Avispas

Pasé por el diminuto café por accidente. Me confundí después de salir del trabajo, quizás distraído luchando por soltarme la corbata, y terminé varias cuadras más arriba de lo esperado. Ahora me quedaba un par de horas libres antes de la clase y no tenía ni hambre, siquiera. Tomé una silla cualquiera y me puse a leer unas páginas de Jorge Amado. El bochorno me angustiaba, pero confiaba (estúpidamente) en que el café me despejara la mente. El iPod se quedó sin batería y murieron Herman’s Hermits. No iba bien el viernes.

No vendían un buen café; al menos no se trataba del petróleo grosero de la tienda de al lado. A las tres de la tarde, toda la universidad parecía correr a mi alrededor, consiguiendo escuetos pastelillos y tés aburridos. Por supuesto, abundante cafeína. Me adormecí unos minutos sin soltar nunca el libro. En la noche abriría la página en la que quedé y me encontraría totalmente perdido, como si fuera otra novela.

Entró al café un chico que en algún pasillo de la universidad había conocido. Tenía una pregunta simple, digamos administrativa, y mi respuesta llena de florituras le llamó la atención. Lo saludé una vez más a lo lejos y por meses no lo vi más. Se llamaba Andrés. Un muchacho regular, realmente. Labios breves y ojos llenos de un absoluto desconcierto. Como si le sorprendiera todo lo que veía, o lo confundiera.

Salió con una taza de chocolate frío y sin preguntar, se sentó frente a mí. Volví a ver a mi alrededor y comprobé que todas las mesas estaban llenas. Unos idiotas gritaban sobre cerveza detrás de nosotros. Traía un bolso de cuero muy gastado y una camisa clara, aparte de todo el aire apesumbrado de una clase destructiva en las próximas horas. Me equivoqué: parecía sonreír. Me preguntó por mis clases, por cómo iba en lo que hacía. No tenía noticias demasiado alentadoras así que me esforzaba por desviar el tema. Por otra parte, quería divertirlo, que se quedara un rato, sin intención alguna más que matar el tiempo.

“Tal vez tengás que decidir”, comentó cuando le dije de mis múltiples empleos sin sentido, todos mal pagados. Era tan obvio que no podía menos que juzgarlo inocente. Algo tenía diferente. Le pregunté por su familia y no quería hablar del tema. Traté de evitar al máxima empezar a hablar del clima pero me estaba arrinconando. Él me preguntó, poco a poco, por mi carrera, mis cursos, mis libros. Qué hacía, adónde vivía. Yo obtenía respuestas en adivinanza; él, palabrería y chistes malos. Algo estaba fallando.

Me sentía en el peor momento de mi vida. Revuelto por dentro, destruido por fuera. No conseguía decidir nada, ni siquiera qué leer. De pronto me sugerían algo y aceptaba de inmediato. Me aburría en todas partes, me daba asco verme, bañarme, estar sucio. Le hablaba a la gente sin ganas y por compromiso. Jamás había querido estar tan lejos, aunque supiera que haría poca diferencia. Despreciaba todo lo que contenía mi cuerpo.

Había llegado al punto más bajo de la total indiferencia. Si todo se quemara a mi alrededor, no notaría nada; no habría elegido la vida, ni correr, ni quedarme tampoco, ni siquiera salvar a nadie. Simplemente ver el fuego.

Me hablaba de su barba. Era difícil que creciera y una casualidad que se viera bien, decía.

Lo vi fijamente unos instantes y luego seguí hablando, en automático, de cómo se tenían que hornear los muffins para que quedaran esponjosos. Es cuando uno se da cuenta de que no tiene dirección del todo. De todos modos, seguíamos conversando, pero yo me perdí. Los ojos de él no estaban llenos de desconcierto, ni mucho menos. Era la plenitud de la satisfacción.

– Helechos comidos por mariquitas. Él, en una montaña, muy lejos, quizás una colina, quizás el claro de un bosque. Sentado con las palmas abiertas sobre las piernas y los ojos muy abiertos; el pelo castaño revuelto. Sentado sobre una roca, o un tronco tan antiguo que se hubiera petrificado, sin otro contacto más que sus manos y sus piernas. Dientes de león. Manojos de moras -.

Se volvió y me contó de su perrita. Ya no quería saber nada, ni quería preguntarle más. Quería que hablara. Solamente que hablara como se debió hablar antes, mucho antes, frente a una fogata.

“Ella corre por todas partes cuando la dejo salir de la casa, no muy seguido. A veces ni la persigo. Es pequeñita, tiene los ojos saltones y la colilla, no deja de mover la colilla cuando sale al sol, porque le encanta rodar por todas partes. A mí me encantaría… Luego sube, corriendo, se mete detrás de los cipreses que hay por mi casa, corre y huele las naranjas, las mandarinas, los limones y las moras, se come algunas, otras las muerde y las tira. Me quedó atrás y me duermo… Un día, hace mucho tiempo, me desperté y vi que ella estaba jugando, como loca. Saltaba entre un montón de avispas, se movía como loca y estaba feliz”.

“¿Qué hubiera pasado si la picaba una avispa?”, le pregunté.

“No… no se trataba para nada de las avispas”, dijo, visiblemente decepcionado. Yo, que no había entendido nada, me quedé callado.

Lo acompañé hasta la línea del tren. Ahí se fue y yo me aburrí, más que nunca, en clases.

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