Los materiales proféticos

El hombre tiene una única obsesión: admirar los patrones decorativos de las sombrillas desde arriba. La indiferencia es la peor amenaza para los filamentos que unen cada órgano, que conectan los ojos y las manos, los pies y los labios. Por ello, la mirada no castigante, no desde una torre, no superior, desde el segundo piso de una cafetería en el centro de San José. Una mirada expansiva, que no tiene límite en las esquinas ni las baldosas de los edificios viejos, ni en los rótulos de neón cagados por palomas. Suficiente luz hay para que no se apague.

El corazón se ha vuelto, también, abierto y estirado. El espacio del mundo, todo lo que hay en él, ha penetrado en un recodo del alma como un estampido, sin bulla ni advertencia alguna. El poeta solo es poeta cuando está en exilio. Antes es fotógrafo, registra los paisajes mejor que cualquier lente, se imprimen en él con colores que el rollo no podría fijar. Lo que carga las luces, bajo sus párpados, y las que brillan detrás de la cortina de lluvia, es la certeza de que ningún verso, ningún destello, va a servir de nada, toda poesía es inútil: pasa una mujer llorando, carga un paraguas de gatos, con un motivo rosado alrededor. A ella ¿qué le va a hacer una guirnalda de palabras, por más hermosas que sean?

Yo no sé. Yo solo sé de su nariz.

 

Gonzalo Martín-Calero

Todo se lo lleva el polvo. Es como un río, pero nadie puede verlo. Pasa por la Avenida Central, y del Mercado Borbón a Los Yoses. Después se dispersa, seguramente, allá hay más árboles, lo absorben las hojas tiernas, o se hunden en los caños, allá lejos no llenos a reventar de Trident masticados y de bolsitas arrugadas de confites. Qué largas son las horas de la existencia mía. No debe haber esperas más extensas que las que se desenvuelven como rollitos de tela sobre la mesa, suspendidas entre las manos relajadas, palmas sobre la madera, el dorso salpicado por una o dos gotitas de café o de rocío. Allí se detiene la historia. Muchas historias.

Contenerlo todo en un instante. Todas las montañas. Todas las lagunas. La lluvia en el pelo. Los paraguas de flores. La tela rota y empapada de los zapatos. El olor a cuero húmedo. Todo, todo. Desde el balcón, se ve a un muchacho, muy joven, las pestañas pesadas, el pelo alborotado: va a caminar desde alguna zapatería hasta el quiosco del banco, y luego va a desaparecer. Nunca va a saber que él, el hombre, desde arriba, por una casualidad que diríamos mística, lo vio, lo retendrá en su memoria para la eternidad. Cuando toda la belleza se desvanezca, porque todo, todo se gasta y se ensucia, lo va a conservar como una naranja en un campo abierto que brillara por luz propia, desnuda en el sol. Se va a inclinar sobre ella.

La voluntad de la eternidad lo va a transformar todo en una única plegaria remachada en sus bordes por el eco y por el reflejo de ventanas en los charcos. La puertas se unen sí a las ventanas, las rejas se convierten en borrones negros y los pájaros en comas en medio de sus frases.

Él se aleja. Él no ve a los ojos, nadie ve a los ojos. Nadie es profeta en su propia tierra. Nadie está completo y rebosante de vida hasta que no se encuentre tirado, con la boca reseca, en un desierto con arena de ámbar, cielo de añil y la voluntad de imaginarlo interminable para que la sed nunca sea colmada.

Nunca vas a dejar de tener sed. Nunca va a querer dejar de ver sombrillas por arriba y pensar en los gatos bordados en ellas, en las estrellas, en las flore inexistentes, en los colores chillones.

 

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Los peces de agosto

Estoy convencido de que hay elefantes dormidos entre los cipreses. Ningún otro animal puede respirar así. Escucho sus trompas deslizándose sobre el manto de hojas secas que recubre el suelo del parque. Me siento junto al arroyo, que huele a café tostado, a cereza, y lavo el barro de mis manos.

Las nubes pasan sobre mi cabeza y se depositan sobre las cumbres de las montañas. Hay un nido de nubes pregnantes de rocío allá arriba, en las colinas, junto a las antenas de radio y entre los arcillosos agujeros que se ven en la distancia. Sobre la superficie de estas esponjosas lagunas sobresalen las copas de árboles donde los pájaros eligen tejer sus propios, diminutos hogares.

Junto a los márgenes del río, más arriba, hay paredes anchas recubiertas de agua. El musgo brilla como jade bajo la corriente. Se sienten frescos los pies sumergidos, rozados por las aletas de pececitos plateados.

A la sombra de las columnas grises de los edificios de los alrededores, todo se recubre de una capa de colores oscuros que les da una sensación de aire, de suspensión del tiempo. Más allá de las cercas y el alambrado, se oyen pasos de estudiantes y automóviles pesados cruzando los puentes de lata y madera.

Helados mis brazos y mis piernas, me levanto para caminar de vuelta. El sol tímidamente calienta mi nuca. No reconozco, por un momento, ni las marcas en las cortezas de los árboles ni las flores inclinadas sobre la tierra, ni las rocas que bordean el sendero. Como si la lluvia ligera hubiera borrado mis huellas al tiempo que las marcaba.

Fragmentos de vida recogidos del suelo de la casa de la peluquera

El cabello largo y fino de Elena se desliza entre mis dedos mientras decido cómo proceder; ella quiere una pava, quiere mantenerlo largo, recto, que brille, que salte con ella al moverse. El filo de la tijera recorre el borde de su pelo y los brillos de la casa entera. La telenovela irrumpe con estrépito en el televisor pero no tengo fuerzas para cambiarla; si empiezo a buscar un canal con algo interesante, me distraigo, pierdo cinco minutos, retraso a Elena, me desconcentro y equivoco mis tácticas. Pero una mexicana gritando como loca sobre violaciones y muertes, mal augurio.Y mamá me dice que tiene las manos sucias, que le duelen las rodillas, no entiendo, la reviso, y no entiendo, la veo y no encuentro ni una mancha y ella está sentada pero le duelen de tanto caminar, así dice.

El golpeteo incesante de los pájaros sobre la ventana me espanta, me pone nerviosa. Hoy me siento frágil y dispersa, como disfrazada de cuerpo cuando en realidad soy aire y me escurro entre las estancias de la casa persiguiendo a Mayela, la que sí es yo, la que trabaja cortando pelo en un barrio del sur, la que no sabe qué hacer con montañas de cabello que cubren sus manos porque Elena nunca está contenta con lo que le hacen. Aquí y allá, otros cuerpos en los que reboto, en los que rebotan las voces, devuelven gritos, opiniones, silencios. tengo las manos sucias, me las quiero lavar Eso es lo peor, cuando lo único que se recibe como respuesta es la suave voltereta de un párpado, imperceptible, o la ligereza de las manos en un además de desprecio, o de aprobación, ¿cuándo se supone entonces que sirva el almuerzo? Un hijo corre lleno de barro, el otro de colonia, embarrado de crema para peinar, la usa de todas las formas en que le sugerí que no lo hiciera, se perforó el cuerpo en formas en que le pedí que no lo hiciera, mala madre me dijo Cristina y yo sin saber cómo responderle que no tengo idea de cómo se supone que es una buena, si la única que conozco es la nuestra

y mirala ahí en la esquina, vela. Decí, Cristina, decilo de nuevo. Mayela, me duelen las rodillas. Vela, ¿cómo querés que llegue yo a decirle a Sebastián que corrijo todo lo que dije antes, que se puede tatuar lo que le venga en gana, que se puede acostar con quien le venga en gana -pero que no lo haga en mi casa, cómo lavaría yo luego las sábanas, con qué cara olería yo su ropa antes de arrojarla dentro de la lavadora-. Tengo las manos sucias. ¿Qué decías, mamá? Que tengo las manos sucias. ¿Te las lavo? Tengo las manos sucias.

Y los helechos batiéndose como la cabellera de Elena, que ya empezó a hacer muecas de desaprobación, aunque le corté menos de lo que me pidió, hice menos y aún así me reclama por hacer demasiado, no puedo así, no puedo con todo esto y esta mujer, Bracamontes, contra la pared y William Levy que no sé cómo lo creen guapo y yo me sacudo los cabellos que caen sobre mis manos porque ya me pesan, me pesa todo esto, oigo el timbre, quisiera correr a abrir pero ya fue Miguel y ya salió Miguel corriendo y ya veo la alfombra arrugada detrás de la puerta y el gato va a llegar y se va a esconder debajo y lo voy a pisar cuando vaya a cerrar, él me va a morder las piernas, mirá Elena, mirá como tengo las piernas.

Mamá, mamá, tengo las manos sucias, le pido perdón a Elena, me acerco de nuevo, tomo sus manos entre las mías y le repito al oído que ya está, que están limpias, y en cuanto me alejo empieza de nuevo, tengo las manos sucias, me duelen las rodillas, Mayela, tengo las manos sucias, Elena, fijate como me tiene el gato, y todo porque mamá se volvió loca cuando papá se murió, se volvió loca te digo, dejó de comer, se le cayó el pelo, dejó de alimentar a los pájaros, que se desmayaron de hambre un lunes y no volvieron a levantarse, y Miguel llegó llorando a mi cuarto cuando veía Telenoticias, y me gritó que yo era una insensata, insensible, algo más, por dejar que los animales se murieran de hambre, que viera como tenía al gato, pero yo le traje comida, qué se hizo, no sé.

Te lo digo, Cristina, te repito, que necesito que vengás, que me ayudés, yo no puedo con mamá así; Elena, te voy a lavar el pelo; tengo las manos sucias, limpiame las manos, Lucía lavame las manos y no sé quién es Lucía, me pregunto mientras sumerjo mis manos en agua tibia, esparzo las cremas y espumas por la cabeza de Elena, que sonríe, que dormita, que comenta algo a lo que solo asiento. Le seco el pelo, se sienta de nuevo, la peino, caen sus cabellos cortados, los últimos, sobre el piso, me duelen las rodillas, tengo las manos sucias, y no, Cristina, no quiero pasarme la vida recogiendo nostalgias de mi madre enferma, vení, ayudame, que yo no puedo seguir así.

Y basta con que Elena se vaya para que mamá haga silencio, y yo recuerde que la quiero ver todo el tiempo viva, que es lo único que me hace ver por qué estoy acá.

Té negro

Me despierto con sus piernas envueltas en la sábana transparente y acomodadas sobre las mías; se siente como si alguien las hubiera tirado allí por no encontrarles mejor lugar. Me incomoda. Hace calor y la luz diagonal quema mis párpados, asomados bajo la almohada. El tequila se filtra en la tela, la noche se lavó en la ducha junto con los trazos de cenizas pegados a esos largos y delicadamente teñidos cabellos que se deshacen en mi mano. No la quiero acá.

Luego me decís que no paso suficiente tiempo con vos. Si no hago más que venir y ya te ponés rarísimo. Decime, entonces, ¿qué hago? ¿Qué querés, que me vaya, que me quede? Decimelo, nada más. Mandame un mensaje cuando querás que vuelva, voy a estar en aquella mesa. (Con Esteban, ¿con quién más?) Diego, volveme a ver. ¿Para qué me llamás, entonces?

Solía haber una silla bajo esa montaña de ropa. Detesto que no pongan las cosas en su lugar. Detesto limpiar mi apartamento un domingo en la mañana y encontrarme con todas las suciedades que empujé bajo los muebles en los seis días previos. Me encuentro con un número de teléfono anotado en una servilleta y dudo por un instante si lo boto o no. ¿Quién más si no ella, la del café, la de los ojos enormes y siempre llorosos? Algo tiene, pero de por sí no es su número, sino el de un profesor al que tengo que llamar por lo de la conferencia. Somos demasiado jóvenes como para estarnos pudriendo así. El sonidito que hacen las Mac cuando se encienden. El brillo blanquecino de su cuerpo. De las dos, ella y la compu.

Diay, Diego, pensé que te habías ido. No, no, tranquilo. Acercá esa silla, quedate acá con nosotros. Esteban, Diego, Diego, Esteban. Un compa mío de la U. Él es el fotógrafo que te mencioné, el de la sesión en el bar aquel de Escazú. Mae, yo sé quién es. Mejor pedite una birra o algo. Quedate. Y a mi oído: quedate, no seas malo; quedate conmigo; me voy con vos hoy; mejor dejame en la casa, mami debe estar furiosa; soltá mi mano; quedate.

Los libros que se acumulan sobre los recibos de teléfono hablan por sí solos. El polvo que llueve sobre todas mis posesiones, una perfecta figura poética. La lluvia. La lluvia y el invierno europeos que nos fascinaría tener para justificar la ropa que nos echamos encima por la mitad de nuestro salario y un par de préstamos de mamá. Ropa de saldo en Europa. Cuero de imitación. Camisas espantosas de colores chillones que se acompañan unas a otras en el armario. Ella duerme con el labial puesto, y también las sombras y también el delineador, porque nunca ha oído del desmaquillador: es una chiquilla. Seguro cree que se quita solo con el agua. A menos que así sea porque su set entero de maquillaje le salió a cinco mil en el centro y lo echa en una carterita de cuero, esta vez real, para convencernos de algo. Sus manos aferradas al borde de la cama como si estuvieran buscando mi pecho.

Diego, por un carajo, calmate. No te pongás idiota.

Mi único mueble comprado por mí mismo cubierto de tazas y platos sucios. Levanto el primer vaso y me sirvo agua muy fría en él. El disco de Saint Etienne empieza a girar con un cover hermoso de Neil Young. Ella no lo entiende como yo. Ella no se sabe la letra como yo. Creo que nunca le he oído más que cinco palabras en inglés seguidas, y apostaría a que fue el nombre de una banda. Lo más espantoso de verla en mi cama es saber que ella podría estarme viendo y pensar las mismas cosas, porque soy igual. Hemos cubierto tanto terreno buscando formas de distanciarnos, de extraer lo poquito de diferente que tenemos, que no nos queda más que volver en círculos sobre la tierra removida y echarnos tierra en la cara el uno al otro. Me dedicó la última entrada en su blog. El cúmulo de las faltas de ortografía; ha establecido un nuevo récord. Y los ochocientos comentarios celebrando la originalidad de su poesía.

Sentémonos. ¿Pedimos pizza? Es más, salgamos, vayamos a comer al chino, o pizza, o a cualquier restaurante. O pedimos para llevar, nos tiramos acá en el suelo. Compremos vino, Clos o tal vez Frontera, me acaban de pagar, tomemos vino y pidamos sushi. ¿No hay express? No, no ando en carro. ¿A pie, estás loco? Queda demasiado lejos. No, nunca los he escuchado. No, pero en serio tengo hambre. Hagamos crepas. Crepas y vino, no puedo mejorar mi oferta.

¿De qué demonios hablamos cuando ambos estamos despiertos y sentados uno frente al otro? ¿Lo hemos estado? Quiero decir, uno frente al otro, como no fuera que nos estuviésemos besando en una esquina del Latino. Me ha llenado la cabeza de cosas que se van a quedar acá para siempre. No escucho otro sonido que no sea el del viento. El viento que sí existe, que sí sopla acá, el tropical, el de la calle. Y el disco en su tercera canción. Ella nunca ha oído a Neil Young. Tigres mal pintados sobre flores rosadas, lentes de sol que se caen de la chaqueta negra barata. La flor de su cabello mal planchado. Y lo más doloroso es que sea idéntica a mí. No la quiero acá, me aburre.

Pero vos sos mejor. Pero sos más tierno.

Lo más extenso que ha leído en su vida es Cocorí y fue en la escuela y le fue mal en el quiz, y con esa cara se dedica a exponer taburetes pintados de rosado en galerías del centro. Me sirvo mi té y abro la puerta. Ella no se despierta todavía. La casa entera parece oler a vino, a tequila, a libro nuevo, a cereza color rojo 40. ¿Qué hago acá? Me levanto de la grada. Un taxi dobla en la esquina de la panadería. Nunca he conocido a nadie que se despierte a esta hora por gusto. Nadie que aprecie los colores de los mangos y que sepa cómo es realmente un poró. Empiezo a correr.

Buenos días. Diego, ¿estás ahí?

Y me tropiezo en la acera y casi caigo pero me salva un poste de luz, y corro y salto sobre bolsas de basura acumuladas en la acera, y corro. Y me pregunto por qué me hice ese estúpido tatuaje de una estrella, y por qué uso cuero si me incomoda. Ay. No puedo cambiar. Solo mejorarme. Corré, Diego. Corré hasta que sepás, más o menos, qué sos y qué querés. Alejate de ella, de ella con la que te resulta tan cómodo ser tierno.

El cuerpo es una prisión

Tu cuerpo no fue una prisión hasta que yo te liberé de ella, hasta que no encontré en vos las llaves para abrir puertas que no estaban cerradas hasta que no las encontré. porque jamás imaginaste que estarían dentro y fuera de tu cuerpo.

Yo encontré una fuente de la que manaba un placer infinito y la llamé deseo, y la he estado buscando desde entonces. Supuse que de sus grietas brotaba el agua viva que calmaba mi boca y que corría fuera de mis labios, sobre mi pecho desnudo, refrescando mi cuerpo entero. Luego era de noche y tanteaba sin éxito, recorría una geografía delicada que vibraba y se retorcía cada vez que me acercaba. El aire escapaba en extensos suspiros que acolchonaban los ásperos bordes de la noche, que suavizaban las barreras con las que el frío nos encerraba. Uno sobre el otro. Uno contra el otro.

Luego se fundó en su espalda una llanura silenciosa en la que jamás habá puesto nadie la mano, nadie de esa forma la había descubierto a sí mismo, vuelto sobre sí misma, revelado a su infinita sabiduría. Porque la piel de la espalda sabía exactamente cómo hundirse bajo mis manos, cómo mezclarse con mi propia piel cálida. Y aún así, siguió siendo una tierra desconocida, que ningún mapa había definido, y por tanto, solo existía bajo mis manos, solo existía en el momento en que mis palmas se aferraban a ella como si lo sólido se movilizara en fragmentos en el aire, solo para depositarse bajo mi fuerza en el preciso momento en que la dejaba caer sobre el vacío querido. Así empecé a llenar el abismo que antes se abría bajo mi cuerpo.

Como si siempre hubiera esperado confirmarme en esa espalda inacabada y esos brazos entrecortados por la sombra, no fui hasta que no tuve lo que produje bajo mí. Hasta no entrar en el frío y el vacío no encontré la calidez y la forma en que mis partes calzaban con las formas de tu existencia en perpetua renovación. Vos no hablaste hasta que yo te respondí. Vos no fuiste hasta que no te produje bajo mis manos hambrientas. Vos no sentiste hasta que no te encontré por dentro de tu propio cuerpo y empecé a a establecer los límites entre tu espalda y mi pecho, el dorso de tus manos y las palmas de las mías, el borde de tu cintura y el borde de la mía.

Como dos sombras que se encuentran por el movimiento de un objeto en el cuarto, nos formamos y nos reconvertimos el uno en el otro sin cesar. No pudiste ser fortaleza hasta no ser derrotado y reforzado. No pudiste haber sido, jamás, agua, hasta no ser bebido y derramado. No pudiste, jamás, ser antes de mí más que la mancha de colores en que me convertiste al tocarme. Todo el proceso se revierte.

Mis átomos estallan bajo la presión de tus manos, que me obligan a reconvetrirme en la sima donde depositás minerales antiquísimos que han crecido dentro de mí desde antes de que hubiera quien les pusiera nombre. Si soy una cueva, lo he sido solo para guardarme en silencio para vos. Si he sido las copas de los árboles que se mecen en las montañas, como borrones de gris en el lienzo uniforme de la noche, lo he sido solo desde que anduviste en el suelo, recorriendo la tierra y hundiendo tus uñas en el barro, y después, con la boca y con las piernas, hallaste dentro de mí las bases para una selva que apenas empezamos a explorar.

Si fuiste prisión, lo fuiste solo desde que yo te encarcelé en ella, y si lo hice fue solo para liberarte y atarme a mí. Somos movimiento puro sin centro ni punto de origen. Nos movemos solo para que el otro se mueva y se asegure un espacio sobre el cual desplazarse a continuación. En una palabra, me creaste en el momento en que liberaste mi cuerpo, que no había existido hasta que me encerraste, en una prisión que fue construida solo por tus manos que apirisonaban las mías contra el suelo, que no existió hasta que no me dejaste caer sobre él, no para tomarme, no para encontrarme, sino para crearme, para abrir en el tejido delicado del tiempo, tiempo puro sin reloj que lo midiera (porque empecé en el pasado solo como la posibilidad de ser tuyo y de que me tuvieras), un rasgado sutil del cual sigo brotando sin detenerme.

Mi cuerpo no fue una prisión hasta que no lo descubriste dentro de ella, hasta que no clavaste mis cadenas a la pared con mayor violencia, y no lo hiciste sino para que yo pudiera agradecerte con una caída absoluta dentro de vos. Podríamos ser borrones de luz a través del cristal, o rincones sombreados bajo la cama.

La voz más suave

-When you come, bring the sun.

En una habitación diminuta aislada de toda brisa y de todo ruido. El deseo de mis manos se extiende a todo lo visible. No hay un comienzo definido, ni un final a primera vista. El color y la sombra se abren en un espacio más allá de la visión; es ahora algo que se siente y que recubre la piel.

El deseo de mis labios se mueve de forma circular. Los músculos de la espalda se tensan y se relajan con una facilidad que asusta. Esto me recuerda a África. Esto me recuerda a un llano en llamas. Esta sed me recuerda el color rojo y los pies maltratados por la arena. Este olor me recuerda un estanque rodeado de musgo, atravesado por peces minúsculos y plateados. Esta piel me recuerda que nada de eso está cerca. Que todo se aleja sin cesar. Que el mundo se aleja de mí en círculos concéntricos, y que lo único que puedo hacer es sumergirme en la espiral para salir del otro lado y encontrarte ahí en la puerta.

La oscuridad es demasiado espesa como para que no penetre en mi cráneo. Ecos de tambores aislados en un silencio que podría ser sagrado.

Bosques y arenas.

Mi boca se mueve, se desliza, se rompe, se consume, se quema.

No dejaría que nadie más me violara.

En este mundo

Estas puertas abiertas. El aire entra y deposita una fina capa de polvo sobre cada objeto de la casa, ensucia las paredes con discreción, carcome su vida en silencio.

He visto una pulpería convertirse en mini super. He visto una ventanita donde vendían tacos convertirse en restaurante. He visto una cantina convertirse en apartamento. He visto niñas cargando a sus hijos en brazos, perros comiéndose sus propias patas heridas, cadáveres de aves sepultados como mascotas queridas. He visto un colibrí encerrado en mi cuarto, luchando desesperado contra paredes invisibles que no comprende, contra las que golpea su cabecita hasta sangrar. He visto las gotas de sangre de colibrí brillar en mis ventanas. He dormido con eso en mi ventana, he sido incapaz de limpiarlo.

He visto un agujero enorme y profundo abrirse en un patio, y el río que pasa bajo tierra. Me imaginé que el mundo abría sus venas con olores putrefactos y que se empezaría a desangrar en ese punto. Y yo tiré mangos en el agujero. Y oí cuando cayeron al agua, pero no lo vi, porque era de noche. He visto nubes devorar montañas enteras y conejos con las tripas desgarradas por un balazo. Y he comido conejo, y es suave, y tiene poca carne. Me he roto las rodillas en una cascada anónima, y la he escalado, solo para sentirme en compañía de serpientes y de sapos, y sentí el musgo en mis piernas desnudas, y las plantas crecer alrededor de mí.

He nadado en un lago antiquísimo. Lo atravesé. Y al llegar a la otra orilla, me acosté a sentir las hojas del verano en mi espalda que aún no empezaba a pesar. Abrí las puertas. Vi telarañas cubrir muebles como blancas sábanas. Vi paredes hechas con latas de gaseosas, y escuché voces de muertos. He visto eclipses y mareas altas, montañas de peces muertos en la arena y las olas que se llevaban las escamas podridas. He lavado mis manos con agua bendita y la he sentido muy fría y muy limpia. Me he lavado los ojos con ella. He jugado con cuerpos de ratas muertas, molestando su paz con ramitas, sin marearme por el olor.

He hablado con un hombre que es a la vez padre, abuelo y esposo. De la misma mujer. Lo vi escupir al piso, y pasarse el dorso de la mano por la boca. He escuchado disparos y he escuchado a animales agonizar. He visto una iglesia en la que solo cabían cuatro personas y el sacerdote. He hecho burbujas de jabón en un cementerio. He deseado morir golpeándome la cabeza en un orinal sucio. He masticado helechos, hormigas, papel, bolígrafos, mierda, llenado hormigueros de fósforos que luego encendí, uno por uno. He visto venas abiertas sangrando en un baño inundado de agua sucia, vómito y un olor a cerveza que irritaba las fosas nasales.

Estas puertas abiertas que dejan el aire en la casa que se come todo, hasta a mí mismo. Una vez, carretera a Liberia, tuve una revelación, y desde entonces he estado buscando imágenes. Me asomé por la ventana y vi sombras de árboles en la noche, la noche desbordada por las estrellas, he llorado viendo las estrellas en la playa, el universo infinito, que huele a muerte, que huele a sangre, a arena, a cobre, a sal, a moho, a miel, a hojas podridas, a mangos en descomposición, a hormigas quemadas, a sudor, a nada.

El día en que nací luché por respirar por primera vez, y desde entonces el aire me ha estado descomponiendo poco a poco. Y no hay en este mundo mayor felicidad que poder morir lentamente contemplándolo mientras éste mismo se desintegra y se desperdiga en el espacio. Hay que cerrar los párpados y morir. Pero oyendo el viento soplando entre los árboles. Y sintiendo el sol en la cara. En este mundo, no hay placer más grande que morirse poco a poco.

(Foto de autoría propia. El mundo es una mierda, ok, pero mi gato sí que es lindo)