Té negro

Me despierto con sus piernas envueltas en la sábana transparente y acomodadas sobre las mías; se siente como si alguien las hubiera tirado allí por no encontrarles mejor lugar. Me incomoda. Hace calor y la luz diagonal quema mis párpados, asomados bajo la almohada. El tequila se filtra en la tela, la noche se lavó en la ducha junto con los trazos de cenizas pegados a esos largos y delicadamente teñidos cabellos que se deshacen en mi mano. No la quiero acá.

Luego me decís que no paso suficiente tiempo con vos. Si no hago más que venir y ya te ponés rarísimo. Decime, entonces, ¿qué hago? ¿Qué querés, que me vaya, que me quede? Decimelo, nada más. Mandame un mensaje cuando querás que vuelva, voy a estar en aquella mesa. (Con Esteban, ¿con quién más?) Diego, volveme a ver. ¿Para qué me llamás, entonces?

Solía haber una silla bajo esa montaña de ropa. Detesto que no pongan las cosas en su lugar. Detesto limpiar mi apartamento un domingo en la mañana y encontrarme con todas las suciedades que empujé bajo los muebles en los seis días previos. Me encuentro con un número de teléfono anotado en una servilleta y dudo por un instante si lo boto o no. ¿Quién más si no ella, la del café, la de los ojos enormes y siempre llorosos? Algo tiene, pero de por sí no es su número, sino el de un profesor al que tengo que llamar por lo de la conferencia. Somos demasiado jóvenes como para estarnos pudriendo así. El sonidito que hacen las Mac cuando se encienden. El brillo blanquecino de su cuerpo. De las dos, ella y la compu.

Diay, Diego, pensé que te habías ido. No, no, tranquilo. Acercá esa silla, quedate acá con nosotros. Esteban, Diego, Diego, Esteban. Un compa mío de la U. Él es el fotógrafo que te mencioné, el de la sesión en el bar aquel de Escazú. Mae, yo sé quién es. Mejor pedite una birra o algo. Quedate. Y a mi oído: quedate, no seas malo; quedate conmigo; me voy con vos hoy; mejor dejame en la casa, mami debe estar furiosa; soltá mi mano; quedate.

Los libros que se acumulan sobre los recibos de teléfono hablan por sí solos. El polvo que llueve sobre todas mis posesiones, una perfecta figura poética. La lluvia. La lluvia y el invierno europeos que nos fascinaría tener para justificar la ropa que nos echamos encima por la mitad de nuestro salario y un par de préstamos de mamá. Ropa de saldo en Europa. Cuero de imitación. Camisas espantosas de colores chillones que se acompañan unas a otras en el armario. Ella duerme con el labial puesto, y también las sombras y también el delineador, porque nunca ha oído del desmaquillador: es una chiquilla. Seguro cree que se quita solo con el agua. A menos que así sea porque su set entero de maquillaje le salió a cinco mil en el centro y lo echa en una carterita de cuero, esta vez real, para convencernos de algo. Sus manos aferradas al borde de la cama como si estuvieran buscando mi pecho.

Diego, por un carajo, calmate. No te pongás idiota.

Mi único mueble comprado por mí mismo cubierto de tazas y platos sucios. Levanto el primer vaso y me sirvo agua muy fría en él. El disco de Saint Etienne empieza a girar con un cover hermoso de Neil Young. Ella no lo entiende como yo. Ella no se sabe la letra como yo. Creo que nunca le he oído más que cinco palabras en inglés seguidas, y apostaría a que fue el nombre de una banda. Lo más espantoso de verla en mi cama es saber que ella podría estarme viendo y pensar las mismas cosas, porque soy igual. Hemos cubierto tanto terreno buscando formas de distanciarnos, de extraer lo poquito de diferente que tenemos, que no nos queda más que volver en círculos sobre la tierra removida y echarnos tierra en la cara el uno al otro. Me dedicó la última entrada en su blog. El cúmulo de las faltas de ortografía; ha establecido un nuevo récord. Y los ochocientos comentarios celebrando la originalidad de su poesía.

Sentémonos. ¿Pedimos pizza? Es más, salgamos, vayamos a comer al chino, o pizza, o a cualquier restaurante. O pedimos para llevar, nos tiramos acá en el suelo. Compremos vino, Clos o tal vez Frontera, me acaban de pagar, tomemos vino y pidamos sushi. ¿No hay express? No, no ando en carro. ¿A pie, estás loco? Queda demasiado lejos. No, nunca los he escuchado. No, pero en serio tengo hambre. Hagamos crepas. Crepas y vino, no puedo mejorar mi oferta.

¿De qué demonios hablamos cuando ambos estamos despiertos y sentados uno frente al otro? ¿Lo hemos estado? Quiero decir, uno frente al otro, como no fuera que nos estuviésemos besando en una esquina del Latino. Me ha llenado la cabeza de cosas que se van a quedar acá para siempre. No escucho otro sonido que no sea el del viento. El viento que sí existe, que sí sopla acá, el tropical, el de la calle. Y el disco en su tercera canción. Ella nunca ha oído a Neil Young. Tigres mal pintados sobre flores rosadas, lentes de sol que se caen de la chaqueta negra barata. La flor de su cabello mal planchado. Y lo más doloroso es que sea idéntica a mí. No la quiero acá, me aburre.

Pero vos sos mejor. Pero sos más tierno.

Lo más extenso que ha leído en su vida es Cocorí y fue en la escuela y le fue mal en el quiz, y con esa cara se dedica a exponer taburetes pintados de rosado en galerías del centro. Me sirvo mi té y abro la puerta. Ella no se despierta todavía. La casa entera parece oler a vino, a tequila, a libro nuevo, a cereza color rojo 40. ¿Qué hago acá? Me levanto de la grada. Un taxi dobla en la esquina de la panadería. Nunca he conocido a nadie que se despierte a esta hora por gusto. Nadie que aprecie los colores de los mangos y que sepa cómo es realmente un poró. Empiezo a correr.

Buenos días. Diego, ¿estás ahí?

Y me tropiezo en la acera y casi caigo pero me salva un poste de luz, y corro y salto sobre bolsas de basura acumuladas en la acera, y corro. Y me pregunto por qué me hice ese estúpido tatuaje de una estrella, y por qué uso cuero si me incomoda. Ay. No puedo cambiar. Solo mejorarme. Corré, Diego. Corré hasta que sepás, más o menos, qué sos y qué querés. Alejate de ella, de ella con la que te resulta tan cómodo ser tierno.

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3 comentarios en “Té negro

  1. Me encanta como escribes. La adolescencia, el paso a la madurez es muy duro, lleno de indecisión, inseguridad, cambios y ambigüedades.
    Aunque creo que en Europa solemos vestir muy gris y no de colores.

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