Cigarrillos

Aquí estamos, en el borde de una carretera bajo el ardiente sol de marzo. La larga línea de asfalto se pierde en el horizonte, se oculta bajo las largas sombras de los árboles de mango entre las colinas. Frente a nosotros, un extenso cañaveral que pareciera crecer allí desde hace décadas sin nadie que lo cuide. Detrás, una especie de pantano que ahora en verano se ha secado y muestra al cielo las bases y raíces de sus montíuclos, hierbas y minúsculas lagunas donde apenas hace unas semanas pulularon mosquitos y ranas. Puedo ver marcados entre las briznas de hierba seca caminos angostos trazados por el paso obstinado de las oscuras tortugas que hoy yacen al lado del camino desecándose con lentitud.

Más allá de lo que fuera la ciénaga, una línea de árboles exhibe sus hojas verde oscuro y refresca altas ramas que sobrelsan sobre la mayoría de las copas. Algunos troncos se doblan, vencidos por los violentos vendavales de la temporada lluviosa y forman grutas que llevan al corazón de frondosas e ignoradas montañas. Dos docenas de vacas pastan en la distancia, de donde venimos. Sacuden sus colas y golpean las cercas bajas de madera con sus hocicos. Ningún sonido posee la fuerza suficiente como para llegar hasta nosotros.

El motor del auto, descubierto al sol, despide humo y un calor intenso que se propaga por el metal llega hasta mis piernas apoyadas en la puerta trasera. Esperamos, no desde hace mucho, a que algún conductor amable se detenga para ayudarnos. Dos trailers han pasado tan velozmente que juraría que ni siquiera notaron que no nos movíamos. Ella come almendras de una bolsita plateada que traía en la guantera. La tela de su hermoso y simple vestidito rojo envuelve sus muslos con la ternura de la más fina seda. Bajo ella no solo veo su piel y la perfecta definición de sus formas, sino también el conjunto desordenado de manchas y cicatrices que conforma el cuerpo humano. En ese momento lo sé: en ninguna época de su vida volverá a lucir tan hermosa como en este verano fugaz. No es solo que sus senos nunca se verán tan llenos y simétricos, ni sus labios tan rosados y discretos, sino que todo está bañado además por una luz brillante y amable filtrada por nubes de blanco perfecto esparcidas por el vasto cielo.

Acá estamos, perdiendo tiempo mientras se tuestan nuestros brazos desnudos, y fumando cigarrillos que enrollamos nosotros mismos en la mañana. La luz rosada de la aurora bañaba mis manos cuando pesaba el tabaco y ella respiraba tranquila los últimos minutos de su sueño. Ahora exhalamos el humo que a pocos metros perdemos de vista. El papel quemándose en la punta suena como un rugido porque el silencio que nos rodea es total. Uno pensaría que el tiempo está embalsamando este momento en los archivos de una memoria universal a la que todos volveremos ocasionalmente, una vez que todo esto alrededor se haya muerto y renovado. Así debería ser, porque nunca más seremos tan hermosos, nunca tan jóvenes, nunca rebosaremos de vida como hoy. Sobre todo ella, cuyas delgadas piernas blancas fluyen desde el interior del auto como si de un manantial de leche se tratase. Desde ahora mismo, ya mi corazón siente como se forma un agujero, porque ya extraño estas horas vacías.

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