Antes del puente

Se despierta, incómodo, a las nueve y media de la noche. La calle se ve desierta desde la ventana, pero debe de haber gente allá afuera porque se oyen gritos, pitos de buses y rumor de parejas conversando. El vidrio está empañado. Se pone una chaqueta, toma un libro cualquiera del estante (no lo ve porque no enciende la luz) y baja corriendo las escaleras.

Ahí está, lo recordará muchos años después frente al río, en otra ciudad, en otra parte. Pero ni la ciudad ni el río tienen nombre todavía. Ahora, se sienta con las piernas cruzadas en una silla roja, en la única mesa vacía de una cafetería inundada de colores chillones. El ruido de las paradas de bus compite con el olor a pan añejo por desorientarlo más, pero él se sube el zipper de la chaqueta, saca el libro de la bolsa y empieza a leer. Se acerca una morena con delantal azul y le dice

-Buenas.

-Buenas -responde.

La chica le trae un café negro y un pan horrible con jamón y queso crema.

El libro es una selección de poemas de Julio Herrera y Reissig. Lo compró en 1.500; lo encontró lleno de polvo y con múltiples marcas y palabras tachadas. Como si el primer lector hubiera sido el poeta, o hubiese querido convertirse en poeta, o las palabras del poeta se estuvieran convirtiendo en otra cosa mientras las iba leyendo. Los versos son pomposos, sonoros y excesivos. No podrían distanciarse más de la cafetería: ascética, forzada a ser infantil por los colores de los muebles, la cerámica absurda y los uniformes de las cajeras. Lo contrario del parnasiano uruguayo. Lo contrario de esa calle de San José, de toda la ciudad.

Ahí están los postres mareándose en las vitrinas giratorias, ostentando sus frutas y lustres como pequeñas esculturas, fresas y melocotones apilados sin gusto ni preocupación por la estabilidad. Uno saca el postre de la bandeja y se desploma, pero da igual, ¿no? Le corresponde a un chiquito de cinco años hundir la nariz en el lustre, convertirse en la página laminada de un álbum o en una insignificancia dentro de una tarjeta de memoria que se perderá antes de que cumpla los dieciocho. ¿Qué será de la memoria cuando se imprima la última foto?

Envuelve los residuos del pan en las servilletas y se toma el resto del café de un sorbo. Siente que le hierve la garganta pero se levanta rápido, camina sin volverse, sin excusarse si se topa a alguien de frente y piensa si recordará todo esto cuando tenga ochenta y no pueda moverse y tenga que aguantarse dos horas, cinco horas, todas las horas en un sillón, el único sillón, en un apartamento medio vacío. ¿Cuáles libros tendrá entonces? ¿Cuáles son los que se quedan con uno?

Ahí está la plaza con parejillas desperdigadas y bolsas blancas de plástico. Ahí está la caja de Hi-C reluciente bajo las llantas del bus de Tres Ríos. Ahí está la luna, que debe mojarse cuando llueve, todo se moja cuando llueve, todo es una rima de un libro de niños, ojalá uno en el que la luna saque un paraguas y se ponga a recitar poemas para gatos y zorros.

Pasa por el supermercado, los bares y las plazas y llega a una cantina medio oscura, con unas luces verdes bajo la barra y las chicas Pilsen desde 1989 hasta 1996. El tiempo se detuvo en 1996. Los años se convirtieron en otra cosa después de 1996. Recordará todo esto cuando 1996 sea una marca en la historia o un año-que-no-fue, un requisito. Un año bisiesto con el primer Pokémon y con Dolly.

Se sientan unas 4 o 5 personas cerca, en una mesa pequeña, todos piden bebidas distintas y uno podría calcular el carácter si les pusiera atención. Él se vuelve y se da cuenta de que perdió el libro en algún punto. No, está en la barra, empapado de cerveza. Lo envuelve en servilletas y nota a un muchacho alto, altísimo, tal vez (está sentado), que lo mira disimuladamente. O no tanto, porque se nota. O no tanto, porque se levanta y se acerca. Él se congela y se vuelve hacia la cerveza. O no tanto, porque tras pedir una cerveza, pide otra.

¿Cuántos nombres puede acumular uno en la mente durante una vida? Luego son las 3 y está sentado en un muro, frente a un parquecito solitario, algunas luces encendidas a lo largo de la calle, la llovizna, las bolsas, el zacate, las cajas, los perros, la chaqueta cerrada hasta el cuello, las tenis mojadas, el libro empapado envuelto cerca del pecho, los grillos, un disco de un africano que nunca nadie ha escuchado en este barrio o en este año.

Todo se pasa tan lento que cuesta creer que luego signifique tan poca cosa. Cuando esté frente al puente, en una ciudad que todavía no tiene nombre, sin saber él si conservará él mismo su nombre, recordará la noche, los queques y el instante preciso en que se vio a las 4 de la mañana, abrazado por el muchacho moreno, sin camisa, helado, el otro cálido, vivo, respirando tranquilo. Se deja abrazar y se deja ver. Se deja imaginar.

Luego es 1996 otra vez y está jugando con una tortuga por última vez en ese patio. Luego es este año, cualquier año, y está tomando café rechinado a las 10 de la noche.

Son las 4 y media, se levanta, se asoma por el balcón, ve de nuevo el muro, saca el libro de Herrera y Reissig de la chaqueta, lo esconde en una gaveta que nadie debe abrir nunca, marca un verso cualquiera, uno que no signifique nada dentro de treinta años.

Son las 9 de la mañana y está de vuelta en su cama, acostado boca abajo, solo. Se le antoja sofocarse con la almohada y olvidarse de todo hasta que esté frente al puente, dentro de muchos años. Se levanta, va al baño, orina, se lava las manos, alza la mirada, se ve en el espejo y ve al viejo que todavía no existe que caminará por una ciudad que todavía no existe. Son las mismas ojeras.

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