La cortina

Una mirada furtiva frente al Teatro Nacional. Hacia mi cabello que, alborotado, oculta mi cara, latiga mis ojos y mis labios. Hacia mis piernas cansadas y mis pies hinchados por llevar tacones altos todo el tiempo. Hacia mi cartera fulugurante al sol de las cinco, el ámbar citadino que tiñe todo de tedio. Nunca nadie me había mirado con tan breve e intensa ternura. Siempre la contemplación embobada, los halagos premeditados, la ensoñación marcada sobre mi cuerpo. Pero él, él me ha visto como se mira una vitrina, como se ojea un libro nuevo, como si estuviera comprando ese saco gris que hace saltar el color de sus ojos.

Como una estúpida, como una niña de colegio católico antiguo (porque ahora eso ya no significa nada) impresionada por la atención que derrama sobre ella un caballero del banco, del gobierno, de 1920, de Europa, empiezo a caminar en círculos, prácticamente, dudo si debo cruzar la calle o devolverme pretendiendo tener una excusa. Podría sacar el celular de mi cartera, pretender que me llaman, pasar frente a él de nuevo, y esta vez ser yo quien mire, tentadora, ofreciéndome. No puedo, no tengo cómo. No sé qué parte de mí sacrificarle.

Sigo caminando. El grandilocuente nombre de Paseo de la Unión Europea le queda enorme a esta calle adoquinada. Plantas colgantes, faroles iluminados ya, contaminados en su sombra por millares de cordones de zapato, de perritos de cuerda, de calzones multicolores, de mangos, de aguacates, de estuches para teléfonos celulares, ofrecidos por docenas de gritones vendedores. Sin notarlo, vuelco hacia la otra dirección, hacia la iglesia de La Soledad, que se abre casi majestuosa, casi, al final del recorrido, como en una explanada, como al fondo de un valle de concreto. El ruido disminuye, como si fuera descendiendo hacia un embudo, una botella. La panadería enfrente, las tiendas cerradas, las vendedoras que bostezan, todo, todo me empuja hacia abajo. Y de pronto siento como si me estuvieran siguiendo y me están siguiendo.

No me detengo. Él no puede hacerme detener. Él no debe tocarme jamás. Por vicio o virtud, doblo a la izquierda, no cruzo la calle hacia la iglesia. Es más, me devuelvo, a la plaza, lejos queda la estatua de Carlos Gardel, las macetas con flores resecas del centro de la plazoleta. Al votearme, era inevitable, cruzo la mirada con él de nuevo. Es a mí a quien busca, entre todas. Casi sonríe, casi se aproxima para hablarme. ¿Qué clase de amor viciado puede impulsar a un hombre a seguirme por varias cuadras?

Entro a un café que no conozco, me saluda un hombre de cabello cano y me ofrece un café sin haberme siquiera sentado, lo acepto, elijo el sitio junto a la ventana, como si quisiera que él se de vuelta, pase frente a ella, y de pronto, echa la silla hacia atrás, pide permiso con un gesto, se lo doy, se sienta y se excusa, se vuelve para pedir un café negro, fuerte, muy fuerte si es posible, el hombre viene con mi taza. Él dice Me llamo Marco, yo digo, me llamo Mónica, bebo el primer sorbo y sus ojos azulados recorren mi torso y mi cuello, mi cuello pálido, allí se detienen, es una mirada delicada, de mi cuello a mis hombros; pero tal vez solo esperaba su propio café en silencio, pues en cuanto éste llega, vuelve a verme a los ojos directamente. Un pacto se ha sellado entre ambos.

Quisiera que esta ventana tuviera una cortina. Él es el primero que habla. Del clima, de por qué está ahí, de mí.

[Gracias por leerme. Recuerden pasar también por Filosofía Pop.]

Anuncios

Un comentario en “La cortina

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s