Filmstar 0234

Desgarró mi interior cuando entró en la habitación. Que sus tetas apretadas por el cuero se vean deliciosas no es el problema, ni tampoco que el rojo sanguinolento que fluye de su interior se deposite en sus labios entreabiertos. La deseamos y ella lo sabe: mis ojos la recorren como el pincel de un artista traza el paisaje interrumpido de un lienzo. Entre sus piernas yace cuanto ha sido creado. Recorriendo la planicie infinita de su vientre, sobre una especie de útero universal en el cual todo se creará, y a cuanto todo volverá, para reciclarse, reconfigurarse, y volver a nacer sobre las sábanas blancas arrugadas.

La miro de frente y su rostro no nos ofrece ninguna clave para poder dividirla, fragmentar su cristalino cuerpo ofrecido a nosotros con la half-red-enjoy-coca-cola-group-b-pbo31disposición esperable de la inocencia. Él se levanta y cierra las persianas, de modo que su cuerpo se aprecia ahora dividido por múltiples barras paralelas, negras de sombra. Los rayos de luz de neón del masivo rótulo de Coca-Cola del edificio penetran la suavidad de su piel con la fuerza de la hoja de la navaja que cae sobre el animal en el matadero. El olor de la sangre vieja invade mi olfato, y mi cuerpo se abstrae en el éxtasis que me proporciona su vida enter / jos pálid / carne fresc / lúcida memor / irantes / muerd / penetr / corta / cul / ara entre sus tet / sobre la cama y contr / ed / amente / detrá-palda-en medio-tres. Mis ojos me permiten el tacto, y mis manos la visión. La veo de frente cuando se la meto por detrás, y él recibe en su cuerpo las descargas del más violento placer conocido por hombre alguno bajo este cielo de neón.

Tomo conciencia del lugar en el que estamos: un bloque de concreto bajo siete bloques de concreto. Un agujero dentro de un grano que cubre una herida en el mundo, que no es más que un lunar en la espalda interminable de Dios, el universo.

Él se viene primero, sobre las sábanas. Yo, dentro de ella. Ella, entre ambos, gime de placer extremo, de tortura extrema, de sentir que su cuerpo es sacrificado por las navajas de neón, con sus hojas cortadas por las persianas, los rayos rojos y blancos proyectados sobre la cansada vestimenta de su cuerpo.

Quisiera verla por dentro, y por tal motivo, hundo mi lengua dentro de ella. Y él en mí, y él en ella, y ella en él, y ella en mí, y nosotros en la carina-back-blkwht-blueigreycarne del cordero del sacrificio, y ya próximos al orgasmo, nos hemos sofocado en el intenso olor a incienso que convierte todo en una grandilocuente ceremonia iniciática. Los pormenores de este culto que se ha formado en torno al altar pétreo al centro de este bloque de concreto, cubierto por las sábanas empapadas de sangre, semen y sudor, no los conozco: no soy su sacerdote, sino un desprotegido fiel con los ojos bien abiertos desde la butaca. Deposito mi fe ciega sobre la almohada que él muerde con fiereza; si lo hace, es porque dentro de ella espera encontrar aquello que acabe con todo y lo explique completo.

Cogemos como si todo fuera a terminarse y la única forma de saberlo fuera durante el último orgasmo, como si, entre gemidos y gritos, la humanidad entera tuviera por una fracción de segundo, una visión de lo que fue, lo que es, y lo que ya no será. La calma antes de la explosión de una supernova en los confines de cada ciudad del planeta. Desde el espacio exterior tiene un aspecto extraño, como ver un procesador de computadora, no sé, ver el interior de algún aparato eléctrico que ha sido quemado.

Nosotros, desde acá, todo eso estamos controlando. Estamos reproduciendo sensaciones y visiones y olores y sonidos y el silencio. No hablamos, no gemimos, no gritamos. Solo la metemos donde haya que meterla, la sacamos de donde haya que sacarla, mamamos cuanto haya que mamar, mordemos cuanto haya que morder, ahorcamos al otro en el preciso instante del éxtasis. La muerte es un polvo en el baño de un centro comercial: no se puede hablar de él antes, sólo se puede depender de las miradas, y tampoco se puede hablar de él después, pues rompería la barrera entre los vivos y los muertos, entre el puto de quince años y el viejo asqueroso de cuarenta y ocho cuya esposa lo espera en las mesas de McDonald’s, con sus bolsas de Benetton y Levi’s.

Toda palabra que haya sido escrita sobre la muerte ha sido ruido. Toda palabra que haya sido escrita sobre el sexo ha sido ruido. El único diálogo posible acerca de ellos es metérsela y hacerla gemir de placer; o dejar de respirar al momento cuando uno se viene; o dejarse coger por detrás sin aviso ni protesta. Dos mil años y la humillación ha socavado las fibras de la humanidad misma, a través de la omnipresente y omnívora civilización occidental. Todo cuanto ha sido construido y destruido ha sido en nombre de una vida prometida. Pero todo cuanto ha sido sentido ha sido en busca de una muerte placentera.

Ella se levanta, exhausta, y enciende un cigarrillo. La teatralidad se extiende hasta el cliché. Él no se levanta, se queda desnudo en un lado de la cama. Arroja a sus pies las sábanas que le incomodan. Yo absorbo la belleza de ambos desde una silla de mimbre cuya textura hiere mi piel sensible. ¿Cuantas piernas se han abierto a nuestro occidente?, me pregunto. Los tres formamos un triángulo en cuyo centro gravitan las tres sustancias que han alimentado cada guerra, cada revolución. Semen, sudor, y una sangre implícita, presente a través de todo nuestro ritual inacabado.

Ella vuelve a él, se sienta sobre su pecho, y él se aferra a sus piernas como si ella lo estuviera sosteniendo para que no cayera en un abismo. Las marcas que dejan sus uñas sobre su piel, cuando sus manos se mueven para recorrer el resto de su cuerpo, me hieren en lo más profundo, y por ello mismo, las deseo sobre mi propio cuerpo. Así que me acerco, me arrodillo sobre el colchón, avanzo hacia ellos, me arrodillo ante ellos, y les suplico, le grito

Cójanme. Destrúyanme. Desháganme. Penétrenme. Recíbanme.

El orgasmo adquiere matices de suicidio. Pero es un suicidio colectivo.

La faena exploratoria se reanuda. Todo es proyectado en una enorme pantalla blanca. Veinticuatro veces por segundo la toco, la siento y la disfruto. Desde que ella ha nacido, más bien, brotado, de las entrañas de la tierra de concreto, el mundo ha tenido una erección permanente.

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