La caja de música y los caminos del bosque

Una bailarina de lata se desliza con la suavidad de las hojas del melocotonero. La cortinilla gris de la lluvia de la tarde baña la tierra. Las mejillas sonrosadas se desharán y caerán sobre las briznas de hierba. Se detiene. Los pies desnudos se empapan y las gotitas como perlas forman un collar alrededor de los dedos.

Una mandarina podrida,

la hueca morada

de diez mil hormigas.

Un gusano penetra la tierra como si volviera a sus laberintos más acogedores. Colapsan montañitas de tierra húmeda sobre los charcos que se forman en torno a las flores y dentro de las macetas de arcilla. Las manos acarician las orquídeas. Las espinas de las rosas sirven de resguardo a los mosquitos. El sonido de las alas del jilguero. Todos se ocultan.

Las huellas de los árboles

marcan el camino borrado

por vientos impertinentes

que antaño han soplado.

Las cigarras quiebran las duras cortezas de los árboles con el empuje de sus alas. Los búhos ululan en ramas muy altas. Se equilibra en las puntas de sus pies pero ella no alcanza. El suspiro que lava la bóveda de los mangos de hojas oscuras. Ramas dobladas y piedras reventadas por las carretas, los cascos de los caballos y las manos de los niños. Luego, el bosque se crea a sí mismo, distinto de antes.

Una explanada bañada de fino rocío exhibe sus hojas tiernas a los primeros ojos que sobre ellas se posan. Y así las orquídeas danzarinas se abren también, y las flores del manzano, y la tierra misma. Los canales que la recorren recuerdan la sangre y sus vías azules marcadas sobre la pálida piel de la muñeca.

Frutos del bosque

rodeados de hojas;

flota el colibrí

Las ranitas transparentes que saltan de hoja en hoja buscando moscas y mosquitos, luciérnagas y cigarras. Las frutillas rojas reventando de dulcete y de agua. Los dedos fragilísimos las estallan y el ambarino color se escurre hasta las palmas. Las plantas de los pies heladas dentro de los charcos en que pululan diez pececillos. Cien pececillos.

Mil hormigas.

Diez mil grillos.

Una hora.

Muchas horas.

Las manos, una sobre la otra, en la escoba. Oteando en la distancia. Barriendo los tablones de madera. Bailando un ballet sin título. Las vueltas que no acaban. La bailarina se oculta. Las manos vuelan a la baranda. Los pies desnudos sienten las caricias del bosque. Muy lejos de allí.

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2 comentarios en “La caja de música y los caminos del bosque

  1. qué lindo descubrirte!! nos apasiona los detalles que nos regala la naturaleza… saluods y gracias por pasar a mi bosque!

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