El incendio

El cuerpo desnudo tendido sobre la cama le recuerda la caída de las hojas sobre su núbil cuerpo adolescente en la hoy abandonada casa de campo de su familia. Su piel de mortecino color le recuerda el agua helada en la que sumergía sus pies y sus manos, sentado en la hierba. Las ondulaciones de su largo cabello sobre la espalda y la cama le recuerdan las ondas producidas en la superficie del lago cuando arrojaba guijarros con el solo propósito de adivinar su trayectoria. Y su aroma a mármol, a piedra, a sal, le recuerdan el tacto de los troncos gruesos de los pinos y los cedros.

Tras el éxtasis, el cuerpo bañado en el sudor frío de la madrugada brilla en la piel de su espalda como diminutos reflejos del sol, rayos quebrantados por las ramas de los altos árboles que colgaban sobre el agua. Posa su mano temblorosa sobre esa piel, extendida ante sus ojos como el mapa restaurado de una tierra ignota. Su pureza misma lacera la retina.

El incendio en la arboleda que devoró al vetusta casa se alza en su recuerdo una vez más. Las llamaradas en el horizonte disparan chispazos perdidos de la memoria: brillan como los ojos de animales asustados que se ocultan entre los matorrales y bajo las empedradas laderas, en la noche en la que el fuego arrasó con la hacienda. Más allá del borde de la cama, el humo se eleva en el horizonte, como un remolino.

Sus párpados caídos sobre sus ojos húmedos son como las cortinas cerradas y amarradas al alféizar de la ventana, para que el humo no penetrara en el refugio. Se escondieron en el establo del vecino, y el olor de la madera cortada del aserradero contiguo irritaba la nariz tanto como el humo y el polvo. Se inclina sobre el cuerpo inmóvil, figura femenina, y el delicado aroma frutal que despide, que emana de sus ropas y de su cuello, le recuerda un claro en medio del bosquecillo, junto al sendero empedrado. Las manzanas colgaban sus cabezas y rodaban en el suelo, doblando las briznas de hierba y amontonándose al pie de la pequeña colina.

Ahora yace sobre la mujer y ésta respira con dificultad. Se despierta. Abre los ojos, muy abiertos, como escudriñando la dureza de la cara del hombre. Pero sus rasgos secos y tallados en piedra no permiten quedsci1414 la calidez de su mirada los descifre, los abra como un pergamino cubierto de cenizas sobre la cama, entre ambos cuerpos desnudos. Es él quien se despliega como mapa abierto. Cada mancha, cada arruga, cada cicatriz en su cuerpo son las costuras del vasto tejido de su existencia, que él le ofrece como una urna fúnebre, marmórea, decorada con delicadeza por el pincel experto de la abuela (el jarrón de la sala de la casa antigua, las mesas de madera con motivos florales, las acuarelas sencillas colgadas en las paredes, que cayeron con estrépito cuando las vigas cedieron).

No hablan. En su silencio, todo el sufrimiento del mundo. Él no contaba con más que ocho años; ella, en otro extremo del mundo, correteaba bajo los helechos y las amapolas. (La mujer tomaba su mano entre las suyas). Los tablones de madera crujían con tal fuerza que a la distancia, los quejidos de la casa taladraban su alma, trapasaban como puñales los recuerdos del lugar tan querido. No era más que un niño. Sin embargo, fue en aquel momento que se dio cuenta de que todo acababa, de que era fácil desvanecerse. (La mujer lo besaba, los labios se unían repetidamente). Las cercas y los arbustos que una vez fueron se desmoronaban, se desintegraban en cenizas, ardían a cientos de metros de él, pero sentía que la piel de sus brazos se erizaba y se calentaba con aquellas llamas. (El abrazo. La desnudez. El silencio de la madrugada).

Él la abraza y no la puede soltar, se aferra a ella y a su carne viva, temblorosa, cálida. En esta noche calurosa, la memoria del incendio arde, como fósforos encendidos en medio de la noche, destellos de la infancia: su cuerpo delicado le recuerda la suavidad del suelo al tumbarse, desnudo y empapado, sobre la hierba de la orilla. El cabello de la mujer cae sobre su espalda mientras la besa, es como el roce de las ramas de los árboles, cuando corría entre los caminos enrevesados que atravesaban la finca de lado a lado. Saltaba sobre los muros de piedra manchados de tizne y sobre las cercas calcinadas.

Cómo puede pensar en esas cosas al tiempo que la aprisiona con sus miembros, que presiona su cuerpo contra la suavidad del colchón, no se lo explica. Besa sus párpados, sus labios, su cuello, sus senos, y siente como si estuviera sumergido en la laguna poblada de peces, cuya superficie penetraban los rayos del sol de la media tarde, luz que caía de los árboles, de las copas altas y frondosas; su diminuto cuerpo navegaba entre los charcos de luz que flotaban en el agua mansa. Como si estuvieran bajo el agua, el silencio absoluto los consume y rodea la cama como una cortina de seda.

Ella acaricia sus mejillas y la barba tiene la textura de las ropasdsci1809 chamuscadas, que recogieron en el centro de la casa derrumbada. Si él abriera los ojos, no sabría si vería la danza violenta y voluptuosa de las llamas, o la tez ardiente y sudorosa de ella. Que en una noche como ésta recordara el incendio, no sabe cómo. Que los paisajes de maderos incandescentes y arbustos humeantes se mezclaran con las paredes negras de la habitación.

Y ella jamás sabría que en él se agitan tres momentos, separados por años de distancia, por las cenizas, depositadas sobre su quebrantado cuerpo con aroma de madera. Así que él es delicado. No deja que sus lágrimas bajen de la mejilla, se las seca con el dorso de la mano cuando ella cierra los ojos, consumida en el éxtasis. Se desploman sobre la cama como las paredes de la casa, quebrada y reventada en las esquinas, los lados, y el techo que cayó con estrépito. Él se sacudió aterrorizado. Sintió ganas de correr hasta el lago, pero lo retuvieron con una fuerte mano en el hombro.

Él solía otear en el horizonte, perder la mirada en la otra orilla del lago, seguir con los ojos a las aves que rozaban con las alas la superficie, trazando líneas blancas de orilla a orilla. Él mira por la ventana: el paisaje de la ciudad recortado por edificios con rótulos de neón. La luna. La luna iluminaba el camino desde el lago hasta el pórtico de la casa. El día del incendio buscó sin éxito en el cielo cualquier estrella, o la luna, pero en la noche, el humo aún llegaba hasta el cielo.

Anuncios

3 comentarios en “El incendio

  1. Tiene algunos momentos excelentes, y sobre todo la percepción de los hechos y lo sentimientos es muy clara, eso es genial. A veces siento que es un poco recurrente en expresiones que opacan algunas oraciones por ser mas gastadas, pero eso no le quita nitidez a la narración en general. Es decir: CHIVA!!

  2. Esta muy bueno! Lo q mas me gusto es como se mezclan las sensaciones, las de los con las del lugar y con los diferentes eventos, me gusto mucho!!

  3. Me encantó, la narración estaba excelente, me hubiese gustado que la descripción de los hechos fuera un poco menos cargada pero supongo que era para acentuar algunos eventos de la historia. La comparación está sumamente ingeniosa nunca se me hubiese ocurrido y definitivamente no creo que alguien más haya escrito algo así

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s