Los materiales proféticos

El hombre tiene una única obsesión: admirar los patrones decorativos de las sombrillas desde arriba. La indiferencia es la peor amenaza para los filamentos que unen cada órgano, que conectan los ojos y las manos, los pies y los labios. Por ello, la mirada no castigante, no desde una torre, no superior, desde el segundo piso de una cafetería en el centro de San José. Una mirada expansiva, que no tiene límite en las esquinas ni las baldosas de los edificios viejos, ni en los rótulos de neón cagados por palomas. Suficiente luz hay para que no se apague.

El corazón se ha vuelto, también, abierto y estirado. El espacio del mundo, todo lo que hay en él, ha penetrado en un recodo del alma como un estampido, sin bulla ni advertencia alguna. El poeta solo es poeta cuando está en exilio. Antes es fotógrafo, registra los paisajes mejor que cualquier lente, se imprimen en él con colores que el rollo no podría fijar. Lo que carga las luces, bajo sus párpados, y las que brillan detrás de la cortina de lluvia, es la certeza de que ningún verso, ningún destello, va a servir de nada, toda poesía es inútil: pasa una mujer llorando, carga un paraguas de gatos, con un motivo rosado alrededor. A ella ¿qué le va a hacer una guirnalda de palabras, por más hermosas que sean?

Yo no sé. Yo solo sé de su nariz.

 

Gonzalo Martín-Calero

Todo se lo lleva el polvo. Es como un río, pero nadie puede verlo. Pasa por la Avenida Central, y del Mercado Borbón a Los Yoses. Después se dispersa, seguramente, allá hay más árboles, lo absorben las hojas tiernas, o se hunden en los caños, allá lejos no llenos a reventar de Trident masticados y de bolsitas arrugadas de confites. Qué largas son las horas de la existencia mía. No debe haber esperas más extensas que las que se desenvuelven como rollitos de tela sobre la mesa, suspendidas entre las manos relajadas, palmas sobre la madera, el dorso salpicado por una o dos gotitas de café o de rocío. Allí se detiene la historia. Muchas historias.

Contenerlo todo en un instante. Todas las montañas. Todas las lagunas. La lluvia en el pelo. Los paraguas de flores. La tela rota y empapada de los zapatos. El olor a cuero húmedo. Todo, todo. Desde el balcón, se ve a un muchacho, muy joven, las pestañas pesadas, el pelo alborotado: va a caminar desde alguna zapatería hasta el quiosco del banco, y luego va a desaparecer. Nunca va a saber que él, el hombre, desde arriba, por una casualidad que diríamos mística, lo vio, lo retendrá en su memoria para la eternidad. Cuando toda la belleza se desvanezca, porque todo, todo se gasta y se ensucia, lo va a conservar como una naranja en un campo abierto que brillara por luz propia, desnuda en el sol. Se va a inclinar sobre ella.

La voluntad de la eternidad lo va a transformar todo en una única plegaria remachada en sus bordes por el eco y por el reflejo de ventanas en los charcos. La puertas se unen sí a las ventanas, las rejas se convierten en borrones negros y los pájaros en comas en medio de sus frases.

Él se aleja. Él no ve a los ojos, nadie ve a los ojos. Nadie es profeta en su propia tierra. Nadie está completo y rebosante de vida hasta que no se encuentre tirado, con la boca reseca, en un desierto con arena de ámbar, cielo de añil y la voluntad de imaginarlo interminable para que la sed nunca sea colmada.

Nunca vas a dejar de tener sed. Nunca va a querer dejar de ver sombrillas por arriba y pensar en los gatos bordados en ellas, en las estrellas, en las flore inexistentes, en los colores chillones.

 

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