Serenata

Papá buscaba un sitio para estacionarse y yo, aburrido, cambiaba estaciones al azar. Era tonto porque pronto nos bajaríamos y no escucharía ni media canción, pero los nervios y mi mal humor me exigían algún entretenimiento. Mi nuevo barrio se adormecía con el rumor de los árboles cuyas ramas se acariciaban entre sí, los ladridos de perros aburridos y sus respectivos ecos. Las bolsas de basura cuidadosamente escondidas entre las casas separadas por intervalos regulares de pasto  y cemento lanzaban su olor hasta mí, quizás debido al calor húmedo que también alborotaba a las moscas sobre los caños. Al sentir que papá reducía la velocidad, sin fijarme adónde se detendría, aflojé mi cinturón de seguridad y empecé a ponerme el abrigo. De algún modo, recibía al fin el cambio de casa con resignación, y dejaba de patalear y recriminar a mi padre por lo que yo percibía como una huida. Él no extrañaría a nadie del barrio viejo porque ya mamá no estaba. Pero él no conoció al seto, ni al riachuelo, ni conoció el graffiti en el parque ni los hormigueros que en el verano eran construidos en nuestro jardín. Tal parece que todo eso me pertenecía solo a mí.

“Cerrá la puerta”, bromeó papá al oírme tirarla. Era curioso: no nos habíamos dicho nada en todo el camino, y hasta ahora me daba cuenta. Sentí el concreto bajo mis pies y no me parecía real. En algún momento la farsa concluiría y desempacaría todo de nuevo en mi viejo cuarto celeste, pintado cerca del techo con un patrón de gaviotas y faros. Las tablas crujirían bajo el peso de tantas cajas. De pronto, papá llamándome desde el nuevo pórtico para que conociera la nueva casa. La sala bañada de sol. La cocina oculta en un rincón. Las cortinas deslizándose perezosas sobre sillones que olían a polvo y a madera. Papá frunció la boca, seguro al notar mi expresión de descontento, y depositó las primeras cajas provocando un fuerte ruido, como afirmando su decisión de quedarse allí.

Pasamos la tarde desempacando, cortando tiras largas de cinta adhesiva, colgando camisas que habíamos olvidado en percheros, barriendo rincones que eran todos nuevos para nuestros ojos. Le cogía cariño poco a poco a mi habitación, emplazada al fondo del pasillo del segundo piso y cuya amplia ventana me permitía asomarme sobre los techos bañados de sol y sobre el río, hasta el centro de la ciudad, detrás de altos árboles en las colinas. Me detuve y me apoyé sobre el marco. Una suave brisa movió la cortinilla, que rozó mi brazo y me recordó que estaba despierto, que aquello era real. El cielo empedrado sobre los montículos de verde y ocre solo me recordaban otros años, otras voces. Papá entró, y sin que yo lo volviera a ver, me explicó adónde dejaría las llaves de repuesto y cómo cerrar la puerta del patio. Las horas corrían como un arroyo, un foso que rodeaba la casa allá abajo. Veía ardillas saltando entre ramas y hojas acumuladas bajo basureros, hojas que enterraban bolsas de plástico y latas de cerveza arrugadas.

Tomé la chaqueta que había dejado sobre una silla en la sala, le grité a papá que saldría a caminar, y en cuanto llegó su respuestame lancé a la calle. Caminaba muy rápido, como para asegurarme de no volver. Me gustaba la casa pero todavía no me sentía cómodo en ella. Arrastraba mis tenis rotas con pereza sobre la acera y perdía la mirada entre las casas vecinas. Un residencial era mucho más aburrido que un populoso barrio viejo. Todas las casas eran iguales o al menos muy similares, la mayoría muy nuevas. La llovizna llegó sin aviso. Las gotitas de agua se aferraban a mi nariz antes de caer resbalándose sobre mis labios. No hice mayor esfuerzo por regresar.

Entonces la vi. Las manos delicadas sobre el vidrio. El pecho expectante. No me miraba a mí sino a la calle. Esperaba a alguien que no venía. Por muchos años. La historia borrada de su cara. Los ojos rebosantes de lágrimas muy apagadas, como si sólo yo pudiera verlas.

Volví a mi casa cargando su imagen tan delicada en las manos como si temiera que se fuera a romper y la olvidara. La extrañaba. En cierto modo, me recordaba la cara sin expresiones de mamá. En otro, me prometía continentes y mares profundos de los que apenas había visto indicios antes.

Entré a casa, e impaciente, me tiré sobre el sillón para leer un libro que había dejado abandonado desde que empezamos a empacar. Aún quedaban algunas cajas selladas, montones de ropa en esquinas, y no habíamos conectado ningún equipo eléctrico. Papá se hacía café y escuchaba su música clásica, algo de Rachmaninoff. Las notas del piano se agolpaban una sobre otra, y el gran mosaico musical se desplegaba completo sobre las paredes de la casa, como insuflándoles vida. Poco a poco, las notaba de un color distinto, más cálido. Reconocía ya algunas grietas, admiraba como la luz penetraba en cierto punto. Pero me sentía inquieto, quería salir y ver a la mujer de nuevo. Sólo contemplarla, y dejarme llevar, dejarme dormir tranquilo. Papá me llamó de la cocina y nos sentamos a cenar una comida ligera.

A las ocho me desperté de una breve siesta. Sentía los pies entumecidos y los brazos cansados. La lluvia me había adormecido y ahora no sabía ni en qué parte del mundo podría estar tirado. Me levanté y empecé a reconocer, y a extrañar. Salí de la casa sin siquiera fijarme en dónde estaba mi padre. Tomé mi abrigo, un paraguas y corrí hacia la calle. Todo se veía distinto de noche. Casi misterioso. La neblina formaba barricadas en cada bocacalle, y se filtraba en pequeñas cascadas entre las casas más altas, y desde las copas de los árboles. Inquieto, corrí por el centro de la calle, hasta llegar frente a la casa que había ocupado mi mente, tal vez sin que yo lo supiera, durante mi sueño, y desde la tarde. Allí estaba la ventana, desnuda de todo cortinaje, el marco devorado por las termitas en una esquina, el cristal que parecía vibrar con cada movimiento del mundo.

Me detuve tras un seto y miré fijamente hacia adentro, esperando encontrar de nuevo a la delicada mujer que había visto. Me pregunté si habría llegado a quien esperaba. Tal vez su esposo, o su hijo. O su madre.

Pero no apareció esa noche. Ni la siguiente. El viernes no pude ir, puesto que cené con papá en el centro, y luego fuimos al cine. Nos íbamos acostumbrando a la casa, y con ello, recuperábamos nuestro ritmo usual. No hablábamos mucho, nos entendíamos, nos dejábamos en paz. Él con su música, yo con mis libros, en medio de ambos el jugueteo del nuevo gato. Se iba construyendo algo tangible al fin, después de mamá y no sobre ella. Los colores de la calle ya me parecían familiares y ya podía orientarme en el laberinto cuyas paredes formaba la niebla después del anochecer. Todos los días visitaba la casa, que parecía estar vacía, y daba mi pequeña serenata. Me impulsaba el deseo incontenible de sostener las frágiles manos de esa mujer entre las mías, de saber qué esperaba, saber si la podía acompañar durante su plácida espera. Me había acostumbrado a esa sensación de calma, junto a ella, antes siquiera de volverla a ver.

Así todo tomaba su lugar de nuevo. El gato ya tenía nombre. Mi cuarto ya tenía nombre, hablaba por sí solo. Los árboles tenían también cada uno su voz, que yo empezaba a diferenciar.

Cierto día, con el cielo gris y una profunda pereza encima, salí a pasear en la tarde. Era domingo, de tal modo que todas las casas rebosaban de vida, aunque tranquila. Algunas luces encendidas, música suave provenía de varias salas de estar, niños en los jardines. Algunas señoras me saludaban. Seguí la calle hasta el final, antes bloqueado de la vista por pinos y cedros, matorrales muy frondosos y una cerca baja de madera. Abrí un portoncillo en la barrera. Éste era el parque prometido por mi papá cuando me dijo que nos mudaríamos. En verdad era un lugar placentero y hermoso. Perfecto para leer y para dormir, para estar solo. Deslicé mi mano por los troncos de los árboles, se sentían secos y antiguos. Noté que al borde el parque descendía en una pronunciada cuesta, como si de pronto el pasto se interrumpiera y no hubiera nada más después. Me acerqué. Un río que corría con lentitud, que barría las hojas secas pegadas al barro en las orillas y arrastraba consigo ramas pequeñas. Me sentía atraído hacia él de forma irremediable. Quería hundir mis manos en su agua, probablemente helada, y dejarme llevar. Me alejé tras varios minutos, y volví a la calle.

Por supuesto, me detuve frente a la casa. Noté por primera vez que todas sus ventanas estaban desnudas. Me pregunté por qué la joven no colgaría cortinas de ningún tipo. Quizás tenía miedo a la oscuridad, o quería ver mejor el paisaje. Quizás tuviera un gato que las rompía con sus uñas diminutas. No solo las ventanas estaban desnudas, la casa misma lo estaba. En donde la había visto, el marco comido por las termitas me reveló que la casa estaba, de hecho, vacía. Subí por los escalones del pórtico y toqué la campanilla. No hubo respuesta. Me asomé: ni un solo mueble, ni una cortina. Los tablones de madera del piso brillaban. Ni un rastro de la mujer ni de sus manos. Ni de sus ojos. Descendí decepcionado. Toqué la puerta de nuevo solo para asegurarme; silencio, de nuevo.

Seguramente mi cara delató mi decepción, porque una señora que papá me había presentado unos días antes me detuvo en la calle. Me preguntó que a quién buscaba. “A nadie, solo quería saber quién vivía allí”. Y no vivía nadie, desde hacía varios meses. De algún modo, me pareció obvio, casi natural. Tranquilizó mi interior, también. Le agradecí la explicación y corrí a mi casa. Todo estaba en su lugar. Papá dormía en un rincón de la sala, con música de Liszt a un volumen muy bajo. Apagué el radio, cobijé a papá y me fui a la cocina a hacerme té. Esa noche dormí como si alguien me abrazara. Sentí brazos reales a mi alrededor. Casi parecía que los árboles me cantaran desde el jardín.

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4 comentarios en “Serenata

  1. Extraordinario, delicado, majestuoso, la descripción minusiosa y bien llevada. De principio a fin inquieta y absorbe con mucha naturalidad hasta el final. Preciosas imágenes. Tienes toda la pasta de un gran escritor. Cuando publiques tus libros me avisas…eso espero. Un fuerte abrazo.

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