Los tomates

– ¿Viste que volvieron a salir tomates, Ana?

– Claro, papá, desde hace rato. Es más, son los que agarro para la cocina. No voy a comprarlos ya.

El anciano, con las manos en la cintura, contemplaba los frutos reventando de un saludable color rojo. El gato sacudía la cola, echado al sol junto al limonero. Los canarios revoloteaban y golpeaban el tarrito lleno de semillas, que eran su comida. De vez en cuando, una que otra caía a la tierra, húmeda por el rocío de la mañana. Una brisa suave soplaba, así que él había tenido que volver a su habitación a buscar su abrigo de lana. A su edad, un catarro se extendía hasta por una semana. Sentía un ligero dolor, como un punzón, que escalaba en sus piernas, como una herida en los pies que se estuviera extendiendo poco a poco hasta las rodillas. Quemaba.

Bocinas de camiones se amontonaban, todas la misma, todas al unísono, detrás de la tapia. Más allá estaba la carretera, la gasolinera, el hotel. Acá, el yigüirro buscando en qué rama estacionarse por un ratito, las hojas acariciando los tomates, las hormigas bordeando las maceteras, toda con la carga de una hojita. Unas de ida y otras de vuelta. Él quiso preguntarle a Ana si ya le había contado a su mamá lo de los tomates, pero lo recordó. “¿Te vas a quedar a almorzar hoy?”, fue lo único que pudo decir. Pero le salió una voz tan débil que su hija ni lo notó. Ella se volvía, se escondía tras la refrigeradora, abría el tubo, picaba la cebolla. La tetera silbaba.

Cuando Ana y Sergio eran pequeños, los había llevado una tarde a una finca en La Garita, cuando todo era charral, monte, maleza. Se bajaron del carro para apear jocotes; Ana corrió para saltar de primera al árbol, y se prendió de inmediato de una rama. Sergio llegó un poco atrás, saltando sobre troncos podridos y rocas. E Isabel, que se sentó en otro tronco, silenciosa, acariciando su cuello, soltando su cabello para que se sacudiera con el viento, le cubriera su cara, se enredara en el encaje de su vestido. Él la miraba absorto.

El gato bostezó y se irguió sobre sus peludas patas. Saltó a una maceta de arcilla vacía, y luego hacia el árbol. Allí bostezó una vez más.

– Ana, ¿cuántos años tiene este bicho?

– ¿Quién, Benjamín? Como diez, mínimo. Imaginate que mamá estaba viva cuando te lo encontraste.

-Ah, ya.

El animal se rascaba la cabeza. Como decía Isabel, tocando guitarra. Como no podía más con el dolor, se sentó en la grada bajo la puerta. Sus cordones estaban desatados, pero por alguna razón, creía que no podría amarrarlos si lo intentaba. Mejor dejarlos así. El gato saltó de vuelta al piso. Los tomates brillaban al sol, y de pronto no le dieron ganas de enseñárselos a Isabel sino de que los probara, de que los comiera, frente a él. De que hiciera una ensalada como las que siempre rechazó porque le daba pereza tener que comer hojas y más hojas, como llamaba a la lechuga, para llegar hasta el queso, las frutas, la zanahoria, el tomate. Y ella se agachaba cuando él se sentaba al borde de la cama, para amarrarle los cordones de los zapatos, mientras él se ajustaba el reloj de pulsera, se abotonaba las mangas de su camisa, se cercioraba de que la corbata estaba recta. Los yigüirros cantaban entonces para pedir agua, eran varios, se amontonaban y picaban la sandía, el mango, el durazno, a cuyo jugo derramado llegaban las hormigas, rodeaban los riachuelos del jugo, lo bordeaban, trazaban nuevos caminos, se perdían detrás de las chinas, las china que Isabel cuidaba como si fueran flores que valían la pena, se burlaba él, y ella les hablaba, le hablaba al limonero, le pedía que nunca se muriera, y miralo

– Miralo, Ana, vení, vení

miralo Antonio, fijate, me hace caso el condenado, no ves que hasta flores echó, y ella se reía, reventaba en risa, porque el limonero le había hecho caso aunque él había pronosticado que deberían cortarlo en un par de meses porque estaba totalmente seco, desde la raíz, lleno de musgo como un tronco podrido en una finca ajena, detrás del alambre de púas doblado de tantas veces que niños y señoras habían llegado con bolsitas tejidas para recoger los jocotes, deliciosos, que de pesados hacían a las ramas doblarse hasta el suelo, sí, eran tantos, o tal vez eran así las manzanas, o los mangos

– Vení, vení

– Ya voy, papá

a la orilla del río que pasaba detrás de la casa, entonces todo esto era un cafetal, Ana estaba muy pequeña cuando eso, y los masajes en los hombros, por qué era tan callada, me debería haber obligado a hablar más, a hablarle más, a contarle mis cosas y a sentarme a escuchar las de ella,

– Mirá al bichillo

– Qué varas

(El gato, el gato jugueteando con los cordones de los zapatos, tirado panza arriba, feliz con los cordones que lanzaba hacia el cielo solo para verlos caer sobre su hocico y mordisquearlos y perderlos de nuevo, darse vuelta sobre su lomo, y luego, irse, echarse a la tierra, rodar sobre ella, cubrir su pelaje de rocío, de hormigas, de telarañas, de barro, de aire)

escucharla todo el tiempo y callarme, y tráermela al patio, sentarme acá mientras Ana hace el almuerzo que sí, sí se va a quedar a comer con él pero se tiene que ir temprano porque tiene mucho que hacer en la oficina, te voy a dejar listo el coffeemaker papá, sólo tenés que encenderlo, e Isabel sentada en el borde de la macetera riéndose porque hasta flores había echado el limonero y porque en una esquina del patio, húmeda y oscura, bajo las latas que nadie reunía fuerzas para botar, escalaba una maraña de hojas altísimas, de tallos altísimos, y entre ellos, ellos rebosantes de vida, tomates perfectamente rojos.

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