Cuando el perro soñó la brisa

Cinco lecturas del fondo de la taza de café, como las brujas de otro tiempo.

1

Un perro del color del color del almíbar trota silenciosamente entre las briznas más altas del campo abierto. Detrás de los mangos hay un río; detrás del río, quién sabe. Un niño camina al lado, tropezando, algo torpe, poco acostumbrado a otra cosa que no sea el concreto, el ruido. Camina sobre el pasto guiándose por las sombras de las nubes.

Un poeta chileno decía que el cariño de su perro era como el del puercoespín, que reserva su autoridad porque sabe que la tiene. El perro es un poeta que dibuja versos con la cola.

2

Tratando de escribir una respuesta mientras se acercaba la madrugada, se sentía vigilado. Dejó de lado el lápiz y vio hacia atrás: una hoja abrazando a un mago, un artista descifrando las tonalidades de la sombra. Alrededor: nada. Muy presente: eso.

Esta leyenda la cuentan del otro lado del mundo: en las montañas de Afganistán, a los niños los asustan con la historia de un lobo, perpetua amenaza de las ovejas, que una vez engañó a un hombre transformado en un hada. El hada se libró del hombre pero él no de su sueño: el de haber visto a un lobo domesticado.

La leyenda se confunde en las páginas de un libro en blanco, un pozo del que el artista extraerá hojas, ramas, perros, montañas, rocas, un paisaje inagotable surgido de la hoja vacía. El pozo no se agota: cada vez que la mano se hunda en su agua, espesa como tinta y pintura, extraerá una nueva leyenda, tal vez la de un zorro minúsculo dormido en un claro del bosque.

El significado cae entre estas oraciones como el agua derramada entre los tablones de una mesa de madera. Perro y niño se aprestan a beber del río e imaginar su camino.

3

Al borde del río, el niño y el perro conversan. Las palabras crecen como el musgo en los troncos caídos, haciéndose un hogar; o como el pan en el horno, inundando una casa de aroma a ella. Entre ambos hay jeroglíficos, gestos diminutos, poemas inacabados: todo, en el breve espacio lápiz y hoja, pincel y pintura, el espacio infinito que sigue después de este punto, este de aquí.

El perro cree que el niño no le escucha pero la brisa en medio puede más y se trae flotando las palabras, que se le quedan enredadas en el pelo: el espacio entre ambos es mínimo, como entre lápiz y hoja. El grafito tiembla sobre el papel. Tratando de escribir una respuesta, más tarde, el niño desiste y deja que la brisa le alborote el pelo una vez más.

La brisa es lo que hay entre estas oraciones, el momento de espera de los alquimistas cuando el cobre quizás, nunca lo sabrían, podría transmutar en oro, como el perro husmea entre las hojas y las flores buscando de dónde viene la luz.

4

Hacia la noche, el viento cambia de dirección y el perro se aleja trotando, tal como vino. El niño sostiene entre las manos el deseo de conocerse más. Las puntas de los dedos le quedan manchadas de verde. En una película de la que muy poco recuerda, eso era señal de magia.

5

El perro soñó la brisa que despeinó al niño.

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