Cliff Jump Love Song

Este es un país de viejas necias. No, no volvás a ver. Dejalos que se peleen con el chofer del bus por llevar la puerta cerrada, que lo culpen de su propia estupidez. Así es todos los días, a las siete de la mañana porque llegan tarde al trabajo, a las doce porque tienen que ir a hacer mandados, a las cinco porque ya no aguantan las piernas ni el dolor de cabeza. Dejalos toquetearse en el último asiento, dejá que suene el ringtone de Stereo Love y que cierren las ventanas para ahogarnos todos en un único, pesado, crudo aliento. Bajémonos en esta.

Te voy a ir dejar hasta tu casa porque me gusta ver las barandas en las casas de enfrente, las de al lado. Me gustan los edificios de por ahí, me encantaría ver que medio San José luce como barrio Luján, solo que bien cuidado, solo que en cada esquina la misma panadería, no, tenés razón, dejarían de hornear tan bien. Pasá primero. ¿Me puedo llevar mis libros, aprovechando…? ¿No? Bueno. Hacés el máximo esfuerzo por no sentarte, para que a mí no se me ocurra quedarme, yo sé, perdoname, entendeme. Te asomás por la ventana como esperando que si para un taxi yo salga corriendo a subirme y perderme para siempre y después de eso también. Enfrentémoslo: vivimos en un pueblito y nos vamos a volver a ver en la calle, te vas a topar conmigo, te vas a encontrar con mi cara de estúpido en una mesita del Pub Rock o en la calle frente al Mora, cruzando un día, fumando otro en las paradas de Alajuela. Imaginate las posibilidades: son infinitas. Brota una de las ramas de la otra.

Te quitás la chaqueta y te resignás a que me quede a hacerte grandes preguntas. Me traés de tu cuarto, del que cerrás la puerta, mis dos libros, mi faja y un cuaderno que había dejado. Los ponés encima de la mesa de la cocina. Hasta en la luz amarillenta del bombillo viejo se te ven así los ojos. Te servís un vaso de gin, me ves, ves por la ventana de la cocina, su marquito de madera, sus cortinillas blancas. Las chicas que pasean los perros de noche, el borracho que piropea a todas las morenas cuando pasan cerca de los carros que cuida, la fila que se sale de la puerta de la panadería para agarrar de la última tanda de bollos, baguettes y cangrejos. Se oye el pito del tren y te da la excusa para cerrar los ojos.

Bostezo hasta que se me sale una lágrima. La pesadez me va lavando la voluntad. Oíme, no vos, sino el cansancio, oíme bien. Ya no quiero pelear. Hasta con esa camisa se te ve el pecho. Me gustaría dormirme ahí hoy. Exhibicionista.

Lo que me da pereza de irme es esperar el bus, porque frente al Liceo es muy oscuro y no quiero que me asalten. Qué digo, quién querría eso. Ah, puta, tu vecina nunca superó a Marc Anthony. Dejala que eso pase, dejala que no entienda ni la letra de una canción de amor o que la malinterprete, nos pasa a todos. Se mueve tan lento todo, se me ocurre tan poquito que decirte ahora. Al menos nada importante, qué aburrido me he vuelto.

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