Lugar

Él no se quería levantar de la cama ese día. Era como si supiera de antemano. Con la cara pegada a la almohada, llegaron las diez de la mañana. No se sentía bien, pero el malestar no era comparable con el de otros días; era una migraña cualquiera, los músculos tensos como después de un día duro en la oficina, nada extraordinario. Sin embargo, apretaba los párpados, se mordía los labios y contorsionaba el cuerpo en la cama como queriendo fundirse con las sábanas y nunca bajar al primer piso -ni siquiera al suelo de la habitación-. Pero él no sabía nada.

Ella tampoco sabía. Cortaba las rodajas de tomate, delicadas rebanadas de queso y hojas muy finas de albahaca cuando sonó el teléfono. Todo se acumulaba en un tazón blanco en un rincón de la cocina. Era el doctor. “No puedo hacerlo sonar como lo que no es porque te quiero mucho, Tere. Es cáncer. Está muy avanzado”. Ella no quería el diagnóstico, sino que corriera a estar ahí con ella para contarle a David. Se pondría peor. Le pidió a Arturo que viniera a la casa, pero él atendía en el consultorio hasta muy tarde. “Podría pasar mañana…”.

David se quedó con los ojos abiertos viendo hacia el techo por un largo rato antes de hablar. Tere intentaba no sollozar para no asustarlo. Acercó la mano a la cama como buscando la de su esposo, pero él la apartaba con cuidado para esconderla entre las cobijas, como si temiera estar enfermo de alguna enfermedad contagiosa. Realmente se sentía portador de una bilis negra, horrorosa, que se desbordaba entre sus labios y por sus poros. Hasta temía manchar la cama.

Ella se durmió apoyada sobre sus brazos frente a la ventana que daba al patio. La ensalada a medias. El jugo de naranja tibio. El perro sacudiéndose las pulgas. La manguera guindando de la bicicleta.

David se levantó, finalmente, y la encontró así, dormida, apagada, reducida. Se acercó y la abrazó por detrás. Lloraron. A las siete llegó Arturo y no lloraron: preguntaron, lo preguntaron todo. A los cuarenta y uno. ¡Qué desperdicio de vida! Como si todo lo anterior en su vida hubiera sido una acumulación insensata de títulos idiotas, de carros destartalados, de papeles y de cosas. Ahí estaba Tere pero nada más.

Era una actuación, porque ya a David le daba igual. Solo quería ver a Tere tranquila. A las cinco, con las paredes manchadas de rosado y la calle en perfecto silencio, salió al patio para encender los faroles. Cerró la llave del agua. Se acercó al tronco porque le pareció escuchar una ardilla que se ocultaba entre las ramas. Alzó la mirada y el sol lo cegó un segundo. Luego, la cola. La cola inflada de pelo deslizándose por una rama, como un cometa en el instante inmediatamente anterior a lanzarse al vacío, al vacío infinito y oscuro. El destello de luz.

Así que David escuchaba sin prestar atención. Como un paracaidista resignado dando vueltas en círculos a miles, decenes de miles de metros sobre la superficie, extraviado en la gravedad y la nulidad del aire. Sin peso y sin materia. De vez en cuando Tere rozaba su mano.

Él cerraba los ojos con fuerza y pensaba en la sensación de hundir los pies en el agua. Eso lo extrañaría.

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Un comentario en “Lugar

  1. Hay algo diferente de este relato a los demás. Pero se mantienen esos hermosos detalles. Me gusta. Gracias por compartirlo.

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