Mutaciones

I

Mamá se sienta en una mecedora herrumbrada, manchada por el polvo que levantan los elefantes a la orilla de un caudaloso río africano, sacudiendo sus colas con la brisa matinal para espantar a las moscas, que revolotean sobre el asqueroso cadáver en descomposición de un hombre, caballero ya entrado en años que camina por una calle del centro con un ramo de rosas y su cartera de cuero, cuero arrancado a animales sufrientes, cuya sangre baña los escalones de piedra de un veraniego palacio que me recuerda a Cuba, el Caribe en el verano, olor a coco, a pez muerto, a sal, a arena que martiriza mi piel y la marca como se marca al ganado, vacas que pastan en terrenos ajenos, junto a un árbol inmenso cuyo tronco podrido guarda un secreto, una luz, una vida, multitud de vidas que aún no -cigarras o polillas o luciérnagas- que deben esperar diecisiete años encerradas antes de nacer realmente, volar con alas frágiles por un día, un solo día, caer muertas, abatidas por el periódico enrollado de mamá esgrime como sable, cual pirata asaltando un navío en el Caribe y se reparten el motín en la arena, que está en el lecho del río, muy abajo, pisada por los elefantes, con su marcha firme como un trueno, como el chirrido de una puerta del patio que mamá ha cerrado, para que ningún hombre -caballero o no-  le traiga en señal de cariño flores de su propio jardín, porque ella no será quien los espere, no los va a rechazar de inmediato, Penélope, ni está esperando a nadie, porque éste se fue: a Cuba o África o lo ha desintegrado la ventisca, su imagen fragmentada ha caído, pedazo por pedazo, sobre la arena, polvo eres y en polvo te convertirás, la arena que lavan las olas de los mares donde negros buques de corsarios recortan su silueta en el horizonte, las velas como alas, alas de cigarra, que yace exánime junto a la mecedora quieta, como mamá en la cama, pero ella no ha muerto, ni morirá, las moscas no mancillarán su cadáver, porque no habrá descomposición: ella solo se desintegrará, y cada partícula de polvo tocará lo que yo he tocado, y sus imágenes serán como rosas de un ramo repartido por el mundo sobre los lomos de las vacas y de los elefantes, y de las cigarras, y de las luciérnagas, y brillarán como éstas en cada objeto y en cada lugar, sea el río africano, sea Cuba, sea un navío en el Caribe, más allá, porque ella es quien es y no puede morir. La vista de una luz moribunda, el tacto de la arena, el gusto del aire, el olor de la desomposición y también el sonido el clamor el grito: ella se convierte, y está en mí.

II

Papá debe estar sentado en el borde de su cama, viendo directamente hacia la pantalla del televisor, cuya pálida luz tiembla en la habitación oscura como la luna vista desde la esquina del parque, retada por un farol de metal oscuro extraído de una mina profunda y húmeda cuyos mineros no conocieron a sus padres o a sus madres, nunca les han hablado, o como él que se siente ausente, cuando le hablo, como una máscara veneciana expuesta en la pared fría y espantosamente blanca de un museo abarrotado de turistas de Europa y turistas japoneses también, cuya mirada impresionada no ha brillado igual en casa y al decir Japón digo yo, porque he vivido y he soñado con un olor, un sabor, una textura que no es la mía pero que le he llevado (a él) en los brazos como una ofrenda de Moisés en Egipto o como un médico brujo de una tribu africana que viste con plumas o pieles de animales o aves de la sabana, y cuya sangre corre entre sus dedos, veloz, rauda como el pensamiento que quiere rescatar la fragilidad de esta mutación del pensamiento que ha obligado al lector a detenerse por demasiado tiempo en el remolino de una mente sencilla y aburrida, pensamiento que se halla enrollado en una esquina, intimidado, sorprendido en el acto criminal de haber olvidado    la voz     la cara    el modo    el sentimiento   hacia aquel en quien pensaba    creía    confiaba    esperaba, contra el viento violento que azota las ramas de los árboles altos y frondosos en medio del campo, son dos y sólo dos árboles, cipreses en el claro entre cuyas ramas cuelga una telaraña brillante como un collar de perlas que él nunca regaló, pero que el flash indiscriminado de los turistas que fotografían la máscara como sacrificando el conocimiento e inmolándolo en la piedra sagrada en medio de la tribu que habita la sabana y devora a los leones y resiste como la luna a pesar de la inundación como el río caudaloso, o como los canales de olor nauseabundo de Venecia, porque se conserva un cierto cariño por la imagen paterna, la figura primigenia, la efigie originaria, madre de los mitos, madre que teje su telaraña suspendida entre dos arboles -fe y conocimiento- cuyos frutos híbridos brillan con el variado color de un mito, de varios mitos de Japón, del parque nada más: la creencia de estar solo, de que él no me ve como yo lo veo a él, creerme inmune al reclamo justificado de un cariño como Dios en el Sinaí a Moisés por su pueblo, su progenie, su rebaño, anunciado por el tintineo incesante de sus campanillas, un eco – una mancha, metálico sonido, metal frío y duro extraído de la sima espantosa y oscura que se abre en el cuenco de mis manos otrora cargadas de ofrendas, una grieta que ha reventado la fina porcelana de una máscara colgada en la sólida pared de concreto, quizás sostenida por la fragilidad aparente de un hilo de araña, que es el material más fuerte como el cariño extraño que de Japón de los cerezos y los crisantemos a la tierra artificial y verdosa, casi la vegetación de la esquina donde a veces y solo a veces, puedo pensar en papá y estar seguro de que lo conozco, a papá, que tampoco puede morir pero que es él y no puede estar en ningún museo.

III

Una fantasía -una columna -la piedra – transparencia -la misma vida y la misma muerte – mi hermano que no es. No existe.

IV

Un deseo – una orden -una creación -la imaginación, ¿acaso una premonición? -voluble, humo de cigarrillo: mi hermana  que no es pero que tuvo nombre antes que yo y atraviesa mi existencia inclinada como el eje de la Tierra, unos cuantos grados más hacia el sol que arede sobre los elefantes junto a un caudaloso río africano, que hacia mí, por supuesto: mi hermana que es yo, en mí: Lucía.

V

Eco. Repeticiones. Ondas en un estanque. Ranas croando junto a éste. Moscas revoloteando sobre los cadáveres de cigarras, de árboles, de hombres, y de mujeres, y es el resto, que cabe en el cuenco que forman las manos cuando traen las ofrendas al templo común, la casa trastocada y repartida como las ropas de un Cristo al que el humilde -ni tanto- carpintero mismo le fabricó la cruz, y el rebaño diseminado por el mundo se congrega en torno al riachuelo que atraviesa un claro en el bosque, en el cual una hoja seca flota, y se ahoga en el pantano,  entonces: humedad -el croar de una rana – el rumor de la lluvia -flores cayendo repetidas como las cuentas de un rosario -que nadie sabe rezar- que desperdigadas en el suelo, rebotan en la cerámica, y entonces, el eco: el resto. Tíos y tías y primas y primos y luces y ofrendas y sacerdotes, y moscas y ranas, y el eco, voces que rebotan en las paredes de una gruta cavada en la montaña por manos ni humanas ni divinas.

VI

El manantial que brota de la gruta de la montaña desciende hasta desembocar en una ciénaga de nauseabundo olor, junto a la cual yace el cuerpo de un animal, un no-mamífero, forma de caballo, forma de delfín, menos, aún menos, como figura enterrada en la arena de una playa, una concha quebrada, y menos aún: una mancha, un eco, un respiro apenas: yo. Llevo ofrendas a un altar en una tierra ignota de la mano de un chamán que no tiene cara. La promesa de un río caudaloso en cuyas orillas pastarían los elefantes. Heme aquí, no más que un riachuelo empantanado. Me he desintegrado. Me he recompuesto. He mutado. Y ahora soy solo yo, Fernando, a través de todos ellos.

Cada símbolo es privado. Perdón por la entrada intempestiva en mi mente. No hay que leer la entrada que tiene “Mutaciones” por título.

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3 comentarios en “Mutaciones

  1. Hola, me he dado cuenta que muchos de ustedes, me refiero Costa Rica joven, cuando escriben prosa poseen un tono bastante poético, me llama la atención en la gente joven que se ha empezado a mandar al agua con esta pasión/maldición llamada literatura.

  2. Me remite a los sueños, a los que se tienen cuando se duerme, por lo tanto privado y personal… no es facil quitarse la ropa ante un público. De lo que te he leido, de mis favoritos.

    Curioso, recuerdo haberlo leido hace bastante tiempo, no sabía que había sido acá.

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