La condición

Ella camina sobre unos tablones mojados, colocados a manera de puente sobre los charcos. Deja atrás las piedras lisas, resbalosas por la lluvia y el musgo, verdes casi, negras casi. Ella lleva los ojos cerrados como si supiera el camino de memoria, aunque no ha estado aquí antes, nunca antes. Ella pone a prueba el principio de repetición. Una filosofía dolorosa y muy íntima que se ha diseñado a medida. Que todo se repite en todas partes, en condiciones idénticas, en esquemas generales calcados uno del otro, en espirales que se contienen y se conectan una con la otra, vistas desde arriba como círculos concéntricos rellenos de espirales.

Así que esta calle y este pueblo y este lote deben ser uno con cinco, cincuenta más, en toda la extensión de su territorio conocido. Las paredes tapizadas de borrones rojos, negros, plateados. La luna se encoge como una nube despedazada por el viento. Ella se oculta detrás de un árbol, recorre el sitio con la mirada, ve que todo está igual, que todo está en calma.

Se acerca un hombre, debe ser un hombre. Tose. Aclara la garganta.

El pecho de ella se encoge, presionado por el calor nocturno. Ella se agacha para ver mejor en la distancia, le impiden la vista una cerca de madera quebrada y marcada de clavos, de chicles, de mierda de perro. El hombre se acerca de todos modos. Avanza de todos modos. Se coloca frente a ella con una cara de la que todos los gestos han sido borrados, erosionada, agrietada. Con esos mismos labios y manos secas, le extiende el brazo para levantarse y ella hasta ahora se da cuenta de que está mal, de que se siente mareada.

Abre las manos y contempla las líneas de las palmas amplificadas por las sombras. Se refugian de la llovizna al lado de una casa en ruinas, unas tablas podridas a modo de techo, un enredo de alambre de púas a modo de frontera, de borde exterior de un laberinto. Las casas deshechas, los árboles hinchados de humedad, el interminable barro. Se forma un patrón imposible de copiar. Se distancia de todo conocimiento previo. Ella ya no puede adivinar. Él la toma del brazo y le habla al oído.

No creí que fueras a encontrarme

Me duelen las piernas

Él se la lleva por un lado del camino, peor iluminado, si fuera posible. Las montañas se dibujan como borronazos de sombra. Como brochazos de azul. Las cigarras enloquecen, el jardín hierve. Los mosquitos apuñalan las piernas desnudas de la mujer y la nuca del hombre. La pareja encuentra un rincón al lado de un taller clausurado.

¿Cuánto tiempo te vas a quedar?

No quiero que me hablés así

Cómo entonces

Como

Ella se desabrocha la camisa aunque se sabe invadida por mosquitos. Reclaman su piel. Exploran su sangre. Vacían su interior. Despliegan su silencio ante la noche como una manta que cuelga de un cable en el patio de una señora gris, muda, que se asoma por la ventana. Los ve sin identificarlos. Clava sus ojos en el hombro, le da un nombre, se encoge de hombros, sabe que él no debería estar allí. De ella sabe poco.

No quiero saber nada más

Él pretende no oírla, pero ella repite sus palabras.

Me siento aquí encerrada (se toca sus propios brazos)              siento un hueco acá (se señala el pecho)               no sé qué quiero

                                             sé que esto no

Nunca has querido nada

Y tiene razón. Pero no va a desmarcar todas las señales con que se había trazado el camino, no va a desdibujar la trayectoria que, en arco, describe su vida desde la caída del sol hasta la nada de un charco en un pueblo perdido en la montaña, la luna sumergida en un sumidero de desperdicios, porquerías, mosquitos, ranas. Una serie de palabras oscuras y pegajosas, ella quiere evitar eso. Se levanta furiosa, se aleja corriendo, sus zapatos se hunden en la tierra revuelta por la lluvia, su piel se contagia de la podredumbre.

Toda se empapa del asco y del hambre. Fuera, estrellas. Fuera, nubarrones. Fuera, tablones quebrados, clavos herrumbrados. Caminando poco a poco de vuelta a su carro se adentra en el juego de espirales que conoce tan bien y piensa si no sería más bien todo lo contrario de lo que dijo al hombre. Huele su cuerpo a la distancia. Se moja de su sudor a cientos de metros. Cierra los ojos sobre su espalda a centenares de kilómetros.

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