La laguna sin orillas

Nos llevábamos a tu abuelo a la playa todos los años, aunque nos dijera que no tenía ganas. ¿Qué se iba a quedar haciendo en la casa de Alajuela? Si hasta le aburrían los pericos, los perros, de todo se cansaba rápido. Se acostaba a las siete todas las noches, se despertaba a las seis solo por costumbre, apenas por inercia, como sostenido por una voluntad que ya no era suya.

Sí, era un esfuerzo de años anteriores, un reflejo: levantarse, verse en el espejo, hacerse la barba (se tomaba su tiempo con la espuma porque sabía que no importaba), vestirse con camisas recién planchadas por mí, irse a dar una vuelta al barrio, como si quisiera caminar hasta el trabajo. Pero ya desde hacía quince años que no iba a la oficina. Él te quería, aunque no te lo dijera nunca. Te quería porque le recordabas a él mismo de joven.

Fueron como pequeñas, diminutas variaciones en un medidor que pudiera captar cuánta vida le queda a uno. No digamos vida, sino energía, impulso. Voluntad, tal vez, si es que se pudiera controlar. Se iba cayendo a pedacitos diminutos, microscópicas partículas de piel, de uñas, de pelo, que hoy forman el polvo en el aire que respiramos.

¿No es abrumador pensar que respiramos los cadáveres de cientos de miles de personas anteriores a nosotros? ¿No se te va el aire? Y saber que se desviaron hacia una alegría, vacía por demás, fuera de este mundo. Corrieron hasta la orilla de lo perceptible y allí se lanzaron sin dudarlo. Ahora inhalamos y exhalamos voluntades anteriores a la nuestra.

Así se iba tu abuelo hacia la playa. Como el que se va a cruzar la vida completa, partiendo a las ochenta y nueve años, regresando a los cinco. De cinco años no me lo imagino. O sí: en el porche de la casa, junto a la mecedora donde tu bisabuelo, figura incognoscible, estatua invisible, limpiaba una escopeta que despedazaba cuellos y cabezas de venados en los bosques detrás del patio de la casa. Le daba pereza regresar con nosotros todos los años a la casa en Parrita, porque no soportaba el calor, las horas eternas en el carro, los perros ladrando y la vecina loca que se dedicaba a asustar a sus gallinas para que nos llegaran a hacer bulla en la ventana del cuarto.

Todo lo que jamás quiso hacer desde que dejó de trabajar era volver ahí. No te confundás. Se sumergía en el mar hasta que dejábamos de verlo (eso creía). Pero yo no lo perdía de vista. Una figura blanca, empequeñecida, ahuecada por dentro. Un hombre casi invisible en una costa perfectamente vacía. Como si se hundiera en la arena entre más tiempo se dejara invadir de sol y de agua salada.

Un gran mar oculto. Imaginate así el mundo. Una capa finísima de agua que sobresale a veces entre las piedras y el zacate seco. Olas que han arrastrado la tierra desde abajo por cientos de millones de años, dede que todo empezó a girar, a romperse, a fusionarse. Si alguien pudiera sentir esa capa subterránea de agua, no querría hacer otra cosa que sentirla toda el tiempo bajo las plantas de los pies y dejarse arrastrar pedazo a pedazo por encima de un río de escombros que desde muchos antes de que existiera la memoria han estado apilándose uno sobre otro en la orilla de un acantilado altísimo en cuya cima descansara con las piernas cruzadas un hombre pequeñito, canoso, delgado, transparente.

Tu abuelo de cuclillas. Si una nube ocultaba la luna no encontraría el camino de vuelta. Yo lo hubiera ido a buscar. El cielo despejado, sin embargo. De cuclillas frente a una laguna pequeñita que se había formado en la marea alta. Una laguna sin orillas. El mar brotando sobre el mar. El tiempo desenvolviéndose por encima del tiempo.

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