Cielo bajo

La playa, abierta y desgarrada por el viento helado. Los troncos cubiertos de cangrejos diminutos y las palmeras resecas por la arena. Ella, hace treinta años, con el pelo en una trenza sobre el hombro, recogiendo conchas en un balde rojo. La máxima afirmación de la vida es que termina.

Una mujer se envuelve en una cortina transparente, cubre sus senos con un brazo y mira por la ventana. Su aliento cálido empaña el vidrio. Aunque quisiera por un momento agotar todas las vías que circulan alrededor de su existencia, y rebanarse hasta la muerte, no tiene el valor. El cuerpo permanece. Alguna sustancia que por años ha sido vista desde arriba y desde lejos, con mil nombres, flota dentro de ella y se acumula en algunos rincones. Los nudillos, los hombros, la nuca. Luego, como si huyera de su percepción, estalla y se derrama por todo el interior de su cuerpo. Es roja. Es el interior del alma.

Ella, hace treinta años. Ella carga un montoncito de arena por unos cuantos metros, arena que cae entre los dedos húmedos de niña, se reúne con el centenar de billones de granos más que hasta la próxima vuelta de ciclo estarán ahí recibiendo sol y lluvia, quebrándose, repartiéndose costas y playas, por todo el mundo. Las nubes se desplazan en direcciones desastrosas pero con un impulso que nadie puede frenar. Hacia el este, lejos, dispuestas a chocar una con otras y morir en una explosión imperceptible.

Las piernas recuperan la fuerza y ella empieza a caminar, se separa de la cortina y desliza su cuerpo desnudo porlas paredes de la casa. Las luces apagadas y la penumbra del atardecer son su único resguardo. Algún cuerpo conocido se estira sobre la silla blanca del jardín, así que ella se lanza hacia el otro lado de la casa. Recoge un vestido azul del piso y sale.

La calle de lastre está vacía y se abre hacia un horizonte que nadie ha explorado desde su construcción; pero está toda marcada de llantas de camiones sobrecargados de licor de contrabando, de juguetes chinos mal coloreados y de toneladas de galletas, el único lujo que llega a los almacenes más cerca de la frontera.

Ella, hace treinta años. Una fuga de luz blanca. Una repetición de sonidos antiquísimos: la puerta del carro de papá que se abre, los pies que derrumban montículos de arena, las olas, siempre las olas, por más atrás que se retroceda, siempre las olas circundando las orillas del cuerpo. Marcan el lugar último. Hasta donde se puede bañar la chiquita.

Continúa una hora, tres horas, caminando por calle abandonada. Varias veces le pasan camiones al lado pero ella ni los escucha. Pero vienen, uno tras otro, a espaldas de ella. Está tan lejos, está tan oscuro, vienen tan rápido. Apenas nota la variación en la brisa. No oye los pitos ni los gritos de los conductores. Se ha hecho de noche. Apenas se siente caer sobre el monte, sobre la cama de zacate empapado.

Ella, hace treinta años.

Las olas sobre sus pies diminutos. Sobre su espalda. Ella acostada en la arena. Los cangrejos aparecen y desaparecen por agujeros que nadie nota a simple vista, solo ella.

 

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