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The pines that shake the cablesNo se ve más que los árboles atravesados por los cables de electricidad. Es una tarde tranquila, callada. Sonidos dispersos se mezclan unos con otros y crean una música suave y apaciguante. Hay hojas secas en el suelo, bolsas de basura verdes y negras en un cúmulo de olor repulsivo. Un hilillo de agua corre por los caños de concreto. Ha llovido temprano, y la humedad hace que la ropa se pegue a la piel, y que las hojas de los árboles más altos goteen sobre la acera.

Manchas dispersas de grasa de automóvil guían el camino. Salta evitando pisar las líneas que separan los bloques de concreto, y más adelante, los adoquines. Recuerda una canción extraña en medio de un salto, y al caer, pierde el aliento. La voz de la mujer es hermosa y envuelve la oscuridad repentina que ha inundado el mundo con su aliento cálido y sus palabras irrepetibles, desprovistas de significado. Abrir los ojos sería criminal. Pero debe seguir caminando.

El viento silba entre los cables de alta tensión y las ramas de los pinos. Como si empujara las nubes, una ventisca sacude el mundo por un instante. Los pliegues de las bolsas de basura, cargados de gotas de agua sucia, tiemblan y derraman su contenido sobre el plástico, hasta elspire of grass suelo. Las briznas de hierba se doblan y desdoblan, se encogen, se elevan, se quiebran. Bajo sus pies, la tierra mojada pierde consistencia.  No la necesita. Camina sobre el aire, o sobre la tierra, o sobre sí mismo. El espacio está abierto y los caminos entrecruzados, infinitamente, revueltos sobre ellos mismos, espirales concéntricas y descentradas a la vez, hilos luminosos partidos y unidos segundo a segundo. Si hay una razón para todo esto, no puede tener nombre. Si hay algo más que las nubes grises cargadas de lluvia y los troncos podridos de los pinos, es el tiempo, el tiempo mismo. Allí se extiende. ¿Para qué medirlo? Y la canción regresa, la voz se eleva de nuevo, y los años que separan la garganta de la cantante y sus oídos son reducidos a cenizas, y éstas barridas cuando un auto pasa rápido y agita el aire.

Camina un poco más bajo los rótulos de los neón apagados a esta hora, y se detiene frente a un afiche de una gaseosa. Aquí, el camino se parte: una callejuela empedrada, abandonada, cercada por matorrales espesos y casas con portones negros y rojos, con barras de hierro herrumbradas que culminan en picos afilados; o la acera, que continúa hasta derramarse en un pozo de concreto mal vertido en la calle. Allá en la esquina un auto se detiene.

Está perdido. Alguien se baja del auto, tira la puerta. Se acerca con una sonrisa sencilla, sin adorno, un saludo. Le pregunta por la floristería. Más allá, al sur, unas cuadras directo, luego a la izquierda. Unos  tres o cuatro minutos en el auto, a menos que acelere; pero es zona residencial, que ande con cuidado. Hay niños en la vía.

Algo se ha roto, sin embargo. Todas las cosas aparecen ahora punteadas, encerradas y fragmentadas.

Un momento sublime se ha interrumpido. Justo cuando todo empezaba a tener sentido, y las palabras ya no hacían falta, y el movimiento de las hojas, de las bolsas, de las nubes era puro movimiento y puro tiempo, y no minutos ni metros. Y ahora, a seguir buscando el taller cuya dirección fue garabateada en una servilleta, y que ya no puede leerse, pues ha llovido y la tinta se ha corrido.

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