La tierra seca

Sus manos delicadas tiran del cordón y se corren las persianas. El sol se derrama con todo su ardor sobre la habitación. La sábana recupera su brillante color blanco, y los límites entre las cosas se diluyen, cada objeto inundado de luz. Verónica estira los brazos como si quisiera tocar el techo, bosteza y mira hacia afuera. Algunos autos estacionados en la esquina. Dos chicos que vienen de la panadería son perseguidos por un perro callejero, muy sucio y con las patas manchadas de polvo. Una corriente de aire muy ligera se cuela entre las celosías y acaricia la nuca de la señora, que con los ojos cerrados recibe el baño matinal de sol en la cara.

Desde la cama, bajo la almohada que tapa la fuerte luz de las nueve de la mañana, Gustavo escucha golpes apagados que provienen de toda la casa. El breve rugido del coffee-maker. Las pantuflas de su esposa deslizándose sobre los tablones de madera del piso. El chorro de agua que cae sobre el lavatorio que brilla como porcelana. Una silla que Verónica corre para pasar. Platos y cubiertos chocando unos con otros. Y afuera, un perrito que ladra. Dos hombres que charlan. Un periódico arrugándose. Un camión, en la autopista, muy lejos. Con un bostezo largo, se levanta. Se sienta en el borde de la cama primero, ve hacia afuera y suspira. Recoge su cajetilla de cigarros de la mesa de noche, consulta la hora en su reloj de pulsera porque nunca confía en el despertador. Se pone unas zapatillas de cuero my gastadas y se dirige a la cocina.

La espalda cubierta de algodón muy delgado de su esposa. El cuello blanquecino bajo el espeso cabello rubio. Su pulserita de oro tintinea al chocar con la taza de café que lava. Aún en su edad madura, conserva una belleza particular. Una elegante y arrogante belleza. Una forma única de pararse firme y verse frágil. Gustavo enciende un cigarrillo y aunque desea café, no puede permitir que su voz rompa el perfecto silencio. Cuando Verónica se aleja de la pila, y toma el periódico de la mesa, él se levanta. Cada uno roza el brazo del otro al pasar junto a la mesa en direcciones contrarias. Ella siente que él se aleja un poco. Él conserva todo su porte serio e imponente, pero nada de la calidez que ella presumía que se encerraba allí. Se sienta en una silla de mimbre frente a la puerta de vidrio del jardín. Tras el cristal, las florecillas rosadas parecen brillar con más fuerza. Están muriendo bajo el sol de un verano urbano, inclemente. Sus tallos se manchan de tierra hasta el medio. Pequeñas partículas de polvo flotan sobre sus hojas.

Gustavo fuma apoyado sobre la mesa de la cocina. Deja caer las cenizas sobre una servilleta que extendió frente a él con este propósito, por pereza de buscar el cenicero. De pronto siente una sed terrible, que estira sus músculos al máximo, que desgasta su garganta. Empieza a toser. Veronica se vuelve como para ver qué le sucede, pero siente algo curioso: se ha vuelto porque un sonido extraño ha interrumpido la suave melodía de la mañana de sábado, no porque escucha a su esposo tosiendo. Algo se quiebra adentro.

Algún rato más tarde, Gustavo oye la voz de su esposa charlando con uno de los vecinos. Un hombre muy joven, guapo y a todas luces exitoso en lo que sea que hace. Vive con otro hombre. Los han invitado a cenar unas dos o tres veces, y Gustavo se sorprendió entonces de que el muchacho cocine tan bien, mejor que Verónica. Hablan de plantas. Hablan del clima. Pero ella ríe. Ella ya no ríe con él.

Esa mañana, Verónica sale un momento al jardín a regar sus plantas. La nostalgia se asienta y fluye por su cuerpo. Extraña algo. Esa mañana, ella decide irse de la casa, pero no se lo comunicará a su marido hasta muchos días después. Esa mañana, Gustavo siente que el pasto está muriendo, lo siente como si fuera la cobertura de sus órganos, su propia piel, la que se carboniza bajo el sol. No quiere estar más en esa casa, pero no se lo dirá a su mujer hasta varios días más tarde.

El día en que finalmente hablan, es de noche, hay dos copas de vino sobre la mesa, hay jazz de fondo. Se ven todas las estrellas en el cielo, hermosas, sobrecargan la noche de luz. Por un instante él se siente de pronto cómodo, contento: en casa. Y ella sabe, solo lo sabe, que podría pasar el resto de su vida junto a él. Esa será la última noche que cenarán juntos, porque Gustavo sale de la casa al día siguiente. Es un divorcio sencillo y sin problemas. Nunca más vuelven a hablar tras el fin de los trámites.

Un lunes cualquiera, en la noche, Gustavo sale de su nuevo apartamento para comprar unas cervezas en el supermercado cercano. Escucha una voz familiar. Verónica con las manos llenas de quesos, de refrescos, de pastas. Verónica en un hermoso y sencillo vestido verde olivo. Verónica con la que pudo haber vivido una vida completa.

Anuncios

4 comentarios en “La tierra seca

  1. a mi parecer, tus cuentos son todos guiones, siempre escribís guiones, ponés a los personajes a realizar acciones y a describir su estado de ánimo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s