amanecer/atardecer

Mori Ippō, Flores

En la acera frente a la casa han crecido flores amarillas minúsculas. Se las podría llevar el viento en cualquier momento, o podría sepultarlas el polvo que levantan los carros cuando pasan. Podrían secarse tras dos o tres días sin lluvia. Por suerte para ellas, un fino rocío persiste cayendo sobre ellas, sobre el laurel de al lado, sobre el techo de la casa, desde hace una semana. Es como la respiración de un dios.

El muchacho sale a la calle con la bicicleta de la mano y la empuja cuesta arriba.

Los ciempiés escalan las paredes derruidas y los barrotes del portón hasta topar con telarañas transparentes cargadas de cadáveres de moscas. El agua, sucia de herrumbre, se desliza, ocre, hasta el suelo y alimenta una mancha roja que crece y crece hasta llegar casi al caño. Montoncitos de basura de comején junto a la entrada. La señora los barre en un segundo. El perro yace al lado con el hocico abierto y la baba arrastrada por sus bigotes.

Él se detiene en la esquina y contempla un barrio enmudecido. Las campanas pesadas de bronce de la iglesia duermen. Los autos parecen congelados en la distancia.

El zacate quemado en las puntas recibió la lluvia. Gusanitos amarillentos se esconden en la tierra mojada y bajo los pétalos caídos de flores. El sonido chirriante de una hamaca, a lo lejos, detrás del río tal vez. Una chiquita corre y llama a su perro, que se soltó de la correa, a varias cuadras de la casa. Las mariposas vuelan describiendo una espiral por sobre el jacarandá ennegrecido y desnudo.

Por detrás, se acerca el de pelo café alborotado. Los jeans llenos de huecos y parches, moldean sus piernas o se adhieren a ellas, no se sabe. Huele a sudor, pero sudor dulce, mezclado con el vívido aroma de las cortezas resquebrajadas y el aire frío en la nariz.

El jugo de un mango reventado al caer al suelo rezuma de la piel de la fruta y se mezcla con el barro. Detrás de la casa, las tortugas asoman sus cabecillas negruzcas sobre el murito que las contiene, y se aventuran a salir. Las patas de los reptiles dejan marcas invisibles a simple vista sobre el suelo. Una mariquita desciende sobre el caparazón de una. Ella se queda quieta, ahí, petrificada. Toda la vida.

El amigo da un par de vueltas a su alrededor, círculos que se expanden a su alrededor. A cada mirada, se aleja más, se hace màs borrosa su cara tras la neblina. Él va a llorar hasta que se despierte, esta noche. Él regula su respiración con los ojos cerrados, le impide responder a las preguntas. ¿Qué vas a hacer ahora en la noche? ¿Querés ver una peli en la casa? ¿Te podés quedar a dormir? ¿Querés ir mañana al parque a jugar bola?  ¿Tenés tarea?

El sol desciende, se precipita. Como un héroe milenario herido por  las flechas de un arquero chino que derriba diez soles (lo que uno se encuentra en librillos viejos). Se precipita detrás de las montañas. El púrpura recubre las paredes de las casas de la esquina y oculta los mosquitos y los gatos que huyen. Las hormigas portan los restos del mango hacia escondites que han estado allí desde quién sabe cuándo. Toda la vida.

Frena la bicicleta sin aviso detrás de él, se diría que en su nuca, que se enerva y tensa. Siente el aliento sobre el cuello. El olor a sudor. La última onda de calor del sol. El atardecer detrás de su espalda. Sobre su espalda. En el contacto momentáneo con su brazo. En la mano que la entrega de vuelta el control de la bicicleta. En la voz que promete esperar una respuesta.

A través de los árboles, se divisa una luz que quema como un sol diminuto. Rodeada de polillas desde ahora. Un perro ocioso se levanta y mueve la cola para saludar. Él entra en la casa, toma un bulto cualquiera, arroja una camisa cualquiera adentro, el desodorante, el cepillo de dientes, y ropa interior. Cierra las cortinas con lentitud y huye de la casa, en la que no podría quedarse encerrado toda la noche. Corre subiendo la cuesta. Corre hasta el final de la calle, hasta el final de la vida. Toca el timbre.

La noche finalmente. Sus manos son como ramas de árboles sobre el agua. Se complacen en su reflejo. Se deslizan sobre el aire como sobre una tela. Un cadáver: un avioncito de papel con las esquinas mojadas. Tal vez cayó desde su ventana. Su peso entero se balancea como una libélula sobrevolando los charcos.

 

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