Una tarde lluviosa en un supermercado

El timbre penetrante de teléfono me despertó de un sueño incómodo. Me duele el cuello y la cabeza; ensordecido y con los ojos entrecerrados, avanzo hacia el escritorio y alzo el auricular. Un silencio profundo me saluda, como si quien hubiera llamado se percatara de mi dolor de cabeza y quisiera evitarme más molestias. Se arrepintió de hablar.

Camino hacia la ventana y corro las cortinas para ver la calle. No ha dejado de llover. Dejé mi paraguas ayer en la universidad, junto a la silla desde la que soporté una tediosa exposición de ideas pasadas de moda. Me di cuenta hasta que iba en camino a mi apartamento y me dio pereza devolverme. Cuando salga, compraré otro. Y hablando de salir, pronto tengo que ir a comprar algunas verduras y bebidas y más cosas. Alcohol, crema humectante para la cara, pastillas contra el resfriado, algún buen queso, y una botella de vino porque creo que me acabé la anterior. Cuando deje de llover.

Salí con los zapatos que usaré en la noche y fue una soberana estupidez. Sabía que me iba a empapar. Ahora un sonidito gracioso me va a acompañar cada vez que camine. Los papás de Laura van a pensar que no me importa conocerlos, después de tanto tiempo que he planeado esta cena, y el estrés y todo eso. En fin… tal vez pueda secar otros pantalones y ponerme otros zapatos. Laura llega a las ocho con ellos: eso me da suficiente tiempo. ¿Les gustará mi apartamento? Tal vez deba barrer de nuevo.

Llego al pequeño supermercado y hay una mujer con un niño en brazos junto a la puerta. Ambos están cubiertos por una manta roja empapada, que gotea en el piso sin cesar. El niño está dormido y tiene los labios sucios con saliva seca. Ambos están mojados. “Señor, una ayudita”, me dice, y le dejo caer unas monedas sobre la palma abierta. Me extraña su mortecina palidez y los callos en los dedos.

El aire acondicionado me hiela los huesos. Debí traer la chaqueta, pero bueno, todo me está saliendo mal -mal no, sino mediocre, eso es. Espero que para la cena mejore un poco todo. Mis vecinas, dos lesbianas metidas en cuanto movimiento político hay, preciosas las dos, me saludan con amabilidad y me empiezan a preguntar por mi cena. Tal parece que el vecindario entero se enteró. Nunca le vuelvo a contar nada al guarda. Sé que él habla con todo el mundo mientras riega las plantas de los jardines, lo cual hace cuando está aburrido y ningún carro está entrando al parqueo. Los chismes… Al menos ellas me entienden, me cuentan de cuando Verónica conoció a la madre de María Elena. Ya me puedo imaginar el nerviosismo y la tensión en el ambiente.

Las manzanas se ven deliciosas. Van a lucir hermosas en el platón de frutas que compré para poner sobre la mesa. Un poco hipócrita comprarlas para no comérmelas sino hasta en una semana, pero qué más da. El pollo, por su parte, se ve bien. No demasiado bien, pero, de nuevo, qué más da. Voy a tener que despertarme de esta somnolencia y esta mediocridad pronto, o tendré problemas en la cena. Laura me va a matar si le falto el respeto al papá bostezando durante su conversación (que según entiendo será larguísima, y como sobre exportaciones piñeras no sé absolutamente nada, bastante plana y repetitiva).

Maldita crema humectante que no aparece. Debería traer esa marca al país. María Elena, a quien me topo otra vez, sabe cuál es, y se lamenta en el mismo sentido. La que tengo, ya escasa, me la trajo mi hermano Pablo de España y no va a volver pronto, así que sufriré sin ella. Es la única que me deja la piel como quiero: suave sin ser grasosa ni aceitosa ni pegajosa, no es brillante, no se siente como una capa sobre mi piel y se seca rápido. Es genial… Nivea bastará, entonces. Verónica se ve bellísima con ese vestido verde. Lástima.

El pasillo con las frituras y bocadillos y snacks y todo eso siempre me hace sentir un poco mal. Mal porque sé que no debo comerlos pero los amo. Siguiendo con mi idea de una futura vida sana, me abstengo. Renuncio a ustedes, Pringles. Y a ustedes, elotitos de maíz tostado con sabor a barbacoa. Esta zanahoria no se ve como una zanahoria feliz. ¿Estás feliz? Te veo un poco apagada.

Vinos españoles, vinos franceses, vinos chilenos, vinos californianos y vinos argentinos. Vinos de mesa, blancos, tintos, rosados, de frutas, baratos y caros. En botella de vidrio, en caja de cartón, en botella de plástico, ¿vino de nance? (eso sólo sirve para fumar marihuana), Çyo tengo sacacorchos? En promoción y de colección especial. Cabernet. Merlot. Vodka Finlandia -un paso para atrás. Entonces… ¿tinto o blanco? Blanco, naturalmente. O tinto, no sé, ¿cuál era el que iba con el pollo ahumado?

No puedo creer que sigan vendiendo discos de Galy Galiano. Agendas de esa maldita muñequita japonesa, la roja esa con colitas extrañas. Hace tanto tiempo no veo televisión que no tengo idea de quién será. Seguro ahorita aparece en una película o algo así. Dos niños rubios corren entre las cajas. Una señora pasa la escoba detrás de ellos. Cierto, la sal, la sal.

En la caja, se me ocurre por un momento comprar cigarros, pero me arrepiento. No quiero oler a tabaco hoy. Que mis suegros descubran un defecto a la vez. ¿O sería mejor todos en una sola conversación? No sé. De todos modos, a Laura no le gusta que fume. Hay una falta de ortografía en esa publicidad. Se estaciona una motocicleta frente a la puerta. El pobre repartidor está mojado de pies a cabeza. La publicidad de Papa John’s siempre me parecerá absurda. Pago más dinero del que tenía planeado, pero es una suerte que traje la tarjeta y no me quedé sin efectivo (hoy le tengo que pagar el agua al dueño del apartamento).

Hasta ahora que me devuelvo a la casa me doy cuenta de lo nervioso que estoy realmente, por lo de mis suegros y todo eso. Y me doy cuenta de que no me despedí de mis vecinas. La mujer con el bebé está ahora en la calle contraria, junto a las hamacas del diminuto parque, pidiéndole dinero a los que pasan enfrente. Pero dos señoras pasan con bolsas del supermercado y no pueden sacar nada de las carteras. Empieza a lloviznar de nuevo. Y por algún motivo, tarareo “Perfidia“, en un arreglo de Xavier Cugat. La música de supermercado no sale fácilmente de la cabeza.

¿Por qué habrán chocado esos carros? No tiene sentido. Un Honda Accord de un tono azul espantoso está con la tapa abierta. Humea el motor. Su dueño se rasca la cabeza mientras moja su camisa Lacoste mal abotonada. Me detengo un momento.

Los charcos bajo las hamacas y bajo los árboles frondosos. Los cables de electricidad limpios de pájaros. Los volantes arrugados, las cajas de cigarros y las latas de Coca-Cola que bloquean las alcantarillas y los caños. Todo está tan tranquilo y tan callado que parecería natural. Como si la lluvia suave hubiera aniquilado todos los demás sonidos, ruidos, gemidos, pedidos, bostezos, estornudos. No hay nada frente a mí. Solo mi apartamento. Las cortinas que dejé abiertas. Cuando entre. Cuando entre habré perdido algo.

Pero todo se ve diferente desde acá arriba. El accidente aún no tiene sentido. María Elena se ve diminuta. Los cactus en la ventana de José Luis se ven de un tono verde brillante en esta luz. Me duele tanto el cuello que me da pena tener la cabeza baja cuando lleguen los padres de Laura y deba saludarlos; mi posición firme no valdrá la pena si no puedo alzar la mirada. Pequeñas islas de reflejos cristalinos se esparcen por la calle y sumerjo mis ojos en esos charcos.

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