Perros y flores

Desplazás la noche con la punta de los dedos,

suspendés el calor con la cara reflejada en la ventana,

el vidrio sucio filtra la luz de una luna empapada.

Todo el esfuerzo cargado es ajeno,

todo arrebato un casquillo reventado,

el vidrio sucio deforma la mirada.

Una invasión de escarabajos.

Una caminata de perros y de flores.

Un hachazo en el hombro derecho.

Entre los dedos y debajo de la piel.

Todo por labios que se van a marchitar,

piernas que se van a quebrar,

ojos que se van a desmoronar y quedar

para repuesto de hormigueros.

Movés el pasillo, los marcos se hacen triángulos,

las luces cañones,

el piso se cubre de guirnaldas,

las esquinas se doblan en reverencias,

la voz en espirales.

Nada, puedo hacer profecías,

tonteras mías, locuras mías.

Que convertís café en agua sucia y cada minuto en plomo,

cada intención de fuerza en un comentario periférico

y todos los perros y todas las flores en un cosquilleo en las palmas de las manos, las piernas, los hombros, el cuello y por supuesto,

los ojos.

 

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