Fragmentos de vida recogidos del suelo de la casa de la peluquera

El cabello largo y fino de Elena se desliza entre mis dedos mientras decido cómo proceder; ella quiere una pava, quiere mantenerlo largo, recto, que brille, que salte con ella al moverse. El filo de la tijera recorre el borde de su pelo y los brillos de la casa entera. La telenovela irrumpe con estrépito en el televisor pero no tengo fuerzas para cambiarla; si empiezo a buscar un canal con algo interesante, me distraigo, pierdo cinco minutos, retraso a Elena, me desconcentro y equivoco mis tácticas. Pero una mexicana gritando como loca sobre violaciones y muertes, mal augurio.Y mamá me dice que tiene las manos sucias, que le duelen las rodillas, no entiendo, la reviso, y no entiendo, la veo y no encuentro ni una mancha y ella está sentada pero le duelen de tanto caminar, así dice.

El golpeteo incesante de los pájaros sobre la ventana me espanta, me pone nerviosa. Hoy me siento frágil y dispersa, como disfrazada de cuerpo cuando en realidad soy aire y me escurro entre las estancias de la casa persiguiendo a Mayela, la que sí es yo, la que trabaja cortando pelo en un barrio del sur, la que no sabe qué hacer con montañas de cabello que cubren sus manos porque Elena nunca está contenta con lo que le hacen. Aquí y allá, otros cuerpos en los que reboto, en los que rebotan las voces, devuelven gritos, opiniones, silencios. tengo las manos sucias, me las quiero lavar Eso es lo peor, cuando lo único que se recibe como respuesta es la suave voltereta de un párpado, imperceptible, o la ligereza de las manos en un además de desprecio, o de aprobación, ¿cuándo se supone entonces que sirva el almuerzo? Un hijo corre lleno de barro, el otro de colonia, embarrado de crema para peinar, la usa de todas las formas en que le sugerí que no lo hiciera, se perforó el cuerpo en formas en que le pedí que no lo hiciera, mala madre me dijo Cristina y yo sin saber cómo responderle que no tengo idea de cómo se supone que es una buena, si la única que conozco es la nuestra

y mirala ahí en la esquina, vela. Decí, Cristina, decilo de nuevo. Mayela, me duelen las rodillas. Vela, ¿cómo querés que llegue yo a decirle a Sebastián que corrijo todo lo que dije antes, que se puede tatuar lo que le venga en gana, que se puede acostar con quien le venga en gana -pero que no lo haga en mi casa, cómo lavaría yo luego las sábanas, con qué cara olería yo su ropa antes de arrojarla dentro de la lavadora-. Tengo las manos sucias. ¿Qué decías, mamá? Que tengo las manos sucias. ¿Te las lavo? Tengo las manos sucias.

Y los helechos batiéndose como la cabellera de Elena, que ya empezó a hacer muecas de desaprobación, aunque le corté menos de lo que me pidió, hice menos y aún así me reclama por hacer demasiado, no puedo así, no puedo con todo esto y esta mujer, Bracamontes, contra la pared y William Levy que no sé cómo lo creen guapo y yo me sacudo los cabellos que caen sobre mis manos porque ya me pesan, me pesa todo esto, oigo el timbre, quisiera correr a abrir pero ya fue Miguel y ya salió Miguel corriendo y ya veo la alfombra arrugada detrás de la puerta y el gato va a llegar y se va a esconder debajo y lo voy a pisar cuando vaya a cerrar, él me va a morder las piernas, mirá Elena, mirá como tengo las piernas.

Mamá, mamá, tengo las manos sucias, le pido perdón a Elena, me acerco de nuevo, tomo sus manos entre las mías y le repito al oído que ya está, que están limpias, y en cuanto me alejo empieza de nuevo, tengo las manos sucias, me duelen las rodillas, Mayela, tengo las manos sucias, Elena, fijate como me tiene el gato, y todo porque mamá se volvió loca cuando papá se murió, se volvió loca te digo, dejó de comer, se le cayó el pelo, dejó de alimentar a los pájaros, que se desmayaron de hambre un lunes y no volvieron a levantarse, y Miguel llegó llorando a mi cuarto cuando veía Telenoticias, y me gritó que yo era una insensata, insensible, algo más, por dejar que los animales se murieran de hambre, que viera como tenía al gato, pero yo le traje comida, qué se hizo, no sé.

Te lo digo, Cristina, te repito, que necesito que vengás, que me ayudés, yo no puedo con mamá así; Elena, te voy a lavar el pelo; tengo las manos sucias, limpiame las manos, Lucía lavame las manos y no sé quién es Lucía, me pregunto mientras sumerjo mis manos en agua tibia, esparzo las cremas y espumas por la cabeza de Elena, que sonríe, que dormita, que comenta algo a lo que solo asiento. Le seco el pelo, se sienta de nuevo, la peino, caen sus cabellos cortados, los últimos, sobre el piso, me duelen las rodillas, tengo las manos sucias, y no, Cristina, no quiero pasarme la vida recogiendo nostalgias de mi madre enferma, vení, ayudame, que yo no puedo seguir así.

Y basta con que Elena se vaya para que mamá haga silencio, y yo recuerde que la quiero ver todo el tiempo viva, que es lo único que me hace ver por qué estoy acá.

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