Crisantemo

Así como una delicada explosión en el interior de una flor produce millares de semillas que serán esparcidas lentamente por el mundo, el silencio se expande y crece dentro de sí mismo: lo abarca todo, lo consume todo, se convierte en el todo.

Una hoja seca cae de la rama de un mangle encorvado, cae en la corriente y provoca ondas minúsculas que no hacen el menor ruido. Sin embargo, bajo la superficie, un pez acaba de cambiar su rumbo, sorprendido por el movimiento desconocido que altera los rayos de luz que atraviesan sus aletas. Baja hasta rozar las piedras del fondo y la hoja flota hasta el mar.

En este momento, millones de briznas de hierba acaban de quebrarse, aplastadas por las pezuñas de millares de vacas, y nadie podría dar cuenta de ello, nadie podría observar cada una de esas pequeñas muertes ni explicarlas. No hay ojos que puedan ver el mundo como es, abarcar su inmensidad milagrosa.

Un pichón acaba de quebrar la cáscara de su huevo con un pico débil y nadie oyó el ruido que hizo, ni siquiera su madre, al lado.

Hay serpientes que matan a sus víctimas sin que éstas nunca puedan verlas. Antes de enfocarse los ojos en el animal, la sangre ha dejado de circular por ellos y el cuerpo entero se congela en callada rigidez. La única advertencia fue el sonido del reptil deslizándose bajo las hojas secas en el suelo de una selva tropical, donde los ruidos son tantos y tan variados que no sería posible identificar ése jamás.

La Tierra debe provocar un ruido estremecedor cuando se mueve. Pero no, porque en el espacio exterior no viaja el sonido. ¿Podría uno oír la Tierra desde adentro?

Los colibríes baten sus alas a grandes velocidades, de modo que uno solo ve borrones de color en movimiento.

Es posible que los ojos ni siquiera estén hechos para verlo todo.

En el interior de un crisantemo circulan millones de células que nadie va a ver nunca. Están en su orden perfecto. ¿Estarán en silencio? No sé si es posible escuchar el interior de una flor. No sé si hay algo que escuchar. Nuestros oídos tampoco están hechos para verlo todo. Ni la nariz para oler los líquidos en el centro del tallo, ni el gusto para saborear el interior de la cáscara del huevo del que sale el pajarito asustado.

Ahora, el tacto. Podría sentir el pez escurriéndose bajo el agua. Alcanzar el centro de la flor sin saberlo. Tocar el centro de la Tierra un instante antes de que el cuerpo se desintegre por el calor. Sentir el golpeteo incesante de las alas del colibrí. Tocar la hierba cuando ésta ha sido pisada y sentir su muerte.

O tal vez alcanzar esas profundidades sea imposible, tal vez ni siquiera estamos hechos para nada de esto. Tal vez somos un crisantemo silencioso en el jardín de un Dios que no habla.

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2 comentarios en “Crisantemo

  1. No sé, pero siempre que leo sus cuentos encuentro en ellos vestigios de un joven al que Mishima y Kawabata le cambiaron la vida. Enhorabuena!

  2. …somos ciegos ante nuestras propias vidas, porq se nos hace fácil…no necesitamos explicarnos nada
    si eso pasa con nosotros mismos…q no pasará con nuestro entorno …

    saludos!

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