Grabación de la mirada

Su cara aparece y desaparece tras las cortinillas rojas de la sección contigua. Lo puedo ver cada vez que se echa para atrás, como tomando aliento en medio de su escandalosa conversación con alguna mujer gritona, un amigo de voz insoportablemente femenina y dos o tres personas más. Cada fracción de segundo que puedo verlo congelo la imagen: la devuelvo, como un video casero, y la adelanto, devuelvo y adelanto, descompongo sus movimientos en otros más sutiles y pequeños aún.

Se echó para atrás, estiró su espalda, sonrió a un chiste dirigido hacia él, miró hacia mí sin verme realmente, y bostezó ligeramente. Retrocedo mi memoria: su cuerpo entero se balanceó hacia atrás, cada músculo en su espalda relajándose de una prolongada expansión, su camisa se contrae en una multitud de arrugas de la tela, su cuello rota hacia la derecha y hacia la izquierda, su mirada choca con la pared roja y al otro lado con mi cara absorta en su contemplación, sus labios se abren con levedad, como por accidente, muestra dientes perfectamente blancos, emite una risa que reverbera en los acabados de lata y de oro en las paredes y muebles del local, la pared que separa los compartimientos del salón bloquea a mí su cuerpo entero cuando está inclinado sobre la mesa, consumido en la conversación, y sólo sus piernas cuando se echa hacia atrás, y de nuevo, su boca se abre porque sí, y bosteza con lentitud, su mano se eleva escasos centímetros desde el respaldar hasta su boca y cubre su bostezo de quienes están en su proximidad, pero yo lo veo. Así descompongo sus acciones.

Así lo veo. Centímetro por centímetro. Su cara se torna borrosa debido al humo de cigarro que flota en el aire del lugar. Es un salón, un bar a medias, un restaurante a medias, donde el licor es caro y la comida es servida en porciones diminutas, y donde las conversaciones más dispares se sostienen en pequeñas salitas separadas por angostas paredes tapizadas de escarlata y oro. Velas aromáticas, incienso y flores quieren fabricar un exotismo que es el kitsch más vacío y opresivo. Solo quiero levantarme e irme. Dejarlos a todos atrás -sus voces construyen la música más banal y repetitiva que he escuchado, sus gestos son los más vulgares y calcados de películas, series de T.V., caricaturas, no sé qué más. Me percato de que no sé qué leen, no sé si leen; no sé qué películas preferirán, o si solo verán objetos y personas en pantallas gigantes. No sé nada sobre ellos.

Lo veo de nuevo. Su cara es muy masculina, sus facciones muy marcadas. Una sombra de barba a la mitad del día hace resaltar más aún sus pómulos y sus labios, que apenas veo definidos desde acá. Parpadea dos veces cada cinco segundos. Tiene una costumbre: rascarse muy suavemente el lado izquierdo de su cuello, el que no puedo ver, con la mano derecha, pronto se convierte en una caricia que parece saborear el contacto de su piel, que debe ser suave. Yo debería ser capaz de tocarla. Y lo soy. Mi mano se desliza sobre la mesa y puedo sentir la frialdad de la madera y su inexorable solidez. Por más pequeñas que sean las partículas en las que disuelva con mi puño los tablones marrones, siempre serán sólidas y no podré desintegrarlas.

La mano acelera unos cuantos metros por segundo y se posa sobra el hombro de la compañera. Lo que podría ser causa de un quiebre, una ruptura en el tejido que se tiende como un puente muy ligero entre su figura y la mía se revela a justo tiempo como una confusión de significado, si bien no una ilusión óptica que lo hubiera echado todo por tierra. Posó su mano sobre ella con cariño pero ellos no son amantes, solo amigos. Porque retira la mano pronto. Eso quiere decir que aún, tal vez, él me podrá ver a mí. A mí. Su cara mira en un ángulo de 45º hacia un interlocutor para mí invisible. Esto quiere decir que es probable que haya notado mi mirada inquisitiva y el nerviosismo con el que tiemblan mis labios húmedos de vodka. Si dobla la cabeza un poco más…

Y por un segundo, me mira fijamente como si se percatara de mi existencia en ese mismo instante y de pronto fuera yo como una justificación, un centro de la imagen plena que tiene él formada en su mente de este lugar, estas múltiples paredes cruzadas, de decoración abrumadora. Se extienden líneas blancas, tan finas que ni sus ojos ni los de nadie más pueden detectar. Los míos tampoco, pero como conozco de su existencia, mi imaginación se las figura como hilos blancos y vibrantes. Y son líneas que atan dos miradas en lados contrarios. Cuando él mira hacia su derecha, yo veo hacia mi izquierda. No veo más que a él.

Retrocedo. Su cuello ha pasado de 45º a unos 15º, en mi favor, en mi dirección y sus músculos se han tensado, retorcido de modo que su suave piel se estira sobre el cuello de la camisa azul. El azul se ve mucho más claro bajo la luz central que cuelga sobre su mesa que en la penumbra de los extremos alrededor de la mesa circular. Congelo este momento y unos minutos después lo resucito para explicarme su aparición.

Adelanto. Su mirada ha regresado a mí. De algún modo he de haber llamado su atención, capturado las líneas del pensamiento conformadas por la percepción y la conciencia del otro, del ambiente, del espacio, que se han configurado como líneas rectas en mi dirección; su punto inicial está en sus ojos y al final, las líneas desembocan en mis facciones regulares y pierden su geometría, se quiebran, estallan y se reparten sobre toda mi cara inmóvil.

En el medio, ha sucedido el silencio. Ha pasado el silencio. No es una pausa en los acontecimientos, es un evento en sí. No se trata de una depresión en la geografía de la conversación, sino de un pico imposiblemente alto y empinado, una barrera antinatural que marca periodos históricos de la erosión de las palabras.

Adelanto de nuevo, más allá de la marca establecida por el retorno de su mirada. Su cuerpo adquiere una nueva postura bajo la media luz de la mesa. No es totalmente encorvada como antes, sino que el peso de su cuerpo de balancea ahora en el borde de la silla, sus piernas tensas como listas para levantarse. Sin embargo, esto no lo veo, sino que me lo figuro. Y como no he visto sus piernas ni sus músculos inferiores, ni veo ni siquiera el borde de la silla, logro componer esta imagen mediante la recombinación de fragmentos específicos de la mirada grabada, complementados con rellenos fabricados por mi imaginación atizada por la atmósfera del lugar y el aburrimiento.

Ha de haberse levantado en un momento en el cual me vi forzado a participar de nuevo en la conversación general. Retrocedo en el tiempo de mirada y ningún mínimo indicio de verlo levantarse. No sé cuándo sucedió, por tanto. Sé que ocurrió porque la sombra que proyectaba sobre el asiento ha desaparecido, y se han fusionado las dos masas de luz que su cuerpo partía en dos, es decir, que la luz de la lámpara central ilumina por completo el espacio que a él le corresponde. Se levantó, por tanto, y sus músculos inferiores sí estaban en el estado de tensión previo al ejercicio.

Vigilo y dirijo la dirección y precisión de mi mirada ahora. La atención es completa. Los espacios sombreados por los cuerpos de las mujeres que lo flanqueaban han desaparecido y la luz se ha apoderado del espacio que en principio le pertenecía. Se han levantado los tres sujetos cuya corporeidad mi vista corroboraba. Las voces que rebotaban en las paredes y llegaban hasta mí con turbios tonos y contenidos se han disminuido. El grupo se ha ido.

Me levanto con discreción. Me excuso. Camino hacia la salida de la sala que ellos ocupaban como si me dirigiera hacia el baño. Él está allí de espaldas. Se vuelve. Se vuelve. Un cuerpo extraño se coloca en la dirección de su mirada. Nos bloquea. Impide el contacto. No me vio. Ella se quita. Él está de espaldas de nuevo. Camina. Se van, sin remedio, no podría detenerlos de ningún modo. Cuando al fin he tenido la oportunidad de completar el cuadro que me había formado de su aspecto ésta se ha escapado por la acción de un segundo, la decisión de dar un paso al frente y romper los hilos de la conciencia de manera irrevocable.

Sin embargo, no me desaliento. En mirada conservo suficientes grabaciones de fracciones de segundo durante las cuales poseí su imagen interrumpida, y con estas partículas de la visión puedo recomponer una imagen entera del aspecto de este hombre. Mañana podré explorar en mi memoria y sacar a flote esa imagen sumergida en la oscuridad y el humo, y contrastarla con las miradas de los que pasen a mi lado. Y la próxima semana, en que es probable que salga de nuevo a algún bar, lo voy a buscar, hasta el día inevitable en el cual al fin la mirada adquiera el poder suficiente para atraerlo hacia el contacto definitivo. Lo que ocurra en adelante, no puedo verlo, porque aún no he visto suficiente.

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