El cuerpo es una prisión

Tu cuerpo no fue una prisión hasta que yo te liberé de ella, hasta que no encontré en vos las llaves para abrir puertas que no estaban cerradas hasta que no las encontré. porque jamás imaginaste que estarían dentro y fuera de tu cuerpo.

Yo encontré una fuente de la que manaba un placer infinito y la llamé deseo, y la he estado buscando desde entonces. Supuse que de sus grietas brotaba el agua viva que calmaba mi boca y que corría fuera de mis labios, sobre mi pecho desnudo, refrescando mi cuerpo entero. Luego era de noche y tanteaba sin éxito, recorría una geografía delicada que vibraba y se retorcía cada vez que me acercaba. El aire escapaba en extensos suspiros que acolchonaban los ásperos bordes de la noche, que suavizaban las barreras con las que el frío nos encerraba. Uno sobre el otro. Uno contra el otro.

Luego se fundó en su espalda una llanura silenciosa en la que jamás habá puesto nadie la mano, nadie de esa forma la había descubierto a sí mismo, vuelto sobre sí misma, revelado a su infinita sabiduría. Porque la piel de la espalda sabía exactamente cómo hundirse bajo mis manos, cómo mezclarse con mi propia piel cálida. Y aún así, siguió siendo una tierra desconocida, que ningún mapa había definido, y por tanto, solo existía bajo mis manos, solo existía en el momento en que mis palmas se aferraban a ella como si lo sólido se movilizara en fragmentos en el aire, solo para depositarse bajo mi fuerza en el preciso momento en que la dejaba caer sobre el vacío querido. Así empecé a llenar el abismo que antes se abría bajo mi cuerpo.

Como si siempre hubiera esperado confirmarme en esa espalda inacabada y esos brazos entrecortados por la sombra, no fui hasta que no tuve lo que produje bajo mí. Hasta no entrar en el frío y el vacío no encontré la calidez y la forma en que mis partes calzaban con las formas de tu existencia en perpetua renovación. Vos no hablaste hasta que yo te respondí. Vos no fuiste hasta que no te produje bajo mis manos hambrientas. Vos no sentiste hasta que no te encontré por dentro de tu propio cuerpo y empecé a a establecer los límites entre tu espalda y mi pecho, el dorso de tus manos y las palmas de las mías, el borde de tu cintura y el borde de la mía.

Como dos sombras que se encuentran por el movimiento de un objeto en el cuarto, nos formamos y nos reconvertimos el uno en el otro sin cesar. No pudiste ser fortaleza hasta no ser derrotado y reforzado. No pudiste haber sido, jamás, agua, hasta no ser bebido y derramado. No pudiste, jamás, ser antes de mí más que la mancha de colores en que me convertiste al tocarme. Todo el proceso se revierte.

Mis átomos estallan bajo la presión de tus manos, que me obligan a reconvetrirme en la sima donde depositás minerales antiquísimos que han crecido dentro de mí desde antes de que hubiera quien les pusiera nombre. Si soy una cueva, lo he sido solo para guardarme en silencio para vos. Si he sido las copas de los árboles que se mecen en las montañas, como borrones de gris en el lienzo uniforme de la noche, lo he sido solo desde que anduviste en el suelo, recorriendo la tierra y hundiendo tus uñas en el barro, y después, con la boca y con las piernas, hallaste dentro de mí las bases para una selva que apenas empezamos a explorar.

Si fuiste prisión, lo fuiste solo desde que yo te encarcelé en ella, y si lo hice fue solo para liberarte y atarme a mí. Somos movimiento puro sin centro ni punto de origen. Nos movemos solo para que el otro se mueva y se asegure un espacio sobre el cual desplazarse a continuación. En una palabra, me creaste en el momento en que liberaste mi cuerpo, que no había existido hasta que me encerraste, en una prisión que fue construida solo por tus manos que apirisonaban las mías contra el suelo, que no existió hasta que no me dejaste caer sobre él, no para tomarme, no para encontrarme, sino para crearme, para abrir en el tejido delicado del tiempo, tiempo puro sin reloj que lo midiera (porque empecé en el pasado solo como la posibilidad de ser tuyo y de que me tuvieras), un rasgado sutil del cual sigo brotando sin detenerme.

Mi cuerpo no fue una prisión hasta que no lo descubriste dentro de ella, hasta que no clavaste mis cadenas a la pared con mayor violencia, y no lo hiciste sino para que yo pudiera agradecerte con una caída absoluta dentro de vos. Podríamos ser borrones de luz a través del cristal, o rincones sombreados bajo la cama.

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