La sed y el hambre

This is our decision, to live fast and die young.

Recuerdo que cuando entré a la habitación de Julián, tras no haberlo visitado en meses, casi un año, lo primero que sentí fue que me ahogaba con el olor a tabaco impregnado en todas las telas y paredes de la casa. Él solía tener un cuerpo hermoso, delicado, etéreo. Se mecía con el viento. Su cabello era igual. Ahora nadie lo ve, es perfecto. Desde que era joven, su deseo era esconderse, se ocultaba detrás del tobogán al que nadie subía, porque era muy bajito, porque estaba malo y oxidado. Allí lo encontré la primera vez que lo vi. La primera vez que le hablé. Sostenía entre sus brazos una ramita de ciprés. Ahora solo me queda en la nariz el olor a tabaco. Y a suero. Digo suero porque no puedo pensar en otro olor parecido. Tal vez me equivoque.

Me senté en el piso junto a él, porque había vendido todos sus muebles. Sus labios resecos me hacían pensar en los días que pasamos juntos en alguna playa de Guanacaste, en la casa del tío de quién sabe qué amistad hace ya mucho tiempo perdida. Tomé su mano con timidez. Entonces él empezó a hablar. Y hablaba con la furia de quien ha permanecido encerrado en su habtiación por años, con los ojos quemados por el primer contacto con el sol desde el inicio de su encierro y la voz ronca por tanto fumar. En ese instante empecé a extrañarlo, como si ya se hubiera ido. Se me escapaba de las manos como el agua en una poza en Puriscal. Él corría medio desnudo por todas partes. Lo teníamos todo. Yo lo amaba, y él me amaba. Y a Laura, y a Juan José, y a Victoria, y a Alicia. Éramos inseparables. La nostalgia empujaba lágrimas hacia mis ojos, pero como no quería que él las confundiera con dedos acusadores, o como pequeñas perlitas de lástima, me contuve, y hablé de tonterías. Ahora me arrepiento de no haberme echado a llorar en su regazo.

Si él hubiera salido a la calle a gritar que lo dejaran en paz, a desprenderse de su ropa, a correr para que cada gota de lluvia, cada piedra desprendida del suelo, cada golpe a hombros ajenos lo desintegraran y lo disolvieran en el aire, yo hubiera ido con él. Yo me veo allí, al lado de él. Con los ojos cerrados y los brazos abiertos, absorbiendo al mundo. Pero él nunca dijo nada. Sólo se quedaba en su cuarto, fumando, inyectándose, esperando, oyendo música rarísima que le hablaba en un lenguaje que él había dilucidado en privado.

Cuando conoció a Marcela, me ilusioné porque me imaginé que ella lograría que se distrajera, que pensara en otras cosas. Luego ella se fue, como todo el resto. Como yo. Una día me la topé en La Cali, me sonrió, nos dimos un beso en la mejilla, y vi que en sus ojos lo que había era miedo. Miedo a volver a enamorarse de mi amigo. Él nunca la volvió a mencionar, como si en ella hubiera proyectado todo lo que quedaba de bueno dentro de él.

Llevaba cinco días sin comer más que galletas María, cuando lo invité a cenar. Rechazó el vino porque sabía que le destrozaría el estómago. Y se contentó con una ensalada. Fue la cena más breve de mi vida, él quería huir de la comida para no recordar su alacena vacía, qué sé yo, uno no es tan inteligente, no sabía qué hacer, no tengo tanta percepción, no podía imaginármelo, respiré, me callé, pagué, nos fuimos. Pude haber hecho más que simplemente pagarle el taxi.

Cuando éramos más jóvenes, a él le gustaba que nadie lo viera. En los recreos de la escuela, solo a mí me decía adónde iba a estar, aunque supiera que yo necesitaba tiempo con otras personas, que no podía estar siempre con él, y en todo caso a él le encantaba dedicarse a su poesía en solitario, yo le daba tiempo. Tal vez al siguiente recreo sí iba, me sentaba junto a él, leíamos sus poemas, los corregíamos, los sentíamos en cada centímetro de piel. Me erizaba los cabellos leerlo. Era tan intenso y tan violento, se sentía como una descarga eléctrica que rompía miles de células en la brevedad de una palabra. Así era él, así era estar cerca de él: uno se desintegraba, se hundía en un pozo oscurísimo y no podía salir por días. Aunque él no era aburrido, ni oscuro, ni nada. Era solo Julián.

Siguió siendo lo que fue desde el principio. Un adolescente enamoradizo. Un adolescente al que le dolía vivir. Un chico al que le molestaba la comida porque le mantenía vivo. Jamás hubiera tenido las fuerzas para quitarse su propia vida, por ello se dejaba ir poco a poco. Cogía con desconocidas. Fumaba lo que tuviera enfrente. Era un puto, un idiota, un insensible. Al menos así lo veía todo el mundo. Hasta yo, cuando él se negaba a compartir la felicidad que a cuentagotas empezó a caer en mi vida. Hasta que un día, ya no pude esperarlo más. La última vez que lo vi, todo olía a tabaco. Su mano se sentía tan delgada y tan fría que yo creo que estaba muerto por varias semanas antes de que lo encontraran. Me habló de tantas cosas tan hermosas esa tarde que puedo estar seguro de que él no se quitó la vida. Él solo se dejó ir.

Se puso su mejor ropa cuando me vio esa tarde. Pero tenía que verse informal, relajado, también: se aflojó la bufanda en cuanto entré. “No hace tanto frío de por sí”, comentó. Cocinamos juntos y me corté un dedo por accidente, mientras picaba la cebolla y hablábamos de Bach. Me limpió, me vendó, me hizo té, terminó de cocinar, puso la mesa lo mejor que pudo (tampoco tenía ya mesa, sino una tabla colocada sobre cajas), él lavó los platos, todo a pesar de mis protestas. Sus manos temblaban. Me cuesta creer aún que él pudiera sentir que no tenía nada que darnos más que su muerte.

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3 comentarios en “La sed y el hambre

  1. Antes que todo… gracias por la visita a mi blog y el comentario…tu entrada me recuerda que todos somos producto de nuestras decisiones y todos tenemos la opción de vivir a como mejor nos convenga. lo que escribiste me hizo no solo recordarme. sino también sentir y pensar. 😀

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