Mickey Mouse

Como en un episodio malo de Lo que callan las mujeres, Tía Sonia se lleva las manos a la cabeza y se retira a la cocina aullando maldiciones contra todos los ladrones y negros del mundo. “Claro, Tía, porque ningún blanco es capaz de agarrar una pistola y disparar”, se atreve a decirle Mauricio, enfurecido. Nadie le presta mucha atención, todos se quedan sentados en la sala con las manos entrelazadas sobre el regazo, o en una esquina llorando con la cara tapada, como Fio.

Los cubitos de hielo tintinean al quebrarse en los vasos de Coca-Cola sobre la mesa. La única luz que entra es la que, como si fuera vertida con una cubeta desde el techo, desemboca desde el patio interno. Allí, las macetas resquebrajadas están cubiertas de hormigas. Me alejo de la sala, del grupo que se lamenta y se maldice, y me apoyo en la puerta. Por primera vez en horas, silencio profundo. Los músculos cansados en los muslos y la tensión que hace estallar el cuello. Pero uno debe enfrentarse a la muerte como a cualquier otra cosa: como a exámenes de la U, Tatiana. Como a el próximo partido, Gus. Entre ellos se consuelan, inventando adjetivos cada vez más graves para la pérdida del primo más querido.

No es que no lo he amado. Es que la muerte me deja indiferente. No puedo llorar. Me ven feo. Actué un rato, cuando llegó tía Pilar, la madre, la herida en lo más hondo, la que se ve de pronto más delgada, más bien hueca en el centro, sin aire ni estómago. Lloré más porque ella estaba deshecha, no podía sostenerse en pie y Mauricio tenía que tomarla del brazo para subir las gradas, a ella, una mujer perfectamente sana de cincuenta años. Verle el pelo hecho una desgracia y los labios pálidos sin maquillar. No es ella. Por eso lloré.

No es que no he amado a Julio. Siempre nos llevamos bien. No hablábamos mucho, pero tampoco nos habíamos distanciado ni mucho menos. Almorzamos donde tía Pilar la semana pasada y al acabar, estuve en la terraza hablando con él como dos horas. Me contó de la novia que recién dejaba, de Bailando por un sueño, de las que cosas que Andrés, su hermanito, se había comprado en Disney. Se levantó y me trajo una cajita de los más variados chocolates. Nos comimos todos.

“Y Mickey Mouse ni siquiera apareció, nunca. Uno pensaría que hay como ochocientos en todo el parque, pero no. Ni uno”. Me sirvió más jugo de naranja. Llovía. Ni una posibilidad dee jugar futbol y yo con la bola entre las piernas, esperando a que él fuera el primero en proponer una mejenga bajo el aguacero. Tampoco quería jugar tanto, soy malísimo, pero quería complacerlo, sé que cuando lo visitaba era su mayor alegría, porque Andrés era todavía muy pequeño y Tatiana jamás ponerse a jugar.

Con todo, no puedo llorar. ¿Qué puedo hacer? No quiero. No quiero llorar. La pena regresa como a ratos, en manchas, una alergia, escozor. A alguien se le ocurrió encender el radio, muy bajito, yo que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno que han vertido en ti cien pueblos de Algeciras a Estambul para que pintes de azul sus largas noches de invierno, pero tía Sonia regresa, implacable, apaga el radio, enciende todas las luces, escandalosa se acerca a Pilar y la abraza. Hacer de la muerte un evento y un espectáculo. Esto es darle demasiada importancia.

No saben que todo esto se va a morir. Que por más que Angelita siga barriendo esta casa por siglos, y lo dudo, porque le duele la cadera y camina ya encorvada, igualmente se caería la casa pedazo a pedazo, como se ha caído él, él de golpe, de un disparo, en la acera, frente a la pulpería. Pero quién soy yo para decírselo. Quién soy yo para saberlo, me dirían, a mí quién me mete, callate, no digás esas estupideces. Pero yo quería oír a Serrat. Egoísta. Insensible.

Así que uno se convence de que desaparecer de acá, de la vida, es un evento mágico, una fuerza sobrenatural que engloba a todo y a todos y nos deshace por dentro y por fuera. A mí, decirme eso. Me parece más increíble no ver a Mickey Mouse en Disney que morir. Pero quién soy yo para saberlo. Estoy cansado de toda la ceremonia. Jamás dejé de quererlo, pero no puedo llorar más. Unos estamos, otros no. No sé yo. Mejor regreso a la sala, me mezclo entre todos, y ahogado en el olor a lágrimas, me pondré a llorar, por un día, dos días, diez días. Hasta que haya que regar las plantas, barrer los pasillos, cocinar la comida para el cole, planchar las camisas y dormir  en la tarde tras ver Lo que callan las mujeres y algo en Disney Channel.

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