La primera montaña

Miguel limpió el vidrio empañado con la manga de su abrigo, para ver su reflejo. Pero la oscuridad ocultaba la mitad superior de su cara. Solo sus labios, delgados y apretados por el frío, se reflejaban en la ventana.

El calor y la humedad tropicales eran lavados por el aire fresco como si fueran un pesado sueño. Los pasajeros se frotaban las manos y se acurrucaban unos en otros para mantener el calor. Todos los asientos iban ocupados; incluso, durante un par de horas, estuvo un hombre de pie, un hombre moreno que cargaba dos sacos enormes llenos de juguetes y adornos de plástico. El aliento cálido de todos calentaba un poco el ambiente y empañaba los vidrios. El paisaje se borraba y se aclaraba de vez en cuando. Sólo se veían sombras de árboles recortando un fondo gris, que se oscurecía rápidamente.

Miguel viajaba solo. No llevaba consigo más que una bolsa con su ropa El final de la carreteray su abrigo. Todo lo había dejado en su ahora vieja casa, a la que jamás volvería. No podía volver. Las montañas se desdibujaban tras la niebla. Se veía como si el mundo y todo lo que contuviera acabara en el borde de la carretera: después de él, sólo seguía el gris y el vacío. La gente adormecida no emitía sonido alguno. A su lado viajaba una niña que se había dormido desde hacía mucho. Sólo cuando le rozaba la mano recordaba que no viajaba solo, aunque tuviera los ojos abiertos y viera las cabezas sobre los asientos.

El sonido del motor era tenue y acompasaba el tamborileo de las gotas de lluvia sobre el techo. La noche había caído y los reflejos desaparecían y reaparecían con más fuerza. La luz blanca sobre la cabeza de Miguel le molestaba, y se levantó para buscar el botón de apagado. Este movimiento despertó a la niña, la cual, con sus grandes ojos oscuros abiertos, empezó a preguntar entre bostezos por su madre. Ésta viajaba en el asiento de al lado, en la otra fila. Le tomó la mano y le sonrió. “Ya casi llegamos”, le dijo, aunque supiera que faltaban muchas horas. Pronto la niña se dormiría de nuevo. La luz se apagó al fin. Miguel veía la mitad de su cara perfectamente definida. La barba incipiente rodeaba sus labios y se confundía atrás con su cabello.

Miguel dejaba de recordar, poco a poco, en un bus que no venía de ninguna parte en especial. Veía la cara iluminada a medias de una muchacha; los pies de un niño que no llegaban al piso; una mujer rascándose el brazo con suavidad; los párpados suaves de unCerro de la Muerte No. 2 adolescente que cubrían unos ojos temblorosos por el frío y el viento. Se hallaba una comodidad cálida en el silencio absoluto. Los pasajeros confesarían, si se les preguntara en aquel momento, que jamás querían llegar a la ciudad: el placer del viaje supera al de llegada cuando no se sabe de dónde se viene ni adónde se va. Las manos de Miguel pasaban entre su barbilla, sus regazos, y sus hombros.

Los arbolillos cuyas sombras interrumpían el paisaje parecían cargados de gotas de agua, al menos en los breves segundos en que las luces del autobús los iluminaban. Luego, las ramas que flotaban suspendidas en el aire se desvanecían de la mirada y la memoria. Todo se confundía en un sombra ininterrumpida y tranquilizante. Alrededor del bus no había nada. Ningún miedo, ninguna esperanza.

Ecos de canciones viejas resonaban en las laderas de las montañas que atravesaba la carretera. Tal vez, en alguna parte, un padre se sentaba entre sus dos niños, frente a una fogata que ardía desde tiempos inmemoriales, y les cantaba en una lengua muerta e indescifrable, que solo podían comprender ellos, los árboles, y los riachuelos. El agua de éstos bajaba por las colinas y caía en pequeños pero fuertes chorros en los caños al lado del asfalto, batiendo las hojas caídas en la corriente. Cuando pasaba un auto junto al bus, en el sentido contrario, parecía surgir del corazón mismo del mundo, atravesando la neblina y desintegrándose después en ella.

No había ni antes ni después. Ni adelante ni atrás. Penetraban en un mar de frío primigenio, anterior a toda lengua y todo deseo.

-Hola, señor, ¿cómo está? Nos conocimos en P., ¿recuerda? -dijo una voz ronca que despertó a Miguel. Pero él no pudo contestar. Había olvidado su idioma, de pronto. -Nunca supe su nombre, ¿sabe? -le comentó el hombre ahora. Pero “Miguel” ya no significaba nada y no valía la pena remover el polvo en el suelo. Con una sonrisa, todo se desvaneció y encontró su fin en una mirada hacia afuera, hacia la oscuridad, que ya era total.

[Fotos de autoría propia. Gracias por leerme. Recuerden visitar también Filosofía Pop]

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4 comentarios en “La primera montaña

  1. sos un grosssooooo!!!!!!!!! estoy en cuarto año de un profesorado y justamente estaba buscando cuantos, como una herramienta didactica…buenisimo!!!
    muy emotivo

  2. bonita forma de representar literalmente un concepto tan engorroso como la construcción de la realidad por medio del lenguaje, aunque la referencia es ligeramente obscura (no es una teoría ampliamente conocida, haciendo el final del cuento bastante confuso ^^).
    aparte de eso, como cuento, fluye maravillosamente, se siente real, y con esa pinta de melancolía tan característica de tu estilo. ^^
    en fín, me gusta ^^ que vivan los cuentos confusos!

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