Adrián: una vida en doce minutos

I

Es imposible recordar lo sucedido en los primeros meses de vida: el cerebro aún no está desarrollado, la memoria aún no ajusta los mecanismos con los que habrá de torturarnos posteriormente, y los ojos no distinguen entre colores, formas y patrones todavía. Pero yo conservo una imagen de mis años más tempranos, mis meses más tempranos, un instante: mi madre lavando ropa, a mano, en el patio de la casa vieja. Rayos de sol que bailaban entre las ramas del limonero reverberan en sus brazos, mojados hasta el codo, cubiertos por la fina espuma del jabón. Yo debí estar sentado en la grada de la puerta de la cocina. En ese instante, debía ser feliz.

II

Luego, tenía cinco años y estaba en una sala impregnada con un fuerte olor a humedad, a perfume de rosas barato, y a incienso. Mis pies colgaban del sillón y se balanceaban con suavidad: mis zapatos negros recién lustrados, mi camisa blanca nueva, las causas de mi orgullo.  Oía a mi madre sollozar, pero en aquel tiempo no comprendía qué significaba llorar si no era por hambre o por un berrinche. Mi tía entró en la habitación con una bandeja, llena de las mayores delicias del mundo, nada podía parecerme tan exquisito como ese pan, el pastel, la mantequilla casi derretida sobre las tajadas de pan blanco, el queso cortado en finas láminas, el jamón fresco al borde de la bandeja. No sabía por qué visitábamos a mi tía ese día (jamás lo hacíamos, ella venía a nuestra casa). Con los años me enteré de lo que mi madre había venido a contarle.

III

Entonces tuve nueve años y viajaba hacia la escuela en el autobús, con la cabeza apoyada en la ventana, mi mochila sobre los regazos, y mis manos aferrando mi comida en una bolsa plástica. Mis dedos acariciaban una manzana. Era muy temprano en la mañana: hacía frío y el sol teñía los jardines con una luz naranja que atravesaba todos los altos árboles. No era usual que prestara atención al camino, ni a las casas, ni a la gente, pero ese día, atrapó mi atención una cara familiar, hace mucho tiempo olvidada. Mi padre fumaba un cigarrillo junto a un automóvil azul. Él me miró de frente, pero no dijo nada, porque mi autobús aceleró de pronto y me alejé, irrevocablemente, de él.

IV

A los trece años me di cuenta de que los niños jamás olvidan. Fue cuando mamá me explicó todo, en la cocina, un día en el que yo no pensaba más que en salir a jugar fútbol. Recuerdo que no podía asimilar las palabras que ella con toda delicadeza labraba para que yo comprendiera y no fuera doloroso. Entonces recordé la vez en el bus, la vez en la que vi la cara familiar; a ella no se lo mencioné, sino que conservé ese encuentro, esa reunión abortada, como el único lazo que perduraba entre él y yo. Y sin embargo, aunque ella me lo rogaba, no podía contestarle nada, no sabía cómo me sentía, porque nada me importaba. Yo solo era un niño, y solo pensaba en ver a mis amigos, en el parque, la bola rodando, la hierba crecida hasta las rodillas, la tarde desplomándose en el horizonte, sobre la silueta de los edificios. Impaciente, me fui de la cocina sin responderle a mamá.

V

Tres años más tarde estaba parado en medio de la cancha de fútbol del colegio, tras un entrenamiento. Yo ya no jugaba en el equipo, sin embargo, me gustaba quedarme en el colegio esos días para charlar con mis amigos. Estaba solo en medio de la cancha, totalmente solo. Muy lejos, la figura de algún niño que salía de clase de arte, con las manos manchadas de pintura, que se lavaba las manos en una pila al borde de la cancha. Mi bulto colgaba de un solo hombro. Estaba esperando, mas no puedo recordar a quién o qué. Me senté en la hierba, o quizás ya estaba sentado, no lo sé, y me dispuse a contemplar las nubes. Me di cuenta de que, de pronto, ya no podía hallar figuras de conejos, caballos, dragones, con la facilidad que solía hacerlo cuando niño. Fue en ese instante en el que me di cuenta de que algo había cambiado en mí. Repentinamente, mis piernas se sintieron más largas, el pantalón se sintió un tanto tallado, la camisa también, y mi cabello demasiado largo.

VI

Había besado a algunas chicas, a mis dieciocho años, pero hasta el momento en el que la besé tomé conciencia de la importancia de ese hecho. En todos mis años anteriores, había tomado ese acto por sentado, un fluir natural de las amistades que trocaba en románticas persecuciones y enredos que no me emocionaban tanto como al resto. Y luego, bajo la gradería del gimnasio del colegio, en un cuartucho apestoso a humedad, a sudor viejo impregnado en los uniformes del equipo de basketball, ella contrajo sus labios en un gesto de embarazo, y yo me acerqué sin freno, hasta que la besé. Ahora, no puedo recordar su nombre, pero su cara está grabada en mi memoria; al menos, la mitad de su cara que la escasa iluminación me permitía apreciar.

VII

Ser joven no me pareció una condición finita hasta el día en que fui con Sandra y Fernando a la montaña, no sé a cuál, quizás en Cartago. Los tres, alineados, sentados sobre la hierba con las manos de cada uno posadas sobre las del otro. Sandra apretó mi mano. El valle era un mosaico de verde, rosa, el agua helada del río, las vacas pastando a su orilla, los granjeros caminando en la distancia como puntos, manchas diminutas de rojo. Fernando apretó mi mano. El silencio de aquella contemplación prolongada. Lo he estado buscando el resto de mi vida, el silencio. Pensé en cómo esos árboles algún día caerían, sería talados con las mismas herramientos que centelleaban con su brillo metálico en una colina cercana. Pensé en cómo el río algún día se desbordaría y helaría las raíces mismas de los altísimos troncos. La brisa mecía la hierba y las plantaciones de café. Pensé que algún día, el viento barrería con el valle, con nosotros tres. Cuando me levanté, abrí los brazos, y suspiré (Fernando y Sandra me miraron con sonrisas muy sinceras), ya no era joven.

VIII

Todo se precipitó como un derrumbe en la montaña. Tenía treinta años, tenía un empleo desde hacía unos meses, y mi esposa me estaba llamando al celular. Yo estaba afuera de mi oficina, fumando un cigarrillo, apoyado sobre el que parecía ser mi automóvil. El teléfono seguía vibrando, luego timbrando. Mis pies aprisionados por zapatos nuevos debían estar hinchados; el nudo de mi corbata aflojado para combatir el calor; estaba bien vestido, yo, Adrián, en un estacionamiento espantoso, destruido, con las paredes manchadas de graffitti y basura revoloteando por todas partes. Me sentí asqueado. Ese día, no contesté el celular. Fue la primera vez. Sentía que algo tenía que cambiar, y en ese minuto, mi matrimonio se desvaneció tan sutilmente como cobrara forma.

IX

En ocho años, había logrado que la mitad de mis amistades y conocidos me odiara o me olvidara, y yo estaba solo, frente al cuerpo inmóvil de mi madre, en la casa vieja, que no visitaba no sé desde cuándo. La criada que la halló muerta sollozaba en un rincón de la habitación pero mis ojos no se podían enfocar en ella, en nada más, todo era nublado, grisáceo, indefinido. No era amor, sino un deseo lo que me abatía. Deseaba haber estado más cerca de ella. Clavado frente a su cuerpo, esperando la ambulancia, o a los de la funeraria, no recuerdo ni creo posible hacerlo, soñaba con un momento feliz que hubiera pasado al lado de mi madre. Mi imaginación se elevaba con alas muy frágiles, como una polilla, como una mariposa delicada, de las que revoloteaban en el patio, a través de la ventana, la madera crujía, el agua de la cocina corría ahora que la criada se disponía a hacer café, y mi imaginación falló, se derrumbó, por primera vez en mi vida entera, la creatividad que largo rato me había salvado, colapsó y mis ojos siguieron empañados.

X

Ambos estábamos llorando, desconsoladamente. Queríamos tanto restañar las heridas, ponerle parches a la porcelana quebrada, coser las telas rotas. Yo miraba por la ventana, en un cuarto piso, con la mano sosteniendo la ligera cortinilla. Ella cubría su cara con ambas manos y rezaba, o clamaba, o rogaba, o gritaba. Solo recuerdo ver sus labios moverse. Ambos éramos viejos ya, cuarenta y siete, cuarenta y ocho años, pero las incongruencias de la juventud minaban el estrecho camino, la playa muy angosta, que nos comunicaba. Los ruidos de los automóviles, de los buses, de chiquillos correteando en la calle, golpeaban la ventana como olas, limpiaban de mí todo deseo. En ese momento, me percaté de que ya no podía odiar, resentir, amar, anhelar, desear algo, del todo. Así que me acerqué a ella y nos abrazamos.

XI

Tener niños jamás me dio tanto placer como en ese breve instante en el que Mariano llegó corriendo a mí con un pescado en la mano. En nuestra casa de campo había un arroyo, donde pululaban varios peces, pero en años, era el primero que él lograba capturar. Desnudo hasta la cintura, bañado en agua y sudor, corrió hasta mi silla, donde yo leía algún libro o periódico, y me mostró su captura. Era como si estuviera arrodillándose ante mí, con la cabeza baja, y diciéndome, “Papá, esto es lo que hice con mi vida. Esto es lo que me enseñaste. Papá, lo lograste”. Y yo acaricié sus mejillas y su cabeza, aunque él ya estaba viejo para que su padre necio lo besara, lo besé, estaba orgulloso. Pero cuando él no me besó, cuando no fueron sus labios los que se posaron sobre mi mejilla, recordé cuánto extrañaba que mamá lo hiciera, y cuánto hubiera querido que papá, alguna vez, lo hubiera hecho, para al menos poder resentir su partida. Me sentí solo en el mundo, a mis casi sesenta años, muy solo, abandonado en una silla maltrecha en un jardín descuidado.

XII

Las cortinas caen como cascadas sobre los muebles de enfrente a la cama. O como velos de novias pudorosas, ocultan los espejos. Por última vez, quisiera verme en un espejo. Quiero saber si las grietas que siento que atraviesan mi rostro son reales; un solo deseo me consume en este momento: poder alzar la mano y sentir mi cara, saber si realmente está arrugada y seca, sentir mis ojos, sentir mis labios temblorosos que imploran agua. Pero no puedo alzar el brazo. No puedo alzar la voz. Tengo sed. Mi madre me ha abandonado en un desierto. Mi padre me ha perdido en una selva. Mi esposa llora en algún rincón de la casa. Creo que tengo un hijo. Debería estar acá. Yo debería posar mi mano en su frente y decirle, “Hijo, he vivido”. Y él debería estar aquí para agradecerlo. Por favor, solo unos segundos más. Quiero alargarme, extenderme, estirarme un poco, sobre la vida, sobre la cama, sobre mi memoria. Y recuerdo qué es lo que me mantiene aquí, por qué es que vale la pena permanecer y sufrir esta sed por más tiempo. Y me doy cuenta de que son solo doce minutos los que me han definido, esparcidos en la mesa como burbujas de jabón, como perlas de sudor, como el brillo de los ojos, como una brisa ligera en la montaña, como pececillos nadando en la helada corriente. Así he sido.

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2 comentarios en “Adrián: una vida en doce minutos

  1. …positivamente deprimente. aunque si se debe definir una vide por sólo 12 minutos, existen peores docenas.
    ciertamente la fatalidad de la tragedia es intrínsecamente bella.

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