Desaparecido

Doña Adela Montoya fue hallada muerta a las 9:45 de la mañana del 28 de agosto en su casa de dos plantas en San Pedro, en el que habitaba sola con una criada. Su nieta menor, hija de su primogénito, Gustavo Hernández, fue la responsable del hallazgo, y corrió a avisar a su padre, administrador de una tienda en el Mall San Pedro. El entierro se llevó a cabo a las dos de la tarde del día siguiente en la mayor discreción, su féretro acompañado solamente por su familia más cercana y menos de una docena de amigas de su infancia y juventud. Se le enterró con un vestido púrpura, un collar de perlas, y un broche de oro con forma de  gallo, en recuerdo de la finca que solía ser propiedad de la familia, perdida mucho antes del nacimiento de su primer hijo. Éste jamás conoció la finca ni oyó hablar de ella, pero sus dos nietas le informaron sobre el significado del broche, guardado con cuidado en el joyero de la anciana. Al finalizar los oficios fúnebres, sus dos nietas menores, las hijas del señor Hernández, tomaron cada una un brazo de su padre, y lloraron hasta llegar al automóvil, estacionado a tres cuadras del cementerio.

A continuación, los tres hijos de la difunta (Gustavo, Alicia y Sebastián), procedieron a almorzar, más tarde de lo usual debido a las circunstancias, en un restaurante de la zona. Según aseguraron durante la comida en familia, era la primera vez en más de diez años que los tres hermanos se reunían. Solamente Alicia conocía a sus sobrinas. Ninguno de los otros dos reconoció a los hijos de Sebastián, ya con ocho y trece años. Cuando la esposa de don Sebastián Hernández preguntó por el broche del gallo, éste se declaró ignorante en el tema. Las niñas entonces explicaron detalladamente por qué habían solicitado que se enterrara a la abuela con él. Tanto Gustavo como Alicia se mostraron sorprendidos, y no le prestaron gran atención a la cuestión más tarde. La comida transcurrió, empero, en relativo silencio, y los comentarios posteriores se refirieron con exclusividad a la comida y al servicio del local, más bien deficiente. Las tres familias se retiraron a eso de las tres y media, dando una excelente propina tanto al mesero como al hombre que cuidaba los automóviles afuera.

Las dos hijas de Gustavo, y su esposa que hasta el momento no había pronunciado palabra, le preguntaron a continuación si deseaba ir a casa lo más pronto posible. Éste respondió de inmediato, aunque en su cara se pudo apreciar una nota de duda (los gestos de Gustavo para expresar duda o alegría son muy notorios y cualquier miembro de su familia podría reconocerlos). Aseveró que se sentía conforme con retirarse a su habitación por el resto de la tarde y de la noche.

Frente a su residencia, ubicada a dos cuadras de la antigua casa de la recién difunta madre, descansaba el cuerpo de un perro, asesinado a golpes por un enfurecido vecino. El escándalo subsecuente se prolongó hasta las cinco y media de la tarde, cuando el histérico vecino accedió a llevarse el cuerpo del animal y a disculparse con su dueño en cuanto éste volviera de Francia, donde se encontraba en un viaje de negocios. Don Gustavo Hernández descansó en cama hasta tarde.

A eso de las ocho y treinta de la noche, don Gustavo se despertó, perturbado por un incesante zumbido proveniente de su cocina. Tanto su mujer como sus niñas se encontraban profundamente dormidas en la cama del cuarto de visitas, lugar que eligieron para descansar para no estorbar a su esposo y padre. La pérdida reciente las tenía consternadas pero que su preocupación mayor era el bienestar de su esposo fue evidente desde el principio, y justificadamente. Don Gustavo Hernández tenía una tendencia a la depresión, y estaba siendo tratado por un médico en ese tiempo.

El señor Hernández procedió, por tanto, a la cocina. Las luces de la casa estaban apagadas, y el barrio entero sumido en silencio. Por la ventana de la sala se podían apreciar las luces traseras de un automóvil que estaba saliendo del estacionamiento. Cuando éste se retiró, el silencio fue absoluto, a excepción del ruido en la cocina. El caballero entró a la cocina, y notó que su distinguida madre, Adela Montoya, fregaba platos en la pila. El hecho le sorprendió principalmente porque su madre se encontraba inmovilizada en cama tras una caída en su baño, medio año atrás. Sin embargo, veía que lavaba platos mientras cocinaba un queque de chocolate en el horno. El olor a chocolate no se hizo notar hasta este momento, cuando inundó la atmósfera de modo insportable.

Don Gustavo Hernández se acercó a su madre para ayudarla a sentarse, suponiendo que se sentiría adolorida por permanecer tanto tiempo de pie. Con una mano en su brazo, le ayudó a sentarse en un banco de madera junto al desayunador, y le sirvió una taza de café instantáneo. El tarro que contenía este café instantáneo no había sido vista por su esposa desde hacía tres meses,  y sonrió al pensar que había estado todo el tiempo junto a la caja de cereal. El hijo y su madre estuvieron hablando por un par de horas, hasta que se oyó movimiento en los cuartos. Las hijas habían despertado y no encontraban a su padre. Vinieron corriendo a la cocina y lo saludaron. Él se encontraba en el desayunador con dos tazas de café, que se apresuró en ofrecer a sus niñas. Sin embargo, la más avispada de ellas notó que ambas estaban llenas solo hasta la mitad, y lo comentó en voz alta. De esta manera, la esposa de don Gustavo se enteró, y le preguntó quién había sido el visitante que bebía café. El hombre eludió la pregunta y se retiró a su aposento.

Durante cada una de las tres semanas posteriores al entierro de su madre, don Gustavo Hernández se retiró temprano de su trabajo, con excusas varias. Ninguna pudo ser comprobada jamás. La única ocasión en la cual alguien supo su paradero durante las horas de la tarde fue cuando la verdurera le preguntó que para quién llevaba un kilo de papas, tres tomates, una trenza de cebollas, dos bananos y una sandía, si éstas no eran sus compras acostumbradas. La verdurera estaba enterada de primera mano de que a las niñas no les gustaban ni el banano ni la sandía. Don Gustavo Hernández se retiró sin responder, pero sonriendo.

El 24 de octubre del 2008 don Gustavo fue avistado por última vez frente al Automercado de Los Yoses, donde un vecino de la familia le vio subiendo a un taxi. Durante las siguientes doce horas, los dos hermanos a los que jamás veía se reunieron con su señora esposa, en aras de organizar los esfuerzos de búsqueda de don Gustavo Hernández. No se detectaron transferencias inusuales en sus cuentas bancarias, ni se le avistó nunca más. Ningún departamento de policía contactado consiguió testimonios fiables acerca de su paradero.

La mañana del 30 de octubre del 2008, la señora esposa de don Gustavo Hernández despertó a las cuatro de la madrugada, perturbada por un extraño sonido proviniente de su cocina. Caminó con pasos suaves para no despertar a sus niñas, pero una de ellas ya estaba despierta y la vio retirarse del cuarto y caminar hacia la cocina. En ella, la mujer no se encontró con más que el televisor encendido a un volumen muy bajo. Ninguna de las tres habitantes de la casa solía encender ese televisor, ya que se hallaba suspendido cerca del techo y no alcanzaban; el control remoto había desaparecido algunos días antes. Optó por desconectarlo, al no alcanzar el botón de apagado.

La mañana del 19 de diciembre del 2008, la viuda de Gustavo Hernández recibió una llamada del departamento de policía. Ella se encontraba en ese momento bebiendo café y leyendo el periódico. La noticia que se le dio no quiso informarla a sus niñas hasta obtener más información. Con tal propósito se empezó a vestir para dirigirse hacia la estación de policía. Sin embargo, una de las niñas que veía televisión en el cuarto la llamó alarmada.

En la madrugada del 19 de diciembre, el cuerpo en descomposición de un hombre identificado por sus documentos como Gustavo Hernández Montoya fue hallado en la orilla de un riachuelo, en el interior de una finca en Las Nubes de Coronado. El empresario había sido buscado exhaustivamente por casi dos meses, pero hasta ahora no se había encontrado ninguna pista. El responsable del hallazgo fue un joven mozo de la finca, que perseguía a una gallina que había escapado de sus manos al ir a recoger los huevos esa mañana.

Doña Marcela Porras tomó a sus dos niñas, vendió la casa en San Pedro e hizo planes para mudarse a Alajuela. A pesar de las protestas de su familia tanto en Cartago como en San Pedro, la mujer cumplió con su proyecto, y se fue de la ciudad. Jamás contrajo matrimonio de nuevo. Don Gustavo Hernández fue enterrado en el Cementerio de San Pedro junto a su madre, sus restos velados por una multitud de compañeros de trabajo, familiares, y amigos de la infancia.

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