Maracuyá

Claudia atiende con amabilidad en un café de Zapote. Es un local agradable, con manteles de cuadros, floreros, cuadros pintados por su hermano, y cheesecake de maracuyá sobre una mesita baja de bambú. Todos los días a las siete, camina desde su apartamento, a tres cuadras, y abre el lugar. A esa hora, una tierna luz, muy cálida, penetra las cortinillas blancas y rebota en las patas plateadas de las mesas y en los vidrios de todas partes. Ve su cara en un espejo de adentro mientras abre la puerta. Nunca encuentra la llave correcta de primera, y le gusta creer que es costumbre suya. La verdad es que es simplemente distraída. Pero nunca olvida una orden.

Ella es quien coloca ramos de flores de colores chillones en los floreros, en cada esquina. Es la que ordena los pastelillos y los postres en los mostradores, en las mesitas. Ella llena los tarritos de azúcar y rellena los servilleteros. Enciende velas aromáticas en el baño y barre en la terraza, diminuta pero muy fresca, el sitio preferido de muchos clientes regulares. Como Gabriel. Es un estudiante de arquitectura de la universidad cercana, y todos los días viene, a distintas horas, a tomarse un café después de clases o en sus recesos. Ciertos días, viene hasta dos o tres veces. pide invariablemente un café negro (o dos) y el cheesecake de maracuyá. Fuma uno o dos cigarrillos mentolados. Siempre está leyendo. Libros viejos de tapas gastadas, que huelen a polvo y a humedad, pero que devora con pasión. Cruza la pierna derecha sobre la izquiera, sostiene el libro con la mano derecha y el cigarrillo en la izquierda. Ella no necesita esperar a que le pida nada, sólo sirve en cuanto llega.

A mediodía, el café se llena. Su prima Verónica es chef y cocina platillos muy variados; le gusta cambiar todas las semanas, aunque tiene sus clásicos, como el pescado en salsa de piña o el pollo a la naranja. Tiene una cara limpia, una belleza cristalina, como si toda ella estuviera limpia, y se mantiene siempre en silencio. Llega, saluda, cocina, y se va. No es igual con Julio y Marcela, el repartidor y la pastelera. Ellos hablan todo el tiempo, sin cesar, siempre sonríen y están alegres. Pero ellos son mayores.

Don Pedro almuerza todos los días en una mesa junto a la puerta de la terraza. Lee El Financiero y detesta el olor a cigarro, por lo cual si coincide por casualidad con un fumador se pasa para adentro del café. Pero se mueve junto a los floreros más grandes, para oler el polen, admirar de cerca a las abejas, y buscar telarañas entre los tallos. Tararea boleros y habla solo. A veces, cosa extraña, se sienta una señora con él. No hablan. Ella siempre usa sombrero. No hablan, no se ven a la cara. Solo beben café lado a lado. Verónica una vez comentó que esa era su esposa, pero a Claudia le da vergüenza preguntar.

Claudia lee poesía. Le gustaría compartirla con Gabriel, pero siente que sería una entrometida si lo comenta. Hoy lee algo de Rilke. Toma té de jazmín. Tiene un vestido corto violeta, y una flor en la cabeza; la arrancó del jardín de doña Luciana de camino. Pero no se la robó, sino que la señora le dio permiso. Supo que resplandecería sobre una cara tan fina y delicada. Que resaltaría los labios tan pálidos que pocas veces se abren.

Las pulseras de Claudia tintinean sobre la taza de café nueva que ha pedido Gabriel. Él la mira directo a los ojos, y ella le dice

Oh, Señor, da a cada uno su propia muerte, el morir que surja

verdaderamente de esta vida, donde encontró amor, sentido

y desamparo

O tal vez se queda callada y sonríe para sí. Y él la mira sin hablar tampoco. Y sigue leyendo su libro de páginas cafés y tapa de cuero deshecho. Por allá, una elegante dama de negro le pide una ensalada. Y ella se mueve lentamente, con cuidado de no distraer más al chico y no robarle los que deben ser sus único minutos relajantes en todo el día. Ve las maquetas que tiene al lado y se pregunta en qué momento las hará. Quizás de noche. ¿Adónde vivirá? Debe vivir solo. Tenía una novia, pero a ella no le gustaba que fumara. Sí, eso debe ser.

Otro cheesecake de maracuyá. Es lo único que cocina Claudia, pero él jamás notaría la diferencia entre la comida de ella y la de Verónica, porque nunca ha probado otro plato. Lo que tampoco sabe es que nadie más lo pide. Solo algún otro estudiante de la U que a veces pasa por acá y lo acompaña con té verde. A Claudia también le gusta pintar. Ayer pintó una acuarela diminuta y la llamó “Helecho”. Nadie la vio, excepto el chico que reparte el periódico en el barrio, y la felicitó por su obra. Al chico le fascina el arte, pero es probable que se haga mensajero.

A Claudia le gustaría, a veces, hablar con alguien de quien no sepa absolutamente nada. Y aprender. Y callar después. A ella le gusta sentir el césped bajo sus pies, afuera. Evita pisar las florecillas blancas.

(Gracias por leerme. Foto de autoría propia. Leer Filosofía Pop también 🙂 )

Anuncios

2 comentarios en “Maracuyá

  1. Me parece maravilloso la forma cómo describes cada momento de Claudia y sus vivencias, cuántos personajes que pasan inadvertidos en este corre corre de la vida convulsa y superficial que llevamos algunos, tu escrito se sale de ése contexto para demostrarnos con gran calidad que aún hay personas que se detienen a observar la belleza que muchos dejan pasar, esté en donde esté, asi sea la amabilidad al servir una taza de café. Me gustó mucho de veras. Un abrazo ya te llevo a mi blog. No sé si es que hiciste algún cambio pero te leo mejor ahora.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s