Todas sus hermanas

Muerto de frío y con algo de hambre, me dio por sentarme a medio camino y ponerme a leer poesía. Como el más pretencioso o el más sentimental, saqué el libro y me senté bajo un farol simplemente porque había luz y todo estaba vacío, en silencio e inundado de una niebla sucia, ligera pero como si fuera polvo.

A medio verso me da por correr y tratar de calmar el frío, pero nada para, y recurro a la broma vieja del trago para el calor y paro en una cantina. La entrada con un par de palmeras de plástico y las sillas horrendas de plástico negro. La cara del bartender, como de asco o como de que me conoce. Me siento cerca de la barra pero no como para que parezca que vine solo sino para que crean que espero a alguien, no hay que perder la compostura. De todos modos, con las manos heladas, con las piernas temblando, pido un trago y me lo sirven rápido porque en el bar no hay nadie más y transmiten un partido rarísimo, Saprissa contra Saprissa, qué diría Hegel, me digo. Me lo tomo de un sorbo.

Todo es gris. El pescado tiene manchas. Las papas tienen manchas. Como cualquier cosa, no sé ni cómo pago, y de pronto estoy caminando por Plaza Víquez y hace este frío del carajo y me acerco a las líneas del tren porque se me ocurre que deben ser al tacto como bloques de hielo que se desplazan flotando en el Atlántico, pero son como nada, se sienten como hundir la mano en un pozo inundado de telarañas y de polvo, como un agujero cubierto desde eras sin nombre o sin cronología. Otra gente vivía en eterno presente, se me ocurre.

Me pregunto si se ha quebrado algo, como una membrana que sostenía luces frente a mí, como la puerta oculta por la cortinilla de luces navideñas, pero más espesa, la puedo tocar pero no sé si le abrí un hueco porque sigo caminando y ya nada se parece a lo anterior, ya no volveré al estado anterior, ya no me preguntaré las mismas cosas. Me siento frente a la línea del tren pero a esta hora no pasa nadie. A esta hora nada se mueve. Solo el viento y las bolsas de Megasuper tiradas y las botellas de Tropical y las colillas de cigarro. Todo va a parar a una horrible pirámide en la base de una colina imaginaria sobre la que se alza el centro de San José, que es, en realidad, un montón de barro y palos y zacate en medio de ríos, como una isla de musgo en un mar de podredumbre.

De repente ya no estoy ni en el bar ni en el parque ni en ninguna parte, sino en una calle, frente a una casa, cualquier dirección, y las ventanas todas negras, todas las luces moribundas y televisores como luciérnagas. Siento como una cosa que me quema la garganta, no sé qué, y que me baja hasta el pecho, hasta el estómago, hasta el mismo centro de mi cuerpo y me saca de balance.

Y me cae encima una sombra espesa, viscosa, ácida como un vampiro que descendiera y me abrazara así como una nube pasajera o como un camión o como una sombra proyectada desde lo más alto de esos edificios amarillentos, flanqueados por rótulos espantosos de neón, apagados, prendidos solo cuando el dueño los recuerda, orgullos previos. Nada, me acerco a ella y veo que se incomoda, que le espanto los carros, pero no hay carros, solo hay una inmensa cinta de asfalta marcada de semáforos que no señalan nada a nadie porque cuando por fin hay carros les da igual el color de la lamparita, se saltan lo que sea o no se saltan nada, siguen y pasan y se confunden con la brisa cuando uno va caminando con los ojos cerrados.

Pero me acerco y me grita “Cuidado, pito”, y me vuelvo y quién sabe qué cara le hago que me sonríe y me pide fuego, y me acerco. No tengo fuego. No tengo trago. Sí. Saco una botellita y tengo gotas. Casi agua. Casi nada. Luego me dice “Te regalo un blanco” y apenas defino sus labios detrás del humo, así que no le entiendo el nombre, pero no importa. “Loca, qué frío más hijueputa”, me dice, le confirmo, me vuelvo: nada. Taxis vacíos. Parqueos desolados. Ratas famélicas mordiqueando cajas de cartón que transportaron comida, pero hace mucho.

“Nadie me ha parao hoy”, me dice y yo no sé qué significa. No sé si es tarde o temprano. “Estoy tomado”, le digo como quien tiende un puente o como quien tira una cuerda desde el borde rocoso sobre la espuma. Me deslizo sobre la espuma. Planeo sobre la pirámide horrible al fondo de San José. Al fondo no: en el centro. Suspendido. “Estás cruzadísimo”, me trae de vuelta.

“Tenés precioso el pelo”, le digo, aunque sea mentira. “Todas mis hermanas se peinan igual”, confiesa, “me vieron en el cumpleaños de mi mama y se volvieron locas: todas se hacen la misma trenza y yo ahí, amarrándoles el pelo a todas en el sillón de la casa de mi abuela, hacete la idea”. Pero no me imagino nada porque no se me ocurre cómo se verán las hermanas, pequeñas, mayores, flaquísimas, morenísimas, de pelo oscuro como el vampiro esponjoso, espeso, que se me tira sobre el cuello y lo estira hasta reventar todos los tendones, abrirme desde adentro, escurrir todo lo líquido y tirarme frente a un árbol raquítico en un parquecito solitario cerca de mi casa.

Nada queda cerca de mi casa. Solo hay basureros reventados. La punta de la pirámide. Uno se mira las manos como si estuvieran llenas de barro. “Dame otro”, le digo, es tan tarde. Recuerdo las olas cálidas a las cuatro de la tarde en Manuel Antonio, se lo cuento, pero me dice “Nunca he conocido el mar. Nunca he estado en la playa. Quiero llevar a mis hermanitas”. Ya sé cuántos años tienen, pero no me sirve de nada porque no conocen el mar.

Volveré a través de las calles anchas y deshabitadas y todo volverá a ser como al principio.

 

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