Las ballenas

Nunca he visto una ballena. Es decir, con mis propios ojos. Las he visto en documentales, en anuncios inclusive, pero no una real, una en vivo. Dicen que son monstruosas, gigantescas, más grandes que cualquier animal que jamás haya visto en tierra, mucho más. No lo sé. Con frecuencia me he detenido a pensar en le tamaño que tendrán sus corazones… Dicen que cuando uno cierra la mano en un puño, el tamaño de éste es el del corazón… ¿Y el de una ballena?

Ahora tengo treinta años. La primera vez que vi una ilustración de una ballena debió ser hace unos veinte o veinticinco. Quizás antes, en alguna ilustración de mis libros para colorear; sin embargo, no me causó el dibujo la impresión que sí lo tuvo una fotografía que me encontré tirada en una vieja biblioteca cuando tenía once años. Era la casa de un familiar lejano, cuyos estantes y armarios rebosaban de libros que él ya no recordaba haber leído. Me dejaron andar libre entre las habitaciones polvorientas, manosear cada objeto, y ojear las páginas amarillentas que caían de todas partes como si de trozos de la casa se tratara. Tenía esa sensación, precisamente: la casa se iba a derrumbar ese día, sepultaría todo su contenido, incluido el viejo, y yo sería el último explorador en fascinarme con sus recónditos tesoros. Era mi deber excavar, romper, atravesar, quebrar, y lo hice con placer absoluto. Entre las ruinas, fragmentos de fotografías arrancadas de revistas y libros viejos componían un mosaico que abarcaba todo el mundo, todo el universo: un árbol, un gato, una constelación, un icono ruso, una ilustración medieval, una mujer leyendo, y una ballena. Azul, gigantesca, la mitad de su cuerpo oculto en la penumbra del océano y sus ojos invisibles evitando mi mirada, el ataque frontal de mi curiosidad implacable.

Me quedé sin aliento entonces. Yo recuerdo. Vibra en mí esa imagen. Por muchos años la busqué en millares de libros con la infantil fantasía de que era la primera imagen jamás tomada de una ballena. Esto era imposible, pues era a color, bajo el mar, y muy nítida, pero me hice esa ilusión, y con esas señas, la busqué en todas partes. Sin embargo, desde el principio, tuve una reserva: no podía buscarla en el mar, o en un acuario. Tenía miedo. Me sobrecogería la emoción. Me abrumaría su fuerza y yo me desvanecería, me empequeñecería hasta ser imperceptible.

Mamá una vez me llevó al mar, una sola vez. Ya papá había muerto y los contornos de su cara se empezaban a diluir con los colores del paisaje a ambos lados de la carretera. Nos detuvimos en un pueblito en las montañas a la mitad del camino hacia la playa, y tomamos una taza de café sentados bajo la sombra de un árbol en el parque local. No nos dijimos una sola palabra. Pero, si tuviera que elegir un momento en el que he sido verdadera, sinceramente feliz con mi madre, fue éste, aislado, una imagen suspendida entre dos masas de negro olvido, en las que deposité toda la tristeza y la duda que me llenaban. Porque no había nada más dentro de mí. Solamente una pregunta y una certeza, certeza de estar solo. Y la pregunta de cuándo terminaría todo esto; no mi presente de entonces, mi pasado, sino todo, ayer, hoy y mañana, y pasado mañana también, cuándo acabaría ardiendo como llanos en el horizonte. Sin embargo, en aquel momento no teníamos, ella y yo, más que la certeza del sabor del café, del aroma de las flores desparramadas en el suelo, y de nuestra proximidad. Una luz íntima proyectada sobre el entramado de las ramas de los árboles nos unía como nunca antes ningún abrazo ni caricia. En ese instante, sentí por primera vez que quizás -no, estaba seguro- mi madre me amaba con sinceridad y sin compromiso. Todo duró muy poco, porque me pregunté si ella sentiría lo mismo proviniendo de mí, un amor desinteresado y voluntario. La duda sepultó una isla luminosa.

Recuerdo que ese viaje duró unos cuatro o cinco días. Dormíamos en un camarote en un hotel humilde, cuyas paredes olían a sal marina y a coco (especialmente en la cocina). Hablábamos solo lo necesario, sin aburrirnos. Caminábamos por la playa, por los senderos a través del bosque que adornaba la cima de las colinas circundantes y por el minúsculo poblado cercano. Todas sus casas estaban hechas  de madera. Todos cuantos allí vivían olían a mar. Me deslizaba entre las faldas de ancianas para acercarme lo más posible a los frutos que yo no conocía y que veía en el mercado. Mamá me dejaba andar por donde quisiera, sabía que volvería a ella. De noche, ella fumaba sentada en una mecedora que rechinaba cuando ella se movía hacia atrás. Yo bebía Coca-Cola helada, sentado en las gradas que bajaban a la playa. Sin que mamá me viera descendía un escalón a la vez, hasta llegar a tocar la arena con los dedos de los pies. Luego tomaba un puñado de arena y lo dejaba escurrirse entre mis dedos. Si la miraba, ella sonreía pero volvía la cara de inmediato.

Las estrellas y la luna brillan igual que cuando estuve con mamá en este mismo lugar. El hotel ya no existe, pero debió ser por aquí cerca. Oigo las olas reventarse contra las piedras de la costa, sin verlas claramente, tal es la oscuridad. No hay una sola nube en el horizonte. Podría penetrar en el mar en una lancha y la luna guiaría mi ruta toda la noche. No sabría adónde ir. Ése sería el problema. Estoy tranquilo. La duda y la tristeza se han ido. Se supone que uno retiene un poco de cada una durante toda la vida, pero yo no, las he suprimido definitivamente, y eso me ha hecho una persona (no más un hombre, o un habitante de tal o cual país, o un periodista, o tal categoría, sino solo persona), y una que es cristalina sin reflejar luz, solo la de la luna, sin refractarla tampoco, sin absorber ningún color, ni bloquear ninguno.

Sentado en la arena, regreso a un estado primitivo, mudo, sordo, sin tacto, sin gusto, pero no ciego, nunca ciego. Sigo buscando a una ballena en el mar. Cada vez que oigo una ola formarse, avanzar y reventar, me pregunto si serían las aletas de una ballena las que agitaron la superficie del agua. O si, desde el fondo, se agita y se sacude provocando remolinos que ascienden en forma de espuma, o en forma del oleaje que bate la mansa manta azul y eterna de mar que veo frente a mí, tendida, ofrecida, sin dueño.

Yo era un niño perdido en la playa de noche, había que temer por mí. Mamá corría por la arena apuntando con su linterna en todas direcciones. Gritaba mi nombre pero el estruendo del mar lo ahogaba a los pocos metros. El dueño del hotel venía detrás de ella, con una lámpara de aceite. Ambos se veían tan pequeños desde arriba, desde la colina. Yo veía al mar hincado entre los matorrales. No tenía la fuerza para gritarles y aplacar su desesperación. Durante largo rato, los vi ir y venir con sus luces amarillas.

Hoy, el silencio, las estrellas, el canto de las ballenas, la silueta de las rocas y la aspereza de la arena me devuelven a un estado primigenio, anterior a toda humanidad, a toda artificialidad. Solo en el mar. No hay límite entre la tierra y el agua, todo el espacio único e inacabable de la voluntad humana. Puedo caminar. Puedo nadar.

Bajé corriendo hacia mamá, mi cara bañada en lágrimas, mis sollozos confundidos con sus gritos de alegría. Su largo cabello caía sobre mi espalda desnuda. Mi cara apretada contra su pecho: podía oír el imparable latir de su corazón. Pensé que había oído una ballena, le dije, por eso corrí hasta la cima de la colina, para otear en el horizonte, esperando encontrar al animal mítico que era capaz de emitir un canto de tan sobrecogedora belleza. Y ella me dijo “Eso es imposible”, y con ello borró en un instante todo en lo que mi alma había reposado hasta entonces, la posibilidad de ver y oír y tocar a una ballena, nadar junto a ella y sumergirme en la calidez de lo ignoto.

Dicen que el fondo del mar es tan helado que moriría de inmediato, si la presión no me matara antes. Quisiera saberlo por mi propia cuenta. En este estado anterior al tiempo, que es la más grande herida que el ser humano le ha inflingido al universo (encajonarlo en las paredes de una medida inexistente), en esta abertura, grieta en el tejido de la vida en la cual he concentrado todo lo que soy y todo lo que puedo llegar a ser, yo veo. Yo puedo ver. Y a través de mi mirada creo y destruyo lo que quiera. Todo lo que he imaginado se alza en medio del mar como una columna multiforme en constante movimiento, alrededor de cuya base nadan siete ballenas azules de tamaño incalculable. La visión de lo masivo que es el universo, contenido en esa visión bajo la bóveda de las estrellas, me sofoca, me derrota. La certeza de la infinidad de mi deseo, mi deseo que puedo formarlo todo y cancelarlo todo es lo que me mantiene asido a la materialidad del mundo. La duda me retiene en el límite entre la desintegración y la solidez. Dudo si veré o no a una ballena. La posibilidad de hacerlo es lo que me da fuerza, la posibilidad de ver, con mis propios ojos, la inmensidad de lo que hay y lo que es. En la duda permanezco suspendido frágilmente. Este momento no tiene, no puede tener, un fin.

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