1996

Siempre que pienso en 1996, y no es que lo haga muy a menudo, me siento un poco desconcertada evaluando las razones por las que me fui de casa. Cierto es que los problemas entre mamá y yo no eran nuevos, y que yo ya estaba en edad de hacer mi vida sola por otra parte, pero aún pude haber aguantado más. Como decía Julie, la australiana, I could have endured. La casa de Hatillo no era tan grande como para mantenerme en los rincones, cercana a las paredes, procurando no hacer ruido para no molestar a mamá o al ya para entonces desorientado papá; tampoco era tan pequeña, sin embargo, como para provocarme sensaciones de mareo ante acosadores monstruosos, como me los imaginaba yo.

Supongo que por aquel entonces ciertas circunstancias me indujeron a componer un retrato de ambos, y de los vecinos, y de todo lo que me rodeaba, que resultó muy desalentador. Demasiado para tolerarlo. Yo tenía, claro está, mi propia habitación, alejada de la sala, de la cocina, de la de mis padres. Tenía un refrigerador pequeño inclusive, heredado de mi abuela, esa mujer que férreamente se asió a su independencia hasta el fin de sus días a pesar de las condescendientes ofertas de mamá para acompañarla. A ella no le afectaban la conmiseración ni la comprensión forzada. Quería agacharse ella misma para alimentar a Bodoque y a Bruno, aunque maltratara su espalda. Quería echarse a morir con el punzante dolor de rodillas, pero sentirse satisfecha con haber hecho el viaje a la feria por su propia cuenta.

Yo veía a mi hermana y me sentía sofocada. Todos los domingos venía con Mario, su esposo, y el bebé en brazos. Me los arrojaba a mí no más entrar, ella creía que yo no me daba cuenta de que todo el viaje en el carro había pensando “Que lo cuide Daniela. Que ella lo calle si llora”, y creía que no notaba el brillo en sus ojos cuando yo fingía alegría al recibir a mi sobrinito y llevármelo lejos, al patio, a la cocina. Mi conmiseración la tranquilizaba, reventaba algunas cuerdas que encerraban su boca a lo largo de la semana, le permitían desahogarse con mamá. Pero me parecía curioso que cuando por fin podía hablar de otros temas, Dieguito era el punto en torno al cual todo giraba. Recuerdo estar sentada una mañana sobre el desayunador, oyéndolas hablar, chineando a Dieguito, y pensar “No quiero ser así. No quiero ser Marcela. No quiero tener que cargar con tres cajas de pañales en la guantera y siete en la cajuela; no quiero tener que dejar de fumar si se me hace vicio; no quiero tener que comer con mamá todos los domingos a las once en punto aunque no tenga hambre”.

Quizás fue entonces cuando empecé a desgastarme, a sentirme abrumada. Quizás ya para esos días la decisión había brotado en mi interior, aunque yo no la aceptara y enfrentara aún. Y mamá la traía a la cocina, a Marcela, para enseñarle el microondas y calentaba el pan dulce, y se felicitaban una a la otra por la eficiencia del aparato; me levantaba y me escondía en mi cuarto, y solo entonces Dieguito empezaba a estorbarme. Quería irme, llamar a Karla, irme a su casa, hablar de Santiago, de Michael, de las cartas mal escritas en papeles arrugados que me enviaba con Raquel, que se reía y salía corriendo.

Pero mamá se acercaba de nuevo, y yo podía escucharla: “Tu hermana me preocupa. Sale mucho. Va a quedar embarazada. No tiene temor de Dios, te digo. No va al culto. Se va a jalar una torta. Anda demasiado con Karla. Karla se maquilla como una putilla. Doña Gladys me contó que vio a tu hermana de la mano con un carajillo de allá arriba, por el polideportivo. Solo las putillas andan de la mano de los hombres en la calle cuando no son nada. Y anda con playos, un muchachillo que está en el colegio, seguro lo conocés de vista, no me gusta que ande con playos. Tu hermana se aleja de Dios”.

¿Te parece ahora que lo hice, mamá? En 1996, una noche, no aguanté más y empecé a gritarle. Le di una cachetada que me ha dolido más a mí que a ella durante todos estos años. No me extravié. No me hice una putilla. Ni siquiera me alejé de Dios, simplemente decidimos quedar en términos amistosos, enviarnos tarjetas en Navidad y dejar de hablarnos. No volví a ver a Michael, si eso preocupaba tanto a mamá. Ni a Raquel, que en efecto quedó embarazada en quinto año y tuvo que salirse del cole y luego se casó con un muchacho gordo que no era el padre (ella lo convenció de lo contrario) y que luego le pegaba. Lo último que oí de ella, hace años, fue que vivía en Belén, con un gringo viejo, nada cambió.

Yo, una noche como hoy, hace exactamente catorce años, me fui de la casa. Se murió papá. Me casé. Me divorcié. Me casé de nuevo. Me tiene harta, no quiero hablarle a mi esposo. En cierto modo, le agradezco a mamá haber pronosticado mi ruina a la vez que la culpo de ella. Pero más fuerte que esos dos sentimientos, tengo la sensación, digámoslo de una vez, la satisfacción, de haber echado a perder mi vida totalmente desconectada de ella y de papá y de mi otra abuela, que era igual que mamá.

Se siente bien. Estoy fumando Delta, cigarros de guachimán, sentada en el balcón de lata. San José se ve precioso de noche, digan lo que digan. Veo las luces del centro titilantes, muertas de frío, como si fueran todas fogatas y en torno a ellas, sentadas, sombras de aventureros, exploradores. De gringos que andan buscando mariposas azules. Y sombras de chiquitos, y de señoras gordas que se amarran en el pelo con colas reventadas de tela, azules, con hilillos plateados, compradas en paquetes de tres por mil colones en la Avenida Central o por el Correo. Me ahogo.

Lo peor de todo es que nunca me acostumbré a dormir acompañada, me moría de calor. Por eso me divorcié de mi primer esposo, porque le encantaba dormirse abrazado a mí y yo me ahogaba de calor con su pecho desnudo y febril sobre mis senos oprimidos y mis pulmones agotados. Le dije que no lo amaba más, nunca lo hice, pero pude haber seguido viviendo con él, si no tuviera esa costumbre. Me pregunto si habrá encontrado alguna mujer a la que le encante que un hombre cálido se duerma sobre ella y ronque hasta las dos de la mañana. Él era de Coronado, allá hace frío, de seguro encontró a alguien; espero que sí.

¿Y yo? En 1996 me veía en el futuro casada y cargando con niños y lo odiaba. Tengo treinta y tres años. No sé qué quiero hacer con mi vida, no quiero hacer nada. Quiero fumarme toda la cajetilla y comprar comida en el chino y una botella de Coca-Cola Light, sentarme acá de nuevo, echarme una manta encima y escuchar los sonidos de un sábado por la noche en un barrio poblado de viejitas. Los gatos que corren sobre las latas de zinc y los carros en la autopista. La brisa helando mis huesos. Telenoticias en un televisor un par de pisos abajo. Veo el brillo desde acá, y pienso cuando aún vivía con mamá y ponía canal 7 sin falta, y veíamos las noticias y luego comíamos, y yo me tiraba en el piso de mi cuarto a leer la Perfil y ver tele, hasta el día en que mamá llegó y me quitó todas mis revistas y me dijo que así no se vestían las señoritas y empezó a revisar mi clóset.

Quiero dedicarme a esto toda mi vida. A fumar Delta y comer arroz cantonés. A dormirme en el sillón y despertarme a las seis de la mañana con el cuello torcido. Amanecer envuelta en cobijas de lana pesadas y olorosas al incienso que nunca apagué. Con todo, diría que 1996 fue un buen año. Sobre el 2010 no he logrado decidirme.

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4 comentarios en “1996

  1. Me ha encantado este relato, en donde lo cotidiano es bulllicio y marca la piel con la rutina, jajjaja me hizo mucha gracia el final, ah, cuantas veces no he apagado yo el incienso. Muy bueno. Un abrazo.

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