Little Red Corvette

El olor del tequila penetra la ropa y se adhiere a la ropa. Sábado en la noche; polvo seguro. Cierro los ojos, dejo que la música me meza de lado a lado, que me haga rebotar en los cuerpos sudorosos de los que bailan y las paredes manchadas con licor derramado. Y así, poco a poco, llego hasta el baño. Me miro en el espejo y me siento orgulloso, porque mi cabello se ha mantenido en su lugar toda la noche, a pesar de todo. Ya ves, de  vez en cuando se puede portar bien. Hice bien en comprar esta camisa, además. Me veo bien.

Salgo a fumar tranquilo un momento, porque me siento un poco mareado. Todas las luces, el calor, la música a un volumen inmanejable, todo eso me aturde un poco y salgo tras avisarle a Fer. De hecho, le dije que fumara conmigo, pero se negó. Bueno, encendió su propio cigarro, pero allá adentro. En fin. La calle está atestada de vehículos, a ambos lados. Todos deportivos, de lujo, plateados, azules, negros, rojos. Conozco a un tipo que todas las noches, después de bailar y tomar, se apoya sobre el que considere el mejor auto para esperar al conductor, y se va con él a la casa. Muy mal visto. Pero uno solo saluda y sigue caminando. Ya lo vi. Está sobre un BMW plateado, por supuesto, fumando marihuana. Me pregunto si solo podrá cogerse a desconocidos con marihuana y licor adentro.

Desde acá afuera, la música se convierte en un cántico tribal, lejano, percusión sobre tambores de cuero de animal desnutrido en una selva en medio de las montañas, qué sé yo. Cañonazos. Martilleo. Un tipo se estaciona mal en la acera de enfrente, y el cuidacarros le grita. Pero él solo se baja y le tira un billete de 1000. Así de fácil. Y él, Dios mío. Es sábado en la noche, eso lo justifica. Se acerca. Va a entrar, y parece pedirme que entre después de él. Tiro el cigarro, que aún va por la mitad, al caño y camino justo detrás. Mientras está en la corta fila, yo entro de una vez y le sonrío desde adentro. Lo espero junto a la puerta.

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Nadie va a entender nunca que si me quito de encima justo cuando me he venido es porque siento un asco terrible. Porque me siento mal. Porque lo extraño en puta y nunca más he podido coger tranquilo, porque después de hacer el amor con él de la forma en que lo hacía, única, invaluable, imposible de relatar, no puede haber nada más que polvos. Como tiros al aire. Como bungee jumping sin cuerda. Un suicidio progresivo y desgarrador que va arrancando los pedazos de carne de la espalda, las piernas, los brazos, hasta quedar desnudado hasta los huesos y ser revelado en esa intimidad al mundo, y al tipo de al lado que mañana no va a recordar esto, que mintió cuando dijo que anotó mi número.

Se montará en su pequeño Corvette rojo y se acabó. Y yo seguiré dándole ideas de grandeza a chiquitos, o a inmaduros, gente que se ilusiona demasiado rápido porque retienen algo de sinceridad, de honestidad, de amor propio, esas cosas que después de los 25 poco a poco se van haciendo bastante innecesarias. Salgo a fumar a la terraza. Este hombre tiene plata, en serio. Me gustaría ser más simple y sentir que esto me basta. Pero siento asco y me quiero limpiar el cuerpo entero para que cuando él decida, algún día, llamar y preguntar que cómo he seguido, no perciba en mi piel otro aroma que no sea el que él dejó marcado sobre ella. Y un pequeño secreto. No he borrado un solo mensaje. Ni he botado la foto que llevo en la billetera. Ni he dejado de esperar que me diga “buenas noches”, todas las noches, y no he podido volver a dormir en paz, y no podré hacerlo sobre esta tierra hasta que me quede sin cobertura para mis órganos sangrantes después del nada largo proceso ya descrito y entonces yo diga “Suficiente” y todo acabe.

Entonces, cosa extraña. Se levanta de la cama, se acerca por detrás y me abraza con una inmensa ternura, es casi como si me quisiera. Me besa el cuello y me dice: “No te conozco. Apenas sé tu nombre. Pero sé dos cosas. Que esto es demasiado rápido para vos aunque se te haya hecho costumbre, y que lo que necesitás es un amor que dure”. Justo como una canción de Prince, sí. Todo es una canción de Prince. Y si a esas nos vamos, entonces Nothing Compares 2 U. Y sí, podría ser The Most Beautiful (Boy) In the World, la razón por la que Dios hizo a los chicos, cantala conmigo. Y luego, bajo la lluvia púrpura, nunca quiero ser tu amante de fin de semana., bla bla bla. Y él, ¿qué puede contestar? Y yo tampoco sabría. ¿Cómo quitarme el asco? ¿Cómo evitar ponerme nervioso cada vez que el celular vibra imaginándome que es él?

Uno no se va a hacer más sereno, más sabio, nada de esa mierda, conforme crezca. Es mentira. Vas a seguir siendo el mismo chiquito. El mismo que ponía Su nombre ❤ en los cuadernos como toda una quinceañera y tapaba el cuaderno para que nadie lo viera. Lo tachaba de inmediato. El placer estaba en haberlo escrito, en que hubiera estado sobre el mundo marcado. Así es, vas a seguir siendo un chiquito. Es así de fácil.

Y cantalo que solo así te van a entender. Solo así me van a entender. Salgamos de Prince. Blue Magic: I just don’t want to be lonely. I wanna be loved, needed. Eso calma el hambre.

La vida, al fin y al cabo, es karaoke.

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