San Pedro, 8:30 de la noche

Un hombre espera junto a la estación del autobús, incómodo, muerto de frío. Ha llovido en la tarde y su chaqueta mojada anuncia grave resfriado al día siguiente. Una luz de freno apagada, un semáforo cuyo color cambia, en la distancia -no es, por supuesto, el automóvil que espera. Media hora de retraso, espera normal y corriente, que se hace todos los días, en todas partes, sí, en rincones distintos del mundo, en las más disímiles ciudades. Pero que muchas personas sientan el mismo tipo de angustia no la hace más llevadera.

Las colillas de cigarro acumuladas en el caño; las bolsas plásticas enredadas en las señales de tránsito, amarradas allí por el viento; el musgo en la acera resbalosa; un encendedor, a su lado, estalla. El fuego, la mano, el tabaco, el olor. Su aliento expelido como una nube más, en la noche más fría, más callada, que ha conocido San Pedro en mucho tiempo. Quien fuma junto a él no tiene idea. No, jamás podría saberlo, jamás podría sentirlo, porque esperar un bus no es lo mismo que esperar ser perdonado. ¿Y si no viene? ¿Será que ya no hablamos, será que ya no recibiré más mensajes de texto esta noche? Anoche, hasta las doce. Sin embargo, rumores irrebatibles arremetieron contra los amantes abrazados en la imaginación, cuestionamientos sobre su moral, sobre su hombría, lo hieren en lo más hondo; no logra construir una respuesta adecuada, una ruta de escape sencilla, y le da la razón. He pecado.

¿Es acaso este auto que se detiene frente a nosotros?, se pregunta el hombre. El fumador es muy joven, casi un niño; facciones delicadas, piel como caramelo, cabello como azabache, ropa que debe oler a recién comprada, a tienda por departamentos. El joven muere por estar en casa, debe querer hacer una llamada, o abrazar a quien lo espera, o ver televisión, o sólo dormir; el hecho es que daría todo por estar fumando en su casa y no sentado en el frío asiento metálico, esperando un bus que a veces, sencillamente no pasa. El hombre lo observa fijamente por un momento, hasta que el muchacho se siente incómodo, y aquél vuelve la mirada hacia el caño, de nuevo. El agua de lluvia caída por la tarde sigue corriendo, en pequeñas corrientes, hilitos de colores oscuros, que sortean las colillas, las paletas de helado y las cajas de refresco para alcanzar su destino último, la alcantarilla, lo hondo de la ciudad. Pero al auto que se estacionó enfrente se sube una joven, pelirroja, nada más lejano de lo que él desea.

Sí, perdoname porque he pecado, sí amor, si amor, sí amo, si amo, no fui el más honesto. ¿Llamar de nuevo? El hombre olvida el número, olvida su celular, olvida cómo luce, olvida cómo se mueve la mano para que se entierre en el bolsillo, excave entre las monedas. Purple prose, they call this. Ah, todo un día en la Universidad, amando el hermoso Inglés, y la mañana entera dedicada a fabricar el ruego de perdón definitivo, y la tarde entera dedicada a entrenar las rodillas para caer frente a ella y rogar. Porque jamás podría estar sin ella. Jamás podría volver a sentirse vacío cuando el semáforo este en verde y ni un solo carro plateado, de cuatro puertas, no sé de marcas de carros, se detenga frente a él.

Sin embargo, ella dijo que lo recogería, anoche, antes de la discusión. Antes de hablar de lo que habló Laura que vio Alejandro que señaló Gustavo que supusieron todos. Rumores sin puntos ni comas, diversiones que no conocen el daño que hacen. ¿Y qué si mentí?, se dice el hombre, cuya cara también ha olvidado, a pesar de la práctica de todo el día. Si mentí, será mi trabajo el pedir perdón. Pero ahora que la mentira ha crecido y se ha multiplicado, ¿quién de todos ellos lo va a ayudar a ponerse de rodillas, le dará la mano para levantarlo luego? ¿Quién logrará que esta vez sí sea ella la que se acerque? Ya viene, ya viene, es plateado, tiene cuatro puertas y claro que esa marca, esas letras, ese diseño.

De pronto, el fumador arroja el cigarrillo a la calle; el último fuego lo apagará el agua en el caño, y lo llevará consigo bajo la ciudad, allá, a tres o cuatro metros, el camino menos recorrido. El hombre entonces reacciona, alza la vista, puede respirar, porque el auto sí se ha detenido, y sí se ha abierto la puerta. Y sí hay alguien allá adentro que lo espera. Aún duda un momento antes de subir. Quiere asegurarse de que ése sí sea el bus que viene por el joven. Y lo es, pues éste recoge las mangas de su abrigo, que colgaban desde su regazo hasta el suelo, y alza su bolso con la otra mano. El hombre cierra la puerta, mira en el retrovisor, se asegura de que el muchacho entre al bus, y entonces recuerda que debe volver la cara a la izquierda y saludar, dar un beso, y recordar su preparación de todo el día.

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3 comentarios en “San Pedro, 8:30 de la noche

  1. Ya ves, como esperar el bus puede ser una actividad productiva. A mi también, como al chico ese, me da por fumar cuando ando en esas.

    Todas esas horas de experiencia acumuladas finalmente resultaron en un buen cuentito.

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