Fronteras intermitentes

Un hotel en las montañas de Heredia. Edificios chatos reducidos por la luz amarillenta a una gran mancha en las colinas. Como un resplandor que aparece y se oculta, visto desde la carretera. Las llantas aplanan la calle de lastre y destrozan las ramas caídas al suelo, entre las piedras. Fabián baja la ventana para oler los árboles.

– Hoy comemos acá. Mañana salimos a caminar – dice mamá -. Hay una piscina y un gimnasio. Dan paseos a caballo. La vas a pasar bien.

Es de noche y las luciérnagas se agrupan en torno a los charcos en la parte baja del terreno del hotel. Los balcones iluminados suman unos tres o cuatro. El resto se consume en el tedio de las seis de la tarde. En la distancia se oyen gritos, aullidos de borracho. La brisa comprime todo. Fabián arroja los brazos sobre la mesa de madera y deja que el pelo le cubra la cara. Ya no se puede leer a esta hora. Solo se pueden adivinar los contornos de las cosas y esperar que no se las trague el bosque. Aúllan los borrachos. El bosque se lo traga todo y envuelve la montaña: es una finca que no tiene fin, o un terreno que en algún punto se convierte en ciudad, sin límites ni señas. Se confunden en el medio.

Unas campanillas colgadas sobre los pórticos de las cabañas tintinean con insistencia. Se apagan un segundo apenas, como un respiro, antes de desatarse nerviosas. Fabián tira el libro a su cama y se estira frente al pozo inutilizable. Es un pozo ciego que nació ciego. Es un engaño premeditado como la fogata eléctrica. Todo se le hace asqueroso, forzado y frío al tacto. Las piedras que forman las paredes no llegaron acá sino en camiones que antes transportaron vacas. (Las casas contienen la boñiga seca dentro de sus paredes; dormirán sobre estiércol).

Dos tipos descienden por la empinada colina, húmeda de rocío. Evitan los charcos y hunden sus zapatos en el zacate. Aplastan minúsculas flores amarillas que a esta hora nadie ve. Fabián se acuesta en la silla larga de madera y reclina su cabeza sobre sus manos entrelazadas. Mira arriba y no ve nada. Nubes que se confunden con otras nubes. Las hojas más altas capturan reflejos de la luna y los quiebran de inmediato. Los dos hombres, uno más viejo y grueso que el otro, conversan en voz baja. Fabián se esfuerza por no verlos pero algo le atrae sin remedio.

Son desagradables. Caminan con un ritmo forzado, extenúan la voz con una nasalidad inventada, remedan una conversación que gira en torno al espacio en blanco que los une. Fabián se sienta en el suelo y se imagina que seguirá descendiendo toda la noche, hasta desaparecer en los senderos. Pero se levanta y camina hacia el restaurante, que recién abre sus puertas. El camarero, de camisa blanca y almidonada, le recibe con un buenasnoches susurrado.

No le sirve el café el primer muchacho, sino un moreno hinchado que apenas cabe en su uniforme. Su delantal está arrugado en el borde inferior y el sudor baja por detrás de sus orejas a pesar del frío. Fabián se instala en una mecedora en la terraza y mira hacia la ciudad, allá abajo: nube de luciérnagas. Su mamá se acerca por detrás y le pregunta qué se había hecho. Ve cruzar a los dos hombres que caminaban juntos por la colina. Él responde, casi alegre, que leía en el campo. Le encanta leer en el campo. Su mamá sonríe y su padrastro entra, con un porte orgulloso que no le va, la nariz regordeta sobresale bajo la gorra, la hebilla de la faja reluce bajo los bombillos.

Se trasladan a una mesa junto a la ventana. Los otros dos hombres ocupan una mesa más pequeña en el otro extremo del restaurante, junto a los baños. El mesero regordete baila entre ambas mesas hasta que llegan dos carros a la vez y se confunde definitivamente. No está acostumbrado a su trabajo. Fabián se pregunta cómo habrá llegado a este hotel, hundido entre fincas inútiles y despobladas.

La piscina murmura. Una chica se lanza al agua y sale pronto, gritando, helada. Su piel pálida no se refleja en el agua.

Su padrastro inventa una conversación con el pobre mesero confundido y lo ata a la mesa unos minutos. Les cuenta sobre el origen del hotel: hace muchos años, una pareja se extravió en el bosque y vino a toparse con una finca preciosa, pero abandonada. En la cima de la colina vivía un anciano -había peleado en la guerra del ’48- que no tenía una idea de lo que pasaba en el mundo. Su hija subía de vez en cuando, rellenaba su refrigeradora, cambiaba las pilas del radio, lloraba un rato en el rincón que llamaban su cuarto y se iba. El mesero la conoció: ella le vendió la casa a los actuales dueños. Así que el mesero había estado allí desde el principio. Quizá se ponía nervioso precisamente porque amaba el lugar y quería que fuera perfecto. Quizá era tonto.

Cuando terminan de comer, su mamá y su padrastro huyen hacia la cabaña, muertos de frío. Verán una película y descansarán, dicen. Fabián se queda con media cerveza que ha dejado su mamá. Los dedos entumecidos por el frío. El pelo alborotado cubre las orejas.

Fabián se levanta después de un rato, no sabe cuántas horas han pasado. Han ido y venido más comensales, todos se han retirado a sus habitaciones o a sus casas, en las montañas. Quizás alguno vino de lejos. Fabián sale a caminar y se encuentra con senderos pobremente iluminados, reflejos plateados ocasionales, caballos adormecidos al final del camino. Se vuelve hacia las habitaciones y topa con un edificio pequeño, con las paredes traseras despintadas y el musgo escalando desde la base. Es el gimnasio.

Fabián entra y se instala en cualquier máquina. Corretea hasta sudar. Luego estira los brazos, alza pesas, regresa a la bicicleta. Luego se pasa a otra bicicleta, pero está dañada. Concentrado en repararla, no nota cuando el hombre viejo, el que descendía por la colina, ha entrado al gimnasio y corretea en una bicicleta. Solo cuando alza la mirada lo encuentra. Lo ve de frente y vuelve a lo suyo.

Cansado, Fabián mira por las ventanas. La piscina, muy lejos. Los carros dormidos. Las cortinas corridas. Deben ser más de las diez. Los grillos forman una barrera que rodea el hotel completo. Nadie puede escuchar. El tipo se baja de la bicicleta y se acerca.

– ¿De dónde sos?

El resto pasa rápido. El tipo habla un poco más y desliza la mano por debajo de los pantalones. Fabián mira hacia arriba, fija la vista en un bombillo rodeado de polillas. Piensa en la piscina. El agua como un témpano de hielo. Los senderos como cuevas vueltas al revés. Está en un baño inutilizable al fondo del gimnasio. El hombre le baja los pantalones y balbucea estupideces. Fabián se deja hacer. No piensa en nada más que en la luminosidad enfermiza que bordea las casuchas y las habitaciones elevadas. El hombre, de rodillas. Sobresale su panza hinchada. El cabello gris, sucio, que cubre las orejas. La calva que reluce.

Termina y el tipo orina en el piso del baño. La mancha amarilla se desliza sobre la losa. No dice nada y se marcha. En la puerta, se vuelve y le dice:

-Mañana, a las tres.

Fabián se sube los pantalones y pasea por un cuarto oscuro, vacío. Mira por la ventana como el tipo se aleja y sube las escaleras hasta su habitación elevada. Fabián trata de ver las cabañas, más allá de la piscina, pero con dificultad define la superficie del agua. Todo el resto se convierte en neblina.

Amanece. Da una vuelta por los senderos. Todo permanece en silencio, excepto las vacas. Les da por mugir cuando pasa. No muy alto. Camina largo rato. En realidad, unos quince minutos que se dilatan en su mente. Lombrices salen a estirarse al sol. Eso hacen. Llega hasta un recodo del camino, se vuelve y topa de frente con una construcción de madera podrida. Detrás de ella, un alambre de púas roto. Sigue el camino de la cerca.

El hotel entero está rodeado de alambre de púas. Lo sigue, apenas unos cien o doscientos metros, el ascenso es ligero. De pronto, junto al alambre, una pared familiar. Es la cabaña donde duermen su padrastro y su mamá.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s