La Castellana (parte 1)

Los escuálidos árboles plantados sobre la acera se mecían con el aire que agitaban los automóviles. Los gritos proferidos en un idioma que no parecía el propio se entremezclaban con los pitos de los buses, el merengue estridente y el retumbo de estañones que caían al suelo. Todos los sonidos se tapizaban al fondo, se fugaban hacia una orilla distante de la calle. Pedro no escuchaba más que su propia respiración. El escozor producido por las sábanas deshilachadas y pobladas de pulgas le había despertado. La mañana amarilla se escurría entre las persianas y descansaba sobre su cara desnuda. Podía ver todas y cada una de sus arrugas en el espejo. Los vellos blanquecinos, espontáneos y escasos, aquí y allá, en la barba y el bigote.

La mueca compungida del hambre aparecía y desaparecía con gentileza. El agua fría le hacía sacudir los hombros. Su piel morena se había cubierto, para su sorpresa, de millares de pecas y manchas a lo largo de los años, y ahora le resultaba difícil recordar si alguna vez había estado limpio, sin arrugas, sin cicatrices en toda la extensión de su piel. Se acicalaba como si fuera a un gran encuentro. Untó mantequilla en dos tajadas de pan blanco y las calentó por unos instantes en el disco de la cocina que aún servía. Corrió las cortinas en una ventana, abrió las persianas de la otra. De pronto los ruidos ahogados del exterior adquirían rostros y señales de vida, probaban que no eran recuerdo ni tormento. Los camiones cruzaban con lentitud la calle. Aunque eran tal vez las diez o las once, la cantidad de vehículos era tal que resultaría imposible avanzar más de cien metros sin hacer un alto para dejar que un río de gente pasara de lado a lado en las calles estrechas.

Pedro vivía en una cuartería a dos cuadras de La Castellana. En la estación de servicio había dos grandes camiones atravesados que no dejaban circular a nadie más. Las manchas de gasolina se arremolinaban en torno a los pies de los empleados. Podía olerlo. Oía sus propios pies arrastrándose sobre el mosaico del suelo del edificio, viejo como él, cubierto de las mismas heridas. Se lavó las manos en el tubo del pasillo, y descendió sin responder a los saludos de la casera ni del guarda.

La vida miserable cambia la forma de andar, de hablar, de respirar. Lo sentía en su propio cuerpo, cómo la ayuna extendida por demasiado tiempo había desgastado los huesos y músculos de sus piernas hasta hacerle sufrir por el sencillo movimiento de hacerse a un lado para que una joven pasara con su coche de bebé adornado con encaje rosado. Pedro fue hasta la pulpería en la esquina, en una casona antigua de madera, requemadas algunas paredes, y compró una cajetilla de cigarros y una caja de leche. Algún efecto extraño de distanciamiento le hacían olvidar por un instante el valor de las cosas; no podía calcular cuánto dinero sacar de su monedero de cuero. Pero el tendero lo sacó de su trance con brusquedad. En la calle, el bullicio y la congoja de docenas de mujeres que cargaban con sus niños en brazos o los llevaban de la mano no le perturbaban ni le complacían. Él se plegaba a las paredes y se callaba.

La cumbia estallaba en una tienda de ropa de colombianos. Unas muchachas con grandes anillos y aretes que chocaban entre sí al hablar o caminar acompasaban la alegre música. Sin embargo, en sus caras no había expresión alguna de felicidad. Simplemente la pereza. Un complacido saberse vivo que apenas las animaba a atender con amabilidad a las señoras que entraban buscando las blusas  con descuento. Se sintió a entrar, sólo para acariciar las telas suaves de las blusas coloridas que colgaban de cualquier clavo en las amplias paredes. Pero de pronto, un silencio momentáneo interrumpió sus movimientos. Mil sirenas de policía, docenas de carros que frenaban. Oficiales de tránsito gritando desde sus motocicletas para que los espectadores se echaran hacia atrás y dejaran de cruzar las calles. Pedro se asomó afuera. Tres grandes carros negros y brillantes, con los vidrios polarizados que sellaban a sus pasajeros en un curioso San José paralelo, pasaron raudos por la calle, seguidos de motocicletas, policías y los oficiales de tránsito que a pie habían llegado a cerrar las calles. Algún político local o extranjero de alto perfil había tomado un atajo por los barrios hacinados del suroeste de la capital.

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