En el asiento trasero

La primera vez que la vi, estaba en la cabina de la estación dando una entrevista sobre su nuevo sencillo. En realidad yo no podía escuchar nada de lo que decía, ni ella ni Mario, que era quien la había invitado a su programa. Sabía el tema porque había leído en un comunicado a mi jefe que Lucía sería la invitada esa mañana. Había oído hablar de ella, pero jamás había escuchado una canción completa, ni sabía bien lo hermosa que era. Y bien que lo era. Era como si me cantara a través del vidrio y de las puertas con esos labios muy llenos que no dejaban de moverse. Su mano izquierda lanzaba hacia atrás un mechón de pelo que insistía en caer sobre sus ojos a cada momento. Me la imaginé, no sé por qué, así, sentada bajo un árbol frutal muy viejo, rodeada de frutas caídas y florecillas. La quería cerca. Quería, por algún impulso extraño, hablarle al oído. Casi recitarle poesía.

A la hora de almuerzo me la topé en la salida de la estación. Ella revisaba un cuaderno y bebía una Coca-Cola de una lata en la que permanecían algunos pedacitos del hielo en el que había estado sumergida. En la estación mantenemos así, prácticamente congeladas, varias bebidas para nuestros invitados. El congelador está frente a mi oficina, y me extrañó no haberla visto acercarse a sacar una lata. Sus ojos delataban sentimientos muy curiosos. Una especie de angustia muy serena, como absorbida por la piel tras muchos años de intenso sufrimiento evidente a todos los ojos que se posaran sobre ella. Era como si ella se hubiera cansado al fin de abrirse a la recriminación, y también a la compasión, de los otros. No hay nada más agotador que tener que dar las gracias todos los días a alguien. Nada ata tanto como sentirse agradecido. Es peor que el odio.

Impulsado por no sé qué fuerza, de pronto me acerqué a ella, me presenté brevemente y le pregunté sobre su música. “¿Qué sentiste al grabar la canción nueva?”, dije. Y ella se volvió, sorprendida, y me dijo que nunca nadie le preguntaba esas cosas. Que ni siquiera Mario, que había estado con ella poco menos de media hora, se había atrevido a algo así. Solo le preguntaban si esperaba lograr un éxito tan grande como con su anterior canción, si iba a dar más conciertos, qué le quería decir a sus fans. “Pero sobre mí”, respondió a mi mirada dubitativa, “sobre mí nadie nunca me pregunta. Sobre lo que siento cuando escribo”.

Luego estábamos en un taxi yendo hacia no sé qué restaurante argentino del centro, sugerencia mía. Por una parte, tenía control de mí el típico seductor, el hombre de mundo, el joven empresario muy cool. Pero desde adentro sentía reventando una timidez incomparable, un respeto muy grande hacia una mujer que hasta entonces no había determinado como interesante ni relevante para nadie. Abrí la puerta trasera, y aunque yo quería sentarme junto a ella, cerró la puerta antes. Y cosa curiosa, ni me molesté ni me preocupó. Me senté adelante junto a un conductor que de inmediato empezó a hablarme de la Sele y de la ley de tránsito. En el retrovisor aparecían de vez en cuando, como manchas y borrones en un lienzo, los delicados trazos que conformaban la cara hermosa de esta mujer, y su cuello delicado. Y su cabello que caía como una cascada oscura sobre sus hombros diminutos.

Al llegar al restaurante, ella no aceptó que yo corriera su silla. Se sentó frente a mí, sola. Me sonrió. “Me sentí sola”, fue lo primero que dijo. “Es lo primero que escribo desde que me separé de alguien que me cambió la vida. Quería tocarla la primera vez para él, y él ya no estaba”. Llegaron dos copas de vino, cortesía de la casa. La conocían a ella a primera vista. Ella paseaba sus dedos finísimos sobre el mantel de cuadros y bordeaba los contornos de la copa medio llena de vino tinto. Imaginé de pronto que un intenso aroma de uvas invadía mi nariz y se infiltraba en todo mi cuerpo. Y era refrescante. “¿Puedo preguntar por qué se fue?”, me atreví a indagar.

“Yo le pedí que se fuera. Que no me ahogara más. Que se alejara de mí”.

Luego empezamos a hablar de temas más ligeros, del clima como siempre, de la estación, de Mario, de su disco, sí, de su probable éxito, de sus conciertos, de mi carrera, de lo que yo hago y que no me satisface por completo, de adónde vivíamos, de cuántas mascotas teníamos, y poco a poco todo lo que poseía empezó a palidecer ante el ascetismo riguroso al que ella, tan joven y tan frágil, se sometía sin saberlo. Un apartamento casi sin muebles, sin mascotas, sin jardín. Solo ella y lo que necesitaba para hacer música. Ella, la nueva diva del país. Ella, reconocida y obsequiada en la calle.

“Ni él no me hubiera hecho algo, no tendría qué despedazar en mis canciones”. Nunca oí algo tan cierto. Y nunca me sentí más vacío, porque no tenía nada ni a nadie a quien despedazar. “Él era mucho mayor que yo y tenía otras ideas. Él quería morir junto a mí, yo quería vivir junto a él. Le pedí que se fuera la semana pasada, que no me volviera a llamar, que fuéramos completos extraños de nuevo”. Tantos pensamientos e inferencias circulaban por mi mente que tuve que acallarlas y dejar mi atención centrarse solo en lo que ella hablaba. Como gran gracia, a alguien en el restaurante se le ocurrió poner su canción nueva. El amor es un lugar lejano, empezaba. El amor como un lugar, como algo que está allá, y que uno puede o no encontrar. El amor como un lugar que uno puede o no elegir como hogar. Como una posibilidad entre muchas.

En el taxi de vuelta, le cedí el asiento trasera. Ella me pidió que me sentara junto a ella. Esta vez el conductor no pronunció palabra, y tenía la radio con una estación cristiana. Entre bache y bache,  en alguna esquina y sin aviso, ella tomó mi mano. Pero ella no me conocía. Yo era el silencio que tomaba el lugar que podría ocupar un amigo. No nos volvimos a ver después de ese día. Cada vez que escucho esa canción, me imagino un apartamento desnudo, y un árbol creciendo en su ventana. Y una mujer diminuta, consumida poco a poco por ella misma en sereno regocijo. Como si estuviera feliz de estar sola. Acaso para siempre tener a alguien con quien hablar de lo que está más adentro. De nada.

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