Jueves Santo

Sōami, Garza blanca sobre un sauce nevado

Un Jueves Santo al mediodía, la familia se reúne para almorzar. Lejos de casa, es difícil calcular la hora. En la playa todas las horas son una y la misma; la noche es siempre una sorpresa desagradable. Papá ha pasado la mañana cortando unas pipas con un machete prestado por un vecino que a veces aparece por ahí a la hora del café. Le llaman Mono Chingo y al niño siempre la ha parecido el más extraño de los apodos. ¿Qué puede hacer uno para merecer ser llamado Mono Chingo? Pero ahí está siempre, nadie sabe su nombre real, nadie recuerda si toma negro o con leche. Solo aparece, deja o recoge alguna herramienta y se va.

Papá sube a la casa construida sobre pilotes y llama con señas al niño, que se baña enfrente, en el mar revuelto. El niño enceguecido por el sol apenas ve una figura moviéndose en la casa, adivina que lo llaman a comer. Había suprimido toda sensación similar al hambre, al sueño, todo dolor físico. Hecho uno con el agua salada, a cuya entrada por la boca o los oídos el cuerpo de resistía, se había desprendido de sus dientes, de su pelo, de sus uñas., de sus huesos. Nada quedaba de la solidez anterior de sus formas, era todo movimiento y oleaje. Restos de animal muerto flotando en el Caribe.

Sale del agua y el peso insoportable de la arena y el agua en su ropa le hacen casi andar de rodillas. Destellos ocasionales lo obligan a caminar con los ojos entreabiertos; de todos modos, conoce bien el camino de vuelta a la casa. Cuando va por la entrada, ve como papá enciende el televisor. Como polillas sedientas de luz al encender un bombillo, todos se abalanzan frente a la pantalla. Abuelo se acomoda justo enfrente en su mecedora. Mamá vuelve a ver sin soltar la cebolla que está pelando. La abuela deja de lado lo que sea que está tejiendo (nadie sabe), arrastra los pies hasta la habitación y luego regresa con el libro de crucigramas para sentarse al lado de su esposo. La hermana escribe mensajes en el celular desde la mecedora, con las piernas cruzadas. Bosteza. Se suelta el pelo y se vuelve a hacer la cola.

Pasan Ben-Hur, de nuevo, para siempre. Cada año se ve como si la cinta que conserva la estación de televisión se gastara más y se cubriera de una nueva capa de polvo. Los colores desvanecidos y la música destrozada la hacen más física, más inmediata. No es una serie de luces y fotografías, ilusiones, fantasmas. Es una cinta viva que corre, que se revienta, que es posible tomar en las manos y deshacer. Es como el zacate seco que hiere las plantas de sus pies.

Encuentra la ducha abierta detrás de la casa a pesar de su ceguera temporal, se baña, el correr del agua apaga la estruendosa y granulada música de Ben-Hur. La costra de arena adherida a sus brazos y piernas se quiebra y desintegra. Mira una colina detrás de la casa, a varios cientos de metros. Está rodeada de matorrales y de árboles frondosos, que ocultan su base y apenas dejan a la cima asomarse por sobre la gran mancha verde. Cerca de la cima, un perro famélico escarba en la tierra, tal vez buscando algún gusano para calmar el hambre. Una garza extraviada salta de tronco en tronco. El mugido de vacas, lejano.

El niño siente que puede abarcarlo todo. Comprimirlo en una piedrita redondeada por millones de años de mareas altas y bajas, por el viento. Tirar la piedrita, retarse a que llegue cada vez más lejos. ¿Qué no podría caber en la palma de la mano? Solo el calor. Todas las piedras son frías.

¿Qué es la voz de mamá? No la conoce. Ningún instinto primigenio lo dirige hacia ella, nada de calidez, ni siquiera la obligatoria. Se da cuenta: le ha resultado imposible acercarse a mamá con la ansiedad que lo hacía hace apenas tres, cinco años. A papá ni hablar. Es una sombra gigantesca que pasa por la casa, que alza el machete para exhibir vanamente los músculos pobres que la vida en la ciudad le permite ejercitar. Son fósforos inútiles, carbón húmedo.

De pronto está en una montaña, fría, en un día lluvioso. Todo lo cubre la niebla y se difuminan los contornos del camino. Anda con unas pesadas botas de cuero que son de su abuelo, pero que, empequeñecidas le calzan a la perfección. Le parece oír mugidos. El viento sopla y canta como un arroyo inmenso, etéreo. El silencio es terrible y se come los bordes del sendero. Es como si la vida fuera succionada a su alrededor, expulsada a los márgenes de un territorio sobre el cual él se proclama único habitante y dueño. Comanda las vidas de minúsculas mariposas anaranjadas, gusanos peludos y también de dantas y tigres que nunca se dejan ver. Conforme va caminando se va creando el mundo, emerge de una densa nube blanca. Antes de él, detrás de él, frente a él, no hay ni pudo haber nada. Es él quien remueve las oscuridades y vacíos de la montaña para condensarlos en hojas tiernas y rocas empapadas de rocío. Se acerca a un tronco caído sobre el que está sentada una mujer, tiene que ser una mujer, de pelo largo y negro. Está toda vestida de colores oscuros, grises, cafés, vino. Tiene los labios repletos de palabras de tinta morada y los ojos llenos de hormigas. En su regazo duerme una garza hecha de granizo y nieve.

Un rayo de sol intenso le dispara directo al pecho y lo coloca en la playa, bajo el chorro de la ducha detrás de la casa. La luz sabe a miel y a madera. Abre canales a través de su piel por los que corren hojas podridas en el agua absorbida del mar. Recuerda a la mujer, quiere hablarle, quiere verla de nuevo, pero solo consigue un cuadro fugaz de una sombra negra sobre un tronco. El resto es silencio blanco.

Mamá. “Ya está la comida, ¡suba ya!”.

El niño sube por las gradas con la pantaloneta empapada y los bolsillos aún llenos de arena. Pero no es arena. Es inmensidad.


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