Sosiego

Ver por la ventana del bus, hacia afuera, hacia la nada; la noche abismal, la noche estrellada, su brillo desteñido en los charcos. El dolor irresistible de no saber qué hay más allá. La angustia de no poder tomar la noche con las manos, y dejar su negrura escurrirse entre los dedos, derramarse en el regazo. Gracias, vida. Las luces dejan borrones suaves en las ventanas.

Sentarme cómodamente, junto a la puerta trasera, para ver a todos los que salen levantarse, caminar hacia mí, sentir que me van a mirar directo a los ojos, me van a hablar. Y sus ojos, todos son tan diferentes… Oigo cuando sus pies caen en los charcos, junto a las llantas del bus estacionado. Los veo penetrar en la oscuridad, abrirse paso entre los matorrales, escalar, romper, rasguñar. La noche es inmensa, y el bus demasiado pequeño.

Apoyar el brazo en el marco de la ventana, y la cabeza en el frío vidrio. ¿Qué digo? Congelado. Duele. Mis párpados se sienten pesados, las pestañas insoportables, los ojos no ven más allá de la niebla y la oscuridad. La parada donde más pasajeros se bajan, donde el bus se detiene por más tiempo; junto a un edificio de paredes pintadas de amarillo huevo arriba, azul marino abajo, contraste terrible a la luz de los faroles de la calle. Una prostituta, apoyada en la pared, justo al lado de la  única puerta que se ve en todo este lado del edificio. No, allá atrás veo otra. Mi corazón aumenta el ritmo, a la expectativa. La sorpresa se desvanece. Luego el bus arranca.

-Los labios rojos, carnosos, exagerados; el cabello destruido, quemado, teñido una vez más que las posibles; los colores en su cara (sus ojos deben de ser hermosos [azul oscuro, o celestes, quizás, oscurecidos por el exceso de maquillaje…sus párpados deben pesarle tanto como los míos, y la misma niebla debe cubrir sus ojos, pero por el humo del cigarrillo], sus manos se vieron hermosas en algún momento, antes del esmalte de uñas morado); los rasgos finos, como su nariz delgada; los rasgos groseros como sus cejas desproporcionadas; todos sus rasgos, como ideas dentro de ideas, sombras bordeadas por luces, al margen de nuevas sombras, en la frontera de nuevas luces, en una pared oscura y fría-.

Encerrar la belleza entre signos, enmarcarla con símbolos, con conveniencias. Como un gran círculo que todo lo rodea. O varios círculos pequeños. Pero cuando las pasajeras que venían departiendo tan alegremente, dos asientos más adelante, pasan a mi lado, de repente siento una necesidad apremiante: hablarles, estar entre ellas, contagiarme de su jovial felicidad. Y todo esto, contenido en los ojos soñolientos de una de las muchachas, que parpadea lentamente en el mismo instante en que mi cara está frente a la suya, una vez en el tiempo, una vez en la vida, la separación de unos centímetros, y de la sombra que cubre nuestros ojos; sólo la luz  lejana de los anuncios entra por las ventanas. El corazón, cuánto aprecia estas cosas. Quiero mirarla por más tiempo, que sus ojos se queden conmigo. La belleza indescifrable.

No sólo eso: quiero escribirlo, quiero cifrar el momento, quiero ponerle nombre al deseo irreprimible, quiero ser leído, quiero que cuando los caracteres de todo tipo se entremezclen atrapen a alguien y lo haga decir “Sí, yo también he visto esos ojos”, aunque no los haya descrito bien, porque todos saben cómo son. Ojos que pasan al lado, que se fijan en uno por casualidad, que chocan con un obstáculo, un gran obstáculo: un hombre, sentado en la parte trasera del bus, que ha decidido diluirse en el mundo y fluir con él.

Abrir los ojos a la vida; he aquí el bus que se detiene. La brevedad del pensamiento. Quisiera absorber cada imagen. Gustar de todo sabor. Sentir la piel erizarse por la masiva cantidad de sensaciones en mi alrededor -el frío de la barra del bus, la calidez del cuero deshecho del asiento, la dureza de las paredes, la sorprendente dureza del vidrio, de la transparencia. Oler la gasolina, sentirme ahogado por la humedad del ambiente, mañana en la mañana, cuando el frío se haya disipado y los charcos que se han formado por todas partes, entre la hierba, se evaporen. Ver cada uno de estos charcos, imaginarlos una laguna, un lago.

Imaginar que estoy en una isla, en medio de la noche.

Estoy en una isla en medio de la noche.

La ligereza del cuerpo. No poder asir las estrellas ni las sombras con las manos; la lejanía, las ilusiones, nos apartan. El bus se detiene, en la última parada. No hay tiempo para explicaciones, no hay tiempo para más sensaciones, para más observación Todo se derrumba dentro, afuera, alrededor. El corazón se detiene; su alegría se disipa en círculos concéntricos. Me bajo del bus: ahora, caminar hasta mi casa, llegar a hacer una larga tarea, estudiar hasta las dos de la madrugada. Lo único que me llevaré será la sensación de sensaciones pasadas, recuerdos de haber sentido. El frío de afuera entumece mis miembros, y toda la sensibilidad desaparece en el momento.

Queda el corazón en sosiego. Pueden los ojos cerrarse ahora, porque han visto.

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3 comentarios en “Sosiego

  1. Me gustó mucho, de verdad, está muy bien construido ya que la ausencia de verbos le da un ritmo interesante. Además, trata de un tema común y cotidiano.

    En mi caso, entré a revisar por la pista de la entrada, ya que hablaba de la ventana del autobús y creo que yo estoy enamorada de ella. Nada como ir viendo por la ventana… y nunca quiero hablar con nadie.

    Y bueno, una felicitación

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