Música para aeropuertos

El tiempo muerto en la sala de abordaje de un aeropuerto, el que sea. Llueve afuera, una lluvia finísima, constante, una cortina gris que se expande y barre todo el mundo. Peina las cañas a lo lejos, carga las hojas de los robles y las mandarinas de agua sucia. Una señora alemana se abanica y pasea su mirada por todas las molduras de los muebles, el tapiz, las ventanas. Recuerdo la lámpara redonda de mi cuarto, con una nube de mosquitos alrededor.

Vemos la pantalla a ratos. Vemos luchadoras mexicanas tirándose unas a otras contra la lona, de cara, agitándose sillas como amenaza, apretadísimas en mallas fosforescentes, labios reventando de rojo y fuscia, moños recogidos sobre sus nucas morenas. Una muchacha examina sus piernas negras, preciosas, delicadas, lisas como el tronco de un árbol quemado (o muy joven, nuevo, verde). Ojos bellísimos bajo párpados recargados de delineador.

El zumbido de una aspiradora circula los oídos. Vemos al conserje acomodarse un rosario debajo de la camisa. Una pareja de ancianas españolas, grises, disimulando la vejez con trajes satinados y chales rosados. Atienden a un gato que dormita en una jaula oscura y pequeñita. ¿En qué pensará el gato mientras vuela? Que piensen o no, da igual. Un gato, contemplando una pared vacía y oscura. Tantas horas. Las señoras se dan la mano y esperan.

Las luces del avión que recién aterriza atraviesan la pared de lluvia como por milagro, opacas, difuminadas. Vemos a una chica comiendo maní por inercia, sacándolo de una bolsita plateada de cuatro dólares (maní del trópico, orgánico, saludable, integral, light, se come solo).

Cambian de canal. Vemos una competencia de motocross, barro por todas partes, cascos pesadísimos, banderines de colores con letras diminutas. Barro por todas partes, en el lente de la cámara.

¿Qué hay en diez horas sobre el Atlántico? Se suspende el cuerpo sobre un hilo delgadito, pequeñito hecho de nada. De nube. De celeste. De zumbido de motor. De reflejo plateado sobre los aleros y los motores.

Recuerdo la cara de un niño, en un aguacero. Cuidaba carros en el parqueo de un hotel de montaña. Era hermoso. De vez en cuando se escapaba para ver las truchas picar el anzuelo que tiraban los clientes en la poza. “¡Pesque su almuerzo!”. Nos vimos fijamente durante apenas medio minuto, menos que eso. Pero eso ha durado para siempre.

¿Habrá que suprimir el olor, tal vez? ¿Para aislar al individuo, preservarlo, conservarlo en un estado inanimado, de perfecta incapacidad para hacer cualquier otra cosa que no sea existir? Eso hacen las terminales de avión, los aviones mismos. Suspender la carne en aire acondicionado y preservarla, domesticarla para que espere.

¿Qué hay en diez horas sobre el Atlántico?

Ojalá que el gato pudiera ir viendo por la ventanita circular.

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