Lluvia, lágrimas y sudor

Anoche llamé a Mariana, aunque yo sabía que no iba a estar en casa, porque los miércoles ella va a clases de baile. De todas formas, tenía la sensación de que esta vez sí me iba a contestar y la llamé, y en efecto alguien alzó el auricular por primera vez en dos semanas, tres días, diez horas y cinco minutos (todo el tiempo desde que Mariana me dijo: No, Roberto, ya no más, y yo le dije: “Sí, Mariana, por favor”, y la atmósfera opresiva de su habitación, donde ella me dijo esas palabras fatales me hizo sudar, me hizo temblar, y me tuve que retirar, sintiendo que no podía permanecer de rodillas por más tiempo, suplicándole que me perdonara).

Y fue Gustavo, su hermano, el que me contestó:

-Roberto, ella no quiere hablar con vos ahorita. No quiere hablar más con vos. Le hiciste mucho daño, y bueno, sabés cómo es ella de terca. No sigás llamando, que no vas a conseguir nada. No creás que es fácil para mí, que nada tengo que ver en el asunto, decirte estas cosas, pero bueno, ella me lo pidió. Y te digo que no te va a perdonar.

Y corrí. Alrededor del parque, a través de los árboles, saltando piedras, basureros, matorrales, botellas plásticas, cajas de cartón, y salté hacia la calle y allí, de pronto, me detuve. No había colgado el teléfono público desde donde llamé a Mariana. Gustavo debía estar gritando, extrañado de que yo no le contestara nada.

El asfalto estaba frío. En medio de la carretera, yo me sentí joven, de pronto, después de muchos años de sentir que me había convertido en adulto, que había obtenido el acceso a una extraña habitación oscura, poblada de las emociones de adultos que perseguí de adolescente. Me sentí como un niño. A los quince años, quise ser hombre al día siguiente. Y lo fui. Por tres años, lo fui, fui hombre y sentí sentimientos exclusivos de aquellos que son adultos, al menos eso era lo que creía. Sentí que el poder se me desbordaba de las manos. Que era algo privado, de personas maduras, algo que ni mamá ni papá ni nadie jamás comprenderían, porque de repente fui más maduro y más grande que ellos. Pero anoche los toboganes, las bolas de fútbol, las hamacas me parecieron atractivas de nuevo. Así que, aunque lloviznaba a las nueve y treinta de la noche, me devolví corriendo al parque. Y en una hamaca, me perdí por varios minutos. Pensé en Mariana como un recuerdo de una tierra lejana que visitara solo en sueños, solo en deseos, y su pérdida no fue más mi responsabilidad, no fue concreta, no fue material, sino que tuve la sensación que se tiene al despertar de un sueño agradable y placentero. Y me mecí.

El viento que agitaba mi cabello, las gotas de lluvia que mojaban mi cara, las estrellas perdidas en la noche me permitieron largas horas de la más perfecta felicidad. Me sentí libre de las opresiones del amor romántico, amé al mundo entero. Me sentí liberado de unos grillos herrumbrados como las cadenas que sostenían mi asiento, perdonado, como un animal enjaulado al que devolvían a su bosque. El olor de los cipreses y pinos de alrededor así me susurró. Oía cada movimiento, olía cada aroma, veía cada luz, gustaba del aire de la noche, sentía mi piel erizarse cada vez que me percataba de lo inmensamente solo que me hallaba, y de lo cómodo que así estaba. Las palabras de adorno cayeron al suelo una por una. Se pudrieron entre las hojas húmedas de los árboles del parque.

Salté de la hamaca y corrí por el parque. Estaba empapado por lluvia, tal vez lágrimas, tal vez sudor, y la sensación de la ropa pegada a mi cuerpo me refrescaba. Por un rato no vi más que borrones de luces en la distancia, solo la luna era permanente. Daba vueltas alrededor de cada árbol, rodaba por el suelo. Y me sentí solo. Felizmente solo. No es que Mariana fuera un peso. Ni mamá, ni papá, ni mis hermanos, ni mis amigos lo son. Sin embargo, resultaron innecesarios para mí, para mi felicidad. Me bastó con mi cuerpo, ni mi ropa hacía falta, mas no conseguí liberarme de ella, pegada como estaba, pesada por el agua.

Libre de amor, de odio, de compromisos, de hipocresía, de compañía, me bastó con mi vida misma. La lluvia, las lágrimas y el sudor eran uno conmigo. La sencillez me liberó. No sé qué pasará hoy. Tal vez Mariana me llame. Pero ya no la necesito para mi felicidad. Aunque si ella quisiera acompañarme una vez más, andar a mi lado en mi camino de niño, de palabras planas y concretas, con gusto la aceptaría. La noche, después de todo, pertenece a cada uno. El agua también.

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Un comentario en “Lluvia, lágrimas y sudor

  1. Increíble que nadie haya dejado todavía un comentario. Es lo que más me ha gustado hasta ahora (aunque me gusta la mayoría). La sensación de libertad… genial.

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