto. El aire, a veces, sabe a sal. En otras ocasiones, siento que me envuelve una fina película de dulce, de miel derramada. Abejas minúsculas pasaron toda la noche regando la miel sobre mis brazos. Mis labios saben a cobre.

Me siento con las piernas cruzadas en medio del polvo. Todo se transforma; en todas las direcciones se disparan piedrecitas minúsculas que despedazan telarañas, revientan ondas en el agua, agujerean panales.

Me siento con las piernas cruzadas sobre un lago. La humedad se pega en las orillas, se desparrama sobre la tierra como una telilla incómoda, pegajosa, de plantitas minúsculas y palpitantes. La luz se desintegra y se convierte en laureles, en montones de zacate rodeados por pilas de basura. Luego empieza a crecer mi pecho y se infla hasta absorber remolinos enteros, piedras volcánicas.

El cuerpo es eléctrico. La espina es acuática. Las piernas son metálicas.

Un diente de león en una colina. Inclinado sobre la corriente de agua. Al costado del lago. En la orilla del mar. Al borde del continente. Hojas sin tiempo. Un diente de león desgajado y suspendido en el líquido amniótico, o el vientre de una ballena, o el interior de un cuarzo.

Un diente de león conservado en ámbar. Quieto, extendido, diminuto.

La garganta se siente como el interior de un tronco. Millones de tubitos invisibles transportan sangre de la raíz al cerebro, que se descompone con cada bocanada de aire. Me oxido.

Hago combustión como una estrella infinitesimalmente pequeña que se inmola para que, en algún punto no cartografiado del universo, un niño pequeño se siente con las piernas cruzadas en su balcón y admire las llamaradas convertidas en un punto sin edad.

Sur/Este

Roberth Motherwell, Chi Ama, Crede, óleo, 1962

Ella apoya la frente en el dorso de la mano, sobre un vidrio sucio. Se corre el pelo para ver hacia abajo. Es el segundo piso de Quizno’s, ve hacia abajo y todo es entrechocar de cosas, abrir y cerrar de paraguas con huecos y varillas sueltas, plumas de palomas pegadas en el suelo de los zapatos. Se acercan las montañas unas a otras, se cierra el Valle Central entero sobre sí mismo como una dormilona en la palma de la mano. Mordisquea las papas para que no se acaben nunca, es lo único que hacen ahí que de verdad le gusta. Pero tienen segundo piso.

La voluntad desciende como un planeador sobre la mañana. San José debería ser una bomba, un corazón, no una yugular enorme, un caño masivo y mal pintado. El contacto con el vidrio la despierta. Baja pies del asiento de adelante, se mira las uñas, arruga el papel en que venía envuelto el sandwich, lo tira al basurero y falla. Se levanta con cuidado para que nadie la vea, pero no hay nadie, está sola, sola, solo una pareja al fondo, un chico con el pelo demasiado lacio frente a ella, sumergido en su música, la mirada perdida. Trata de leer sin conseguir ni una página de concentración.

Hay un pueblo cerca de Siquirres que no tiene nombre. Que no debería ni siquiera ser un pueblo, sino un accidente. Una colección de casas entre dos fincas bananeras. Hay una escuela, con una sola aula, por supuesto, que se inunda en cada temporada de lluvia, que nunca ha tenido un baño que sirva. Alrededor huele a gasolina, a leña húmeda, a perro mojado. Ella está ahí con los brazos extendidos entre una lata de zinc tirada de cualquier forma sobre un limonero y una piedra enorme. Remolinos en el río. Se tiñe poco a poco de noche, se llevan los mosquitos lo último de rosado del día.

Cliff Jump Love Song

Este es un país de viejas necias. No, no volvás a ver. Dejalos que se peleen con el chofer del bus por llevar la puerta cerrada, que lo culpen de su propia estupidez. Así es todos los días, a las siete de la mañana porque llegan tarde al trabajo, a las doce porque tienen que ir a hacer mandados, a las cinco porque ya no aguantan las piernas ni el dolor de cabeza. Dejalos toquetearse en el último asiento, dejá que suene el ringtone de Stereo Love y que cierren las ventanas para ahogarnos todos en un único, pesado, crudo aliento. Bajémonos en esta.

Te voy a ir dejar hasta tu casa porque me gusta ver las barandas en las casas de enfrente, las de al lado. Me gustan los edificios de por ahí, me encantaría ver que medio San José luce como barrio Luján, solo que bien cuidado, solo que en cada esquina la misma panadería, no, tenés razón, dejarían de hornear tan bien. Pasá primero. ¿Me puedo llevar mis libros, aprovechando…? ¿No? Bueno. Hacés el máximo esfuerzo por no sentarte, para que a mí no se me ocurra quedarme, yo sé, perdoname, entendeme. Te asomás por la ventana como esperando que si para un taxi yo salga corriendo a subirme y perderme para siempre y después de eso también. Enfrentémoslo: vivimos en un pueblito y nos vamos a volver a ver en la calle, te vas a topar conmigo, te vas a encontrar con mi cara de estúpido en una mesita del Pub Rock o en la calle frente al Mora, cruzando un día, fumando otro en las paradas de Alajuela. Imaginate las posibilidades: son infinitas. Brota una de las ramas de la otra.

Te quitás la chaqueta y te resignás a que me quede a hacerte grandes preguntas. Me traés de tu cuarto, del que cerrás la puerta, mis dos libros, mi faja y un cuaderno que había dejado. Los ponés encima de la mesa de la cocina. Hasta en la luz amarillenta del bombillo viejo se te ven así los ojos. Te servís un vaso de gin, me ves, ves por la ventana de la cocina, su marquito de madera, sus cortinillas blancas. Las chicas que pasean los perros de noche, el borracho que piropea a todas las morenas cuando pasan cerca de los carros que cuida, la fila que se sale de la puerta de la panadería para agarrar de la última tanda de bollos, baguettes y cangrejos. Se oye el pito del tren y te da la excusa para cerrar los ojos.

Bostezo hasta que se me sale una lágrima. La pesadez me va lavando la voluntad. Oíme, no vos, sino el cansancio, oíme bien. Ya no quiero pelear. Hasta con esa camisa se te ve el pecho. Me gustaría dormirme ahí hoy. Exhibicionista.

Lo que me da pereza de irme es esperar el bus, porque frente al Liceo es muy oscuro y no quiero que me asalten. Qué digo, quién querría eso. Ah, puta, tu vecina nunca superó a Marc Anthony. Dejala que eso pase, dejala que no entienda ni la letra de una canción de amor o que la malinterprete, nos pasa a todos. Se mueve tan lento todo, se me ocurre tan poquito que decirte ahora. Al menos nada importante, qué aburrido me he vuelto.

Inclinación

Unas risas en el lado oscuro de la calle. Una chica ajusta la faja de sus sandalias, se balancea para que no se le caiga el cigarrillo. Alberto se acerca por detrás a Mariana, que ha acabado de fumar. La música del bar retumba, un rugido apagado tras las ventanas bañadas de sudor y aliento. Un jardín al lado del edificio, con un sendero de ladrillos rotos. Mariana se deja rodear por el brazo de Alberto. Hace calor afuera, es una noche pesada.

Alberto le dice que se vayan juntos. No se han visto en ocho meses. El aire enrarecido de cerca de la barra distrajo a Mariana; el ruido no le permitió escuchar las primeras palabras que él le dirigía en tanto tiempo. Asintió a todo, sin embargo, dejándose rodar cuesta abajo. Escupiendo de camino. Cerrando los ojos. Se deja abrazar, llevar en un taxi que acelera por las calles desoladas, inundadas de noche, de latas y circundadas por árboles que proyectan sombras inmensas. Sombras sobre sombras. Borrones de luz se arrastran hasta las ventanas del auto.

Alberto desliza la mano sobre la cartera de cuero de ella. Alcanza a rozar su pierna desnuda. El taxista tose y dobla hacia Tibás. La luna enorme, como pocas veces, un inmenso disco amarillo – Alberto toca su pierna sin remilgos, la acaricia. La desea. Un cuerpo delicadísimo. El pelo rojo, manchado de cobre y de madera. La pierna extremadamente delgada, la contextura endeble. Un color casi mortecino en los labios. Saben a J&B, todo sabe a J&B. Alberto le muerde el cuello, busca dentro de ella con la mano, explora, tantea.

Como un animal sediento.

Lame.

Bebe.

Exprime.

Se acelera el silencio, pesado, una masa informe que burbujea entre los pasillos y se desborda por el balcón, entre las rejas negras. Refleja todas las estrellas, que son más bien pocas. Una noche calurosa por la humedad.

Mariana rebota hacia la superficie, salta como desde un abismo, sin poder agarrarse del borde. Se ve a sí misma como un pájaro arrojado con desprecio sobre las ramas de un ciprés, en una montaña sumergida en la neblina.

Avispas

Pasé por el diminuto café por accidente. Me confundí después de salir del trabajo, quizás distraído luchando por soltarme la corbata, y terminé varias cuadras más arriba de lo esperado. Ahora me quedaba un par de horas libres antes de la clase y no tenía ni hambre, siquiera. Tomé una silla cualquiera y me puse a leer unas páginas de Jorge Amado. El bochorno me angustiaba, pero confiaba (estúpidamente) en que el café me despejara la mente. El iPod se quedó sin batería y murieron Herman’s Hermits. No iba bien el viernes.

No vendían un buen café; al menos no se trataba del petróleo grosero de la tienda de al lado. A las tres de la tarde, toda la universidad parecía correr a mi alrededor, consiguiendo escuetos pastelillos y tés aburridos. Por supuesto, abundante cafeína. Me adormecí unos minutos sin soltar nunca el libro. En la noche abriría la página en la que quedé y me encontraría totalmente perdido, como si fuera otra novela.

Entró al café un chico que en algún pasillo de la universidad había conocido. Tenía una pregunta simple, digamos administrativa, y mi respuesta llena de florituras le llamó la atención. Lo saludé una vez más a lo lejos y por meses no lo vi más. Se llamaba Andrés. Un muchacho regular, realmente. Labios breves y ojos llenos de un absoluto desconcierto. Como si le sorprendiera todo lo que veía, o lo confundiera.

Salió con una taza de chocolate frío y sin preguntar, se sentó frente a mí. Volví a ver a mi alrededor y comprobé que todas las mesas estaban llenas. Unos idiotas gritaban sobre cerveza detrás de nosotros. Traía un bolso de cuero muy gastado y una camisa clara, aparte de todo el aire apesumbrado de una clase destructiva en las próximas horas. Me equivoqué: parecía sonreír. Me preguntó por mis clases, por cómo iba en lo que hacía. No tenía noticias demasiado alentadoras así que me esforzaba por desviar el tema. Por otra parte, quería divertirlo, que se quedara un rato, sin intención alguna más que matar el tiempo.

“Tal vez tengás que decidir”, comentó cuando le dije de mis múltiples empleos sin sentido, todos mal pagados. Era tan obvio que no podía menos que juzgarlo inocente. Algo tenía diferente. Le pregunté por su familia y no quería hablar del tema. Traté de evitar al máxima empezar a hablar del clima pero me estaba arrinconando. Él me preguntó, poco a poco, por mi carrera, mis cursos, mis libros. Qué hacía, adónde vivía. Yo obtenía respuestas en adivinanza; él, palabrería y chistes malos. Algo estaba fallando.

Me sentía en el peor momento de mi vida. Revuelto por dentro, destruido por fuera. No conseguía decidir nada, ni siquiera qué leer. De pronto me sugerían algo y aceptaba de inmediato. Me aburría en todas partes, me daba asco verme, bañarme, estar sucio. Le hablaba a la gente sin ganas y por compromiso. Jamás había querido estar tan lejos, aunque supiera que haría poca diferencia. Despreciaba todo lo que contenía mi cuerpo.

Había llegado al punto más bajo de la total indiferencia. Si todo se quemara a mi alrededor, no notaría nada; no habría elegido la vida, ni correr, ni quedarme tampoco, ni siquiera salvar a nadie. Simplemente ver el fuego.

Me hablaba de su barba. Era difícil que creciera y una casualidad que se viera bien, decía.

Lo vi fijamente unos instantes y luego seguí hablando, en automático, de cómo se tenían que hornear los muffins para que quedaran esponjosos. Es cuando uno se da cuenta de que no tiene dirección del todo. De todos modos, seguíamos conversando, pero yo me perdí. Los ojos de él no estaban llenos de desconcierto, ni mucho menos. Era la plenitud de la satisfacción.

– Helechos comidos por mariquitas. Él, en una montaña, muy lejos, quizás una colina, quizás el claro de un bosque. Sentado con las palmas abiertas sobre las piernas y los ojos muy abiertos; el pelo castaño revuelto. Sentado sobre una roca, o un tronco tan antiguo que se hubiera petrificado, sin otro contacto más que sus manos y sus piernas. Dientes de león. Manojos de moras -.

Se volvió y me contó de su perrita. Ya no quería saber nada, ni quería preguntarle más. Quería que hablara. Solamente que hablara como se debió hablar antes, mucho antes, frente a una fogata.

“Ella corre por todas partes cuando la dejo salir de la casa, no muy seguido. A veces ni la persigo. Es pequeñita, tiene los ojos saltones y la colilla, no deja de mover la colilla cuando sale al sol, porque le encanta rodar por todas partes. A mí me encantaría… Luego sube, corriendo, se mete detrás de los cipreses que hay por mi casa, corre y huele las naranjas, las mandarinas, los limones y las moras, se come algunas, otras las muerde y las tira. Me quedó atrás y me duermo… Un día, hace mucho tiempo, me desperté y vi que ella estaba jugando, como loca. Saltaba entre un montón de avispas, se movía como loca y estaba feliz”.

“¿Qué hubiera pasado si la picaba una avispa?”, le pregunté.

“No… no se trataba para nada de las avispas”, dijo, visiblemente decepcionado. Yo, que no había entendido nada, me quedé callado.

Lo acompañé hasta la línea del tren. Ahí se fue y yo me aburrí, más que nunca, en clases.

Semillas

Kenneth Noland: Límite de la tierra (1960)

Hicimos pasar por literatura una colección de ironías de autoría propia para entretenernos un rato. Para aprovechar las impudicias del mal llamado versolibrismo, compusimos ahí, uno frente a otro, en la mesa pulcra y vacía de cigarros (ahora, no como hace tres años), una decena de pedacitos de prosa muy adornada. La escribimos sobre las servilletas mojaditas de café en las esquinas y las reacomodamos para que, ahora sí, se vieran como poesía. Orgullosos uno del trabajo del otro, procedimos a leernos las piecitas en voz baja o a gritos, según reclamara el texto.

Confudidos un poco, satisfechos otro tanto, ciertamente repletos de cafeína. Nos quedamos viendo al cableado eléctrico, a y saltamos de cabeza dentro del domingo. Caños limpios, bicicletas brillantes, pájaros desprendiendo millones de hojas de árboles altísimos. Se le ocurrió buscar mi mano, que ya llevaba oculta entre los pliegues de mi abrigo. Pensé en la mano de un chiquito, empapada de sudor y fría al tacto. Pensé en los pies de un bebé balanceándose en el aire. Luego en la sensación de las plumas sobre el pechito de un pájaro herido, cálido.

Se desplegaban panoramas inmensos de paisajes diminutos. Una noche estrellada reflejada en un charco sucio en una esquina cerca de la Corte. Sentí su mano en mi nuca. Traía dos helados de palito, casi derretidos. Me sentía llevar por semáforos y bloques de cemento amarillos, celestes, blancos. Creía verlos deshacerse en polvo y convertirse en montañas muchos millones de años después. Algo se le había ocurrido decirme cuando salíamos del café, algo así como que quería sentirme más cerca todavía o que nos dejáramos de fronteras y de límites. Se mordía el labio. Sangraba microscópicas gotas de hierro.

Un placer incorpóreo se apoderaba de todo. Una sensación sin células nerviosas. Era irrelevante la poesía porque ya todo el mundo conoce todas las palabras. Ahora había que recoger las semillas desperdigadas sobre la superficie vasta y convexa de la roca gigantesca que empujamos cuesta arriba por todo el resto de la eternidad, hemos venido a llamarla mundo y según la religión preferida del poeta, ha sido también cuerpo.

La laguna sin orillas

Nos llevábamos a tu abuelo a la playa todos los años, aunque nos dijera que no tenía ganas. ¿Qué se iba a quedar haciendo en la casa de Alajuela? Si hasta le aburrían los pericos, los perros, de todo se cansaba rápido. Se acostaba a las siete todas las noches, se despertaba a las seis solo por costumbre, apenas por inercia, como sostenido por una voluntad que ya no era suya.

Sí, era un esfuerzo de años anteriores, un reflejo: levantarse, verse en el espejo, hacerse la barba (se tomaba su tiempo con la espuma porque sabía que no importaba), vestirse con camisas recién planchadas por mí, irse a dar una vuelta al barrio, como si quisiera caminar hasta el trabajo. Pero ya desde hacía quince años que no iba a la oficina. Él te quería, aunque no te lo dijera nunca. Te quería porque le recordabas a él mismo de joven.

Fueron como pequeñas, diminutas variaciones en un medidor que pudiera captar cuánta vida le queda a uno. No digamos vida, sino energía, impulso. Voluntad, tal vez, si es que se pudiera controlar. Se iba cayendo a pedacitos diminutos, microscópicas partículas de piel, de uñas, de pelo, que hoy forman el polvo en el aire que respiramos.

¿No es abrumador pensar que respiramos los cadáveres de cientos de miles de personas anteriores a nosotros? ¿No se te va el aire? Y saber que se desviaron hacia una alegría, vacía por demás, fuera de este mundo. Corrieron hasta la orilla de lo perceptible y allí se lanzaron sin dudarlo. Ahora inhalamos y exhalamos voluntades anteriores a la nuestra.

Así se iba tu abuelo hacia la playa. Como el que se va a cruzar la vida completa, partiendo a las ochenta y nueve años, regresando a los cinco. De cinco años no me lo imagino. O sí: en el porche de la casa, junto a la mecedora donde tu bisabuelo, figura incognoscible, estatua invisible, limpiaba una escopeta que despedazaba cuellos y cabezas de venados en los bosques detrás del patio de la casa. Le daba pereza regresar con nosotros todos los años a la casa en Parrita, porque no soportaba el calor, las horas eternas en el carro, los perros ladrando y la vecina loca que se dedicaba a asustar a sus gallinas para que nos llegaran a hacer bulla en la ventana del cuarto.

Todo lo que jamás quiso hacer desde que dejó de trabajar era volver ahí. No te confundás. Se sumergía en el mar hasta que dejábamos de verlo (eso creía). Pero yo no lo perdía de vista. Una figura blanca, empequeñecida, ahuecada por dentro. Un hombre casi invisible en una costa perfectamente vacía. Como si se hundiera en la arena entre más tiempo se dejara invadir de sol y de agua salada.

Un gran mar oculto. Imaginate así el mundo. Una capa finísima de agua que sobresale a veces entre las piedras y el zacate seco. Olas que han arrastrado la tierra desde abajo por cientos de millones de años, dede que todo empezó a girar, a romperse, a fusionarse. Si alguien pudiera sentir esa capa subterránea de agua, no querría hacer otra cosa que sentirla toda el tiempo bajo las plantas de los pies y dejarse arrastrar pedazo a pedazo por encima de un río de escombros que desde muchos antes de que existiera la memoria han estado apilándose uno sobre otro en la orilla de un acantilado altísimo en cuya cima descansara con las piernas cruzadas un hombre pequeñito, canoso, delgado, transparente.

Tu abuelo de cuclillas. Si una nube ocultaba la luna no encontraría el camino de vuelta. Yo lo hubiera ido a buscar. El cielo despejado, sin embargo. De cuclillas frente a una laguna pequeñita que se había formado en la marea alta. Una laguna sin orillas. El mar brotando sobre el mar. El tiempo desenvolviéndose por encima del tiempo.